Cultura Jurídica


2012 - jul
09
Publicado en:
El Espectador
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Consumismo, felicidad y medio ambiente

César Rodríguez Garavito

Son las preguntas que olvidan los responsables del fracaso de Río+20 y los que contribuimos diariamente a la crisis ambiental. Si los habitantes de los países pobres compraran carros al ritmo de los ricos, “¿cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar?”. ¿A quién se le ocurre “que 7.000, 8.000 millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales”? “Venimos a la vida intentando ser felices”, nos recuerda Mujica, “¿pero si la vida se me va a escapar trabajando y trabajando para consumir?”.

Que miles de personas les hayan sacado unos minutos a sus frenéticas vidas para ver el discurso muestra que están buscando respuestas. Algunos las han encontrado en otros videos que se han regado como pólvora en YouTube, como la serie sobre La historia de las cosas. Para que todos cumpliéramos el sueño publicitario de consumir como un estadounidense, se necesitarían cuatro planetas Tierra. Ya hemos destruido el 80% de los bosques del mundo, talamos 2.000 árboles por minuto en la Amazonia y estamos vaciando el 75% de los bancos de peces del planeta.

El círculo vicioso es evidente. Para aliviar el calor producido por el calentamiento global, los chinos y los indios invierten su nueva riqueza en millones de aparatos de aire acondicionado que expelen gases que aumentan aún más las temperaturas. Para reemplazar electrodomésticos y computadores diseñados para durar cada vez menos, compramos y botamos cada vez más. Cumplimos, en fin, la predicción que hace 60 años formulara Víctor Lebow, el economista del consumismo: “Nuestra economía enormemente productiva exige que hagamos del consumo nuestra forma de vida; que hagamos de comprar y usar cosas un ritual, que busquemos en el consumo nuestra satisfacción espiritual”.

El problema no es sólo personal, sino económico y político. La infelicidad individual del trabajo y el consumo sin fin van de la mano de la incapacidad de la economía y la política para trazar límites. Los economistas, tan sofisticados para pensar el crecimiento, no tienen casi nada para decir cuando se les pregunta cuánto es suficiente. Como lo dijo el irreverente economista E. F. Schumacher, “hay sociedades pobres que tienen demasiado poco. Pero ¿dónde está la sociedad rica que dice “¡no más, tenemos lo suficiente!?”.

De ahí la ineptitud de las soluciones para la crisis ambiental que han surgido de cumbres como las de Río, Kioto, Copenhage o Durban. Todas ellas —los mercados de carbono, la ‘economía verde’, el ‘desarrollo sostenible’— dejan intacta la lógica del crecimiento. Nada en ellas modera la competencia por los minerales y las fuentes de energía que son esenciales para mantener girando el carrusel del consumo, aunque para ello sea preciso contaminar páramos, desecar lagunas, represar ríos o volar las tapas de las montañas.

Por eso los gobiernos y las empresas pueden seguir hablando de “desarrollo sostenible” o “responsabilidad social empresarial” al paso que deterioran el medio ambiente. Mientras Dilma Rousseff escuchaba el discurso de su colega uruguayo, su gobierno repelía en la Amazonia la protesta contra la gigantesca represa de Belo Monte, cuyo primer muro terminaba de estrangular el gran río Xingú. Al tiempo que el gobierno colombiano impulsaba en Brasil los Objetivos de Desarrollo Sostenible, expedía la resolución que amplió en 17 millones de hectáreas las zonas de reserva estratégica minera para darle impulso a la locomotora.
Tiene razón Mujica: “la gran crisis no es ecológica, es política”.

Medio ambiente



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