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Adicción a la represión

Rodrigo Uprimny Yepes
mayo 12, 2007

Publicado en: Semana

Rodrigo Uprimny, director de DeJuSticia, argumenta que la propuesta gubernamental de penalizar el consumo de drogas es un capítulo más del carácter adictivo de la represión de las drogas.

 

Tal vez lo único más adictivo que el consumo de ciertas drogas sea la represión de su producción y su comercialización.

La drogadicción genera en el dependiente una necesidad cada vez mayor de consumir unas sustancias sicoactivas pero que le producen cada vez menos los efectos placenteros que busca. Finalmente, el adicto simplemente consume para evitar el desagradable síndrome de abstinencia.

La represión de las drogas prosigue un camino similar: es cada vez mayor la necesidad que experimentan los Estados de reprimir ciertas conductas, aparentemente para controlar una producción ilícita en expansión. Pero son cada vez menores los efectos de esa represión en disminuir la oferta y el consumo de drogas ilícitas. Y así, al igual que el drogadicto que decide aumentar la periodicidad y la dosis del consumo, los poderes públicos, al ver el escaso efecto de una represión creciente, deciden aumentar la dosis y la periodicidad de la misma. La represión se torna adictiva.

Tres hechos recientes ilustran esa metáfora. El primero muestra la represión creciente: el anuncio, el primero de mayo, del Ministro de Defensa de un decomiso de cocaína de varias toneladas, que sería uno de los mayores en toda la historia de la lucha contra las drogas.

El segundo hecho indica que, a pesar de esa euforia momentánea, muy típica de ciertos alcohólicos que se exaltan al primer trago, los resultados son muy pobres. Unos pocos días antes, un informe del Instituto para el Análisis de la Defensa (IDA) señalaba que el precio de la cocaína en las calles de Estados Unidos país había caído 35 por ciento en los últimos dos años, mientras que la pureza se había incrementado del 60 al 72 por ciento. Esto indica que a pesar del Plan Colombia, las fumigaciones masivas y los enormes decomisos, el mercado de cocaína en Estados Unidos está sobreabastecido.

El último ilustra sobre el síndrome de abstinencia. Frente a la precariedad de los resultados, el Estado colombiano no reconsidera su estrategia antidroga sino que se embarca en una represión creciente y logra la aprobación, en primer debate en el Congreso, de un proyecto de reforma constitucional para penalizar el consumo de drogas. ¿Alguien puede dudar del carácter adictivo de la guerra a las drogas?

Algunos podrían objetar que mi metáfora es equivocada, pues se trata de resultados coyunturales, que podrían variar. Pero no creo que eso invalide la metáfora por la sencilla razón de que ésta hace referencia a una tendencia estructural y no a situaciones coyunturales. Y por ello formulé esa metáfora en un texto de 1990 (disponible en nuestra página web www.dejusticia.org) que creo que se puede publicar nuevamente en cualquier momento, únicamente actualizando ciertos datos, pues las dinámicas persisten.

La tesis de la metáfora es que la guerra a las drogas, aunque logre éxitos parciales, en el largo plazo ha sido una derrota constante. A pesar de que se invierten recursos enormes en la represión, el mercado ilícito está siempre bien abastecido.

Eso es así no por incompetencia de los funcionarios, sino por la estructura misma de este mercado. La razón es ésta: un triunfo coyuntural, como puede ser la desarticulación de una mafia exportadora, genera un desabastecimiento temporal, que se traduce en un alza de precios, que es lo que busca la prohibición, a fin de disminuir el consumo. Pero la paradoja está en que dicha alza es un incentivo para que otros ingresen en esa actividad, siempre y cuando la demanda persista. Y como la producción de drogas ilícitas de origen vegetal, como la cocaína o la heroína, es técnicamente sencilla, y los espacios geográficos potenciales para su producción son inmensos, entonces esos éxitos parciales lo único que hacen es provocar un desplazamiento de la producción a otras zonas geográficas.

Ese efecto desplazamiento es conocido y está bien documentado. Por ejemplo, la represión de la marihuana en México, con la utilización de herbicidas, a finales de los años 60, tuvo como efecto esencial desplazar la producción a Colombia. Luego la fumigación de la marihuana en Colombia en los 70 permitió el desarrollo de los cultivos en los Estados Unidos. Y como allá no la reprimen (y menos aun la fumigan), la marihuana es hoy una de las principales producciones agrícolas de ese país.

Ahora bien, las adicciones no siempre son malas; hay adictos a la lectura, al café o al ejercicio, que llevan vidas plenas. Pero hay adicciones problemáticas. Y la guerra a las drogas es una de ellas, pues la represión es totalmente ineficiente para controlar la producción ilícita, pero produce otros efectos secundarios gravísimos: crecimiento de la violencia y la corrupción por el surgimiento de mafias asociadas a ese dinámico mercado ilegal; deterioro de las libertades, por la expedición de normas penales cada vez más represivas; incremento de personas condenadas a largas penas por tráficos menores, etetera.

Por ello, muchos hemos defendido desde hace más de una década que el mundo debería avanzar a alguna forma de legalización regulada y diferenciada de la producción, la distribución y el consumo de sustancias sicoactivas. Es obvio que eso no ocurrirá en el corto plazo y que Colombia no puede unilateralmente tomar esas decisiones. Pero lo que sí podríamos los colombianos es intentar desintoxicarnos de esa adicción a la represión de las drogas, en aquellos temas en donde aún tenemos autonomía para decidir soberanamente.

Un buen paso en esa dirección sería rechazar la propuesta gubernamental de penalización del consumo de drogas que, con la ilusión de una mayor protección a nuestros adolescentes, sólo mayores problemas le trae al país y a los propios jóvenes, como muchos de nosotros lo mostramos, en 1994, cuando defendimos en distintos artículos la sentencia de la Corte Constitucional que despenalizó dicho consumo.

*?DeJuSticia? ?antes DJS- es el centro de estudios de Derecho, Justicia y Sociedad, que fue creado en 2003 por un grupo de profesores universitarios, con el fin de contribuir a debates sobre el derecho, las instituciones y las políticas públicas, con base en estudios rigurosos que promuevan la formación de una ciudadanía sin exclusiones y la vigencia de la democracia, el Estado social de derecho y los derechos humanos. Mayor información en www.dejusticia.org

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