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Aceras y paz territorial

Mauricio García Villegas
febrero 13, 2016

Publicado en: El Espectador

Escribo desde Puerto Asís, Putumayo.

 

Llegué el martes pasado y después de recorrer algunas calles me acordé de algo que me contó alguna vez un amigo británico. En mi pueblo, me dijo, al norte de Londres, la gente se levanta temprano a barrer la acera. Hasta aquí nada de raro. Lo curioso es que no barren de adentro hacia afuera, es decir hacia la calle, sino de afuera hacia adentro y lo hacen como un signo de respeto por el espacio público y por sus vecinos.

Pues bien, en Puerto Asís, como en muchos otros pueblos de Colombia, ocurre justamente lo contrario. No lo digo por la manera de barrer, sino por el desinterés que existe por el espacio público. Aquí los alcaldes no han hecho aceras. Cada propietario cimenta la suya con la idea de estar prolongando su propiedad privada; los comerciantes ponen allí su estantería, los dueños de restaurantes sus mesas y algunas familias acomodan los muebles de la casa. Un exfuncionario de planeación municipal me comentó que algunas personas se molestan cuando la gente pasa por sus aceras. Caminar por allí es casi imposible: cada pedazo está hecho con diseños, materiales y alturas diferentes. A veces hay que subir hasta cuatro escalones para transitar de una propiedad a otra. La misma Alcaldía construyó su propia acera más alta que las demás de su cuadra.

La ausencia de lo público no solo se nota en las aceras. Hay pocos parques y los edificios públicos están deteriorados y regados por el casco urbano. El “Palacio de Justicia”, por ejemplo, es un edificio arrendado y maltrecho en donde los jueces hacen las audiencias sin aire acondicionado y con las mismas togas negras que usan en Bogotá. A esto se suma un paisaje urbano invadido por la globalización. Algo así como el 70 % del mercado es chino. No hay artesanos, ni restaurantes que vendan comida local, no hay una sala de cine, ni una librería, ni se vende arte local. Ni siquiera se puede encontrar pimienta del Putumayo o ají del Amazonas, que son productos típicos de la región.

El pueblo ha ido creciendo con los vaivenes del mercado, el capricho de los particulares y la desidia e incluso la complicidad de las autoridades locales. Algún día Puerto Asís será una ciudad próspera y pujante, gracias al tesón de su gente y al sitio maravilloso en donde está ubicada. Pero cuando eso ocurra será muy difícil revertir el lastre de nunca haber planeado la ciudad que querían. Por eso es importante empezar desde ahora.

Alguien me dirá que esto es un problema menor al lado de las Bacrim, las Farc, la coca y la falta de capacidad institucional. Es posible; pero no creo que sea un tema menor. La falta de aprecio por lo público alimenta la debilidad institucional e incluso la criminalidad. El desorden urbano, la falta de majestad en los edificios públicos y la ausencia de símbolos de identidad colectiva no solo es una consecuencia del menosprecio por lo público, también es su causa. Lo digo brevemente, el espacio público de calidad crea mejores ciudadanos. Esta no es una consigna fácil y moralista; está comprobado, por ejemplo, que la confianza ciudadana y el pago de impuestos aumentan a medida que mejora el espacio público. (Nada de esto me lleva a bendecir, en Bogotá, cierto autoritarismo de Peñalosa para defender el espacio público).

Así pues, la llamada paz territorial no solo implica fortalecer la justicia y la administración municipal, sino también inculcar en la gente el aprecio por lo público. Eso se consigue, entre otras cosas, construyendo aceras, parques y palacios de justicia dignos. Es muy difícil que la gente respete la ley cuando solo ve al Estado representado en helicópteros militares y patrullas de Policía.

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