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Antielitismos

Mauricio García Villegas
octubre 31, 2008

Publicado en: El Espectador

HACE UN PAR DE SEMANAS, MIENTRAS adelantaba su campaña en las calles de Toledo (Ohio), Barack Obama fue abordado por un tal Joe Wurzelbacher, plomero de profesión, quien cuestionó las bondades que su plan económico podía tener para los pequeños empresarios como él.

 

HACE UN PAR DE SEMANAS, MIENTRAS adelantaba su campaña en las calles de Toledo (Ohio), Barack Obama fue abordado por un tal Joe Wurzelbacher, plomero de profesión, quien cuestionó las bondades que su plan económico podía tener para los pequeños empresarios como él.
Desde entonces, Joe es conocido como el ‘Plomero Joe’ y se ha convertido en toda una celebridad –su nombre fue evocado 25 veces en el último debate presidencial– a tal punto que acaba de anunciar su interés en lanzarse a la política para llegar al Congreso.

La popularidad de Joe tiene mucho que ver con esa fascinación que existe en los Estados Unidos por el ciudadano común y corriente, trabajador, parroquiano y conservador. El llamado sueño americano consiste justamente en creer que ese personaje del común puede llegar a ser lo que quiera, desde multimillonario hasta presidente, con tal de que trabaje con empeño para lograrlo. De esa creencia, también viene el marcado menosprecio que la gente del común tiene por las élites políticas e intelectuales ubicadas en Washington y de las cuales hace parte Obama.

Durante las últimas cuatro décadas el Partido Republicano logró captar la mayoría de los votos de esa gente del común, como el plomero Joe. Pero semejante logro no lo consiguió mejorando su condición económica –la cual, de hecho, ayudó a empeorar– sino exaltando sus valores, en especial su religiosidad y su patriotismo.

Lo curioso de todo esto, visto desde Colombia, es que la gente que entre nosotros simpatiza con las ideas del Partido Republicano, es decir las personas de derecha, tienen una percepción contraria de nuestro colombiano del común. Lo miran con una distancia despectiva, cuando no sospechosa. El mundo social que está por fuera de su entorno es visto como un mundo bárbaro, inculto y peligroso. Pruebas de ello –como si hicieran falta pruebas– pueden verse en las reacciones destempladas, entre paternalistas y humillantes, de muchos columnistas y gobernantes ante la reciente movilización de indígenas en el Cauca.

En Colombia también existe el igualitarismo antielitista, no faltaría más. Pero lo curioso, una vez más, es que ese sentimiento no se encuentra tanto entre la gente de derecha, como entre sus opuestos políticos, es decir, entre personas que militan en la izquierda, en movimientos sociales o en ONG.

El igualitarismo antielitista es quizás lo único que la izquierda colombiana comparte con los republicanos de los Estados Unidos. Pero las motivaciones que ambos tienen son bien diferentes. Los de aquí reaccionan contra una sociedad hermética que no permite la movilidad social. Los de allá se oponen a los tecnócratas y a los intelectuales porque ponen en tela de juicio la tradición y los valores de la gente del común.

El parecido entre estos dos igualitarismos de sentido político opuesto no oscurece, sin embargo, la similitud que existe entre las derechas y las izquierdas de aquí y de allá, ni tampoco el hecho de que hay populismos igualitaristas en todos los partidos. Pero si pone a pensar no sólo sobre lo malsanos que son los clichés populistas y antipopulistas, sino sobre la importancia de conciliar el aprecio por el ciudadano común y corriente con el reconocimiento de quienes tienen méritos para pensar y tomar decisiones. Quizás la elección de Obama sirva para eso.

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Me complace saber –contra todos los pronósticos– que el Gobierno tomó en serio la gravedad de los desaparecidos de Soacha.

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