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Alborada para las grandes mujeres de Córdoba

Vivian Newman Pont
julio 2, 2013

Publicado en: El Espectador

Amanece el 29 de junio en San Pelayo. El azul oscuro de la noche desaparece y abre paso a una veintena de bandas que arrastra ríos de locales y visitantes.

 

Amanece el 29 de junio en San Pelayo. El azul oscuro de la noche desaparece y abre paso a una veintena de bandas que arrastra ríos de locales y visitantes.

Pienso en la homenajeada, de quien Orlando Fals Borda cuenta que para bailar se ponía una rosca de pan en la cabeza, y en ella una taza de tinto. No se derramaba ni una gota, a pesar de que de la cintura para abajo y las caderas untadas de aceite de caimán revolvían la noche. Con su pasión por los bailes cordobeses, impuso ella un estilo que hoy imitan en las casas y en las calles de la región.

No era sólo buena bailarina, desparpajada, emotiva y echá pa’lante esta fandanguera de las noches de las riberas del río Sinú. La Mayo era también dedicada y diligente lavandera y planchadora en Montería. Así, en plenos años veinte del siglo pasado, se volvió símbolo de mujer fuerte y autónoma. Era ejemplo de empeño y creatividad. Lideresa y cultivadora de la cultura de la tierra cordobesa.

El porro sigue sonando y conectando los ritmos del danzón de la herencia blanca, con el bombo de la raza negra y el bozá del pito de los indios y la mente se desparrama por otros escenarios de esta tierra que ha sido castigada durante años por guerrilla y paramilitares. Es imposible no pensar en otras heroínas silenciosas de la región que han multiplicado el coraje de su antecesora.

Yolanda Izquierdo. Pedía la verdad y la devolución de las tierras despojadas a 843 familias en Valencia, Córdoba. Sabía que los paramilitares querrían revestir de legalidad sus despojos y aconsejó a las víctimas no firmar ninguno de los documentos con los que sus opresores pretendían alegar un justo precio en los predios expropiados. A Yolanda la silenciaron dos sicarios en su casa en Montería el 31 de enero de 2007.

Martha Cecilia Gaibao Guerra, lideresa de la Asociación de Afrodescendientes del municipio de La Apartada, Córdoba. Era vocera de cien familias de Córdoba en el proceso de restitución de tierras. Fue asesinada el 27 de abril de 2011.

María Zabala, viuda, madre de 8 hijos y desplazada. Le tocó abandonar sus tierras quemadas por paramilitares y dedicarse a vender empanadas y lavar ropa en la capital de Córdoba. Vive intentando rehacer su destino.

Rosa Amelia Hernández, de Planeta Rica, lleva 9 años ayudando a desplazados. Afortunadamente, los sinuanos siguen contando con esta mujer, afro y víctima que defiende los intereses de las víctimas de su región.

El desplazamiento de cordobeses y ahora el proceso de recuperación de tierras despojadas han sido infinitamente dolorosos para las gentes de estas tierras. Y el porro y la fiesta ayudan a esconder las penas. Pero en realidad, más que esconder, habría que eliminar la causa del dolor. Dice el profesor William Fortich que el Festival del Porro y la alborada son “como un ritual para exorcizar la guerra y la muerte”. Y así debería ser. Porque nos hace falta una Córdoba que incluya a Rosa Amelia, a María Zabala y a las otras heroínas silenciosas que están por venir. Así, podremos contar la muerte de grandes mujeres como María Barilla y volverlas eternas sin que medien las balas.

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