Discriminación población LGBT


2012 - may
25
Publicado en:
El Espectador
Columnas relacionadas:
  ¿Matrimonio igualitario después del 20 de junio?
  Fantasmas del siglo XVI en el Senado
Publicaciones Relacionadas:
  Menos flores y más reconocimiento
  Adios río. La disputa por la tierra, el agua y los derechos indígenas en torno a la represa de Urrá.
Intervenciones relacionadas:
  Menos flores y más reconocimiento
  Adios río. La disputa por la tierra, el agua y los derechos indígenas en torno a la represa de Urrá.
Litigios relacionados:
  Intervención en la demanda de inconstitucionalidad en contra del artículo 44 de la Ley 1551 de 2012
  Demanda a la designación del Superintendente de Salud por incumplimiento del Presidente Juan Manuel Santos a la ley de cuotas

Amar al prójimo

Mauricio García Villegas

Córdoba dice en esa carta que la Iglesia nada tiene contra los homosexuales y que, por el contrario, los acoge en su seno, con amor materno, como lo hace con todo ser humano (claro, después dice que su comportamiento va contra el orden natural).

Pues bien, luego de escribir esa columna me quedé pensando en esa regla católica que ordena amar al prójimo. En ella se consigna un ideal admirable, pero muy difícil de alcanzar (¿por qué habríamos de amar a tanto sátrapa que anda por ahí haciendo el mal?). Por eso mismo, por ser una norma tan exigente, sólo los santos o los héroes la pueden cumplir. Jesús de Nazaret y muchos de los primeros cristianos (antes de que su credo se convirtiera en religión oficial) se comportaban de esa manera y todavía hoy vemos católicos admirables que tienen ese talante.

Pero las personas así son escasas. La Iglesia misma, como institución, ha dedicado buena parte de sus energías a sembrar el odio y la querella contra quienes no piensan como ella. Obispos como Juan Vicente Córdoba dicen amar a todos los demás, empezando por los pecadores (entre los cuales incluyen, claro, a los homosexuales), pero su amor tiene muchas excepciones: los que no se arrepienten, los que reniegan de su fe o simplemente los que pertenecen a otras religiones.

El hecho es que esa moral para santos (asumida con autenticidad por pocos y con hipocresía por la gran mayoría) ha impedido el desarrollo de una moral cívica, más modesta, más humana y más eficaz. Una moral para ciudadanos, no para correligionarios. Una moral que no se funde en el amor al prójimo, sino en el respeto del otro; que no pretenda dar la vida por los demás, sino reconocer que todos somos iguales; una moral de reglas mínimas pero exigibles, no de reglas máximas e ilusorias; una moral centrada en el respeto de lo público, no en la salvación de las almas o en la redención del mundo.

Quizás por eso, por esa falta de moral cívica, en esta sociedad, desde los altos cargos oficiales hasta la guerrilla, pasando por las universidades y las iglesias, abundan los fanáticos morales e ideológicos.

Quienes predican una moral maximalista tienden a reducir la sociedad a su mínima expresión, es decir al conjunto de personas que piensan como ellos. Quienes, en cambio, defienden una moral ciudadana (tan modesta como firme) optan por una sociedad amplia y abierta. Ambas posiciones obedecen a instituciones claramente identificables: la Iglesia, en el primer caso, y la Corte Constitucional, en el segundo.

En los países en donde las revoluciones liberales lograron imponer la separación efectiva entre la Iglesia y el Estado fue posible difundir (a través de la educación pública) esa moral cívica. Pero en los países en donde esto no fue posible, como en Colombia, la moral católica colmó todos los espacios sociales, empezando por los públicos, y el Estado desatendió su deber de inculcar una moral cívica. Nos quedamos con la regla del amor al prójimo, reducida a los ámbitos familiares, y sin la regla cívica. Resultado: la cultura del respeto de lo público nunca prosperó.

En algunos países las cortes constitucionales han llenado ese vacío y se han convertido en algo así como las “iglesias” de las sociedades contemporáneas. Aquí todavía no lo logramos y la prueba más evidente es la indignación de monseñor Córdoba contra la Corte Constitucional.

LGBT, Discriminación



¡Consumidores de todos los países, uníos!

Por: Rodrigo Uprimny Yepes

Historia con sociología

Por: Mauricio García Villegas

El Consejo Superior de la Judicatura: un mal diseño de papayazo

Por: Jose Rafael Espinosa

De policias a "padres" desinformados

Por: Carolina Bernal

Menos flores y más reconocimiento

Por: Diana Esther Guzmán Rodríguez

Los límites jurídicos a las reformas al Estatuto de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)

Por: Nelson Camilo Sánchez, César Rodríguez Garavito

Comentarios Dejusticia a la Reforma Constitucional al fuero penal militar

Por: Luz María Sánchez Duque, Rodrigo Uprimny Yepes

La Adicción Punitiva: La desproporción de leyes de drogas en América Latina

Por: Rodrigo Uprimny Yepes, Diana Esther Guzmán Rodríguez, Jorge Alberto Parra Norato

Intervención en demanda contra el artículo 9 de la ley de víctimas

Demandado: Últimos dos incisos del artículo 9 de la ley 1448 de 2011

Intervención marco jurídico para la paz

Demandado: Acto legislativo No. 01 de 2012

Demanda contra la elección del Dr. Pedro Munar Cadena como magistrado del Consejo Superior de la Judicatura por violación del artículo 126 de la Constitución

Demandado: Demandado: Elección del Dr. Pedro Munar como magistrado del Consejo Superior de la Judicatura.

Demanda contra la elección del doctor Alejandro Ordóñez Maldonado como Procurador General de la Nación

Demandado: Acto de elección del Procurador General