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Aprender de las tragedias

Mauricio García Villegas
mayo 1, 2007

Publicado en: El Tiempo

El autor sostiene que el drama de este país es que nunca podemos pasar de los sentimientos individuales a la acción colectiva.

 

Algunas sociedades -como algunas personas- logran convertir sus tragedias en oportunidades para reponerse, incluso para fortalecerse. Otras, en cambio, no aprenden nada de ellas; sólo las reproducen. Los colombianos hacemos parte de esas sociedades que no se reponen de sus desdichas. Eso es lo que pienso cuando leo el informe publicado en EL TIEMPO sobre las fosas de los paramilitares.

Estoy seguro de que la gran mayoría de los lectores se conmovieron leyendo ese informe y que sintieron eso que llaman “dolor de patria”. También estoy seguro de que muchos estarían dispuestos a hacer algo para que tales hechos no se repitan.

Sin embargo, el drama de este país es que nunca podemos pasar de los sentimientos individuales a la acción colectiva. Los millones de seres pacíficos y tolerantes que hay en el país no somos capaces de convertir nuestro repudio por la violencia en un símbolo de unidad nacional que nos impida repetir el pasado. Los sentimientos políticos más fuertes se nos enquistan en el alma. Más que sociedad, en Colombia tenemos individuos replegados sobre sí mismos.

¿Por qué no logramos aprender de la tragedia para no repetirla? Creo que nuestra indolencia frente a las víctimas es parte esencial de la respuesta a esta pregunta. Esta indolencia -fruto sin duda de la impotencia- proviene de una cultura política nacional que tiende a ver todos los crímenes con la lente del conflicto político. Bajo esa mirada, las víctimas se trivializan. Me explico.

En Colombia creemos -y eso desde el siglo XIX- que todo lo que pasa en el conflicto armado, incluidos los crímenes atroces, es una expresión de la política. En esta sociedad de enemigos, la tragedia de las víctimas es vista como algo natural, como una consecuencia inevitable de la guerra. No hay responsabilidad sino fatalidad. El descuartizamiento a machete de miles de campesinos, luego enterrados en fosas comunes por los ‘paras’, es visto como un acto de disenso político entre dos bandos, más que como un acto de barbarie. Las víctimas son actores políticos antes que madres, labriegos, ancianos, niños. Al ser ellas una expresión natural del conflicto armado, su tragedia, y con ella la tragedia del país, se “normaliza”.

La confusión entre lo político y lo criminal y la trivialización de las víctimas se han agravado con la llegada al poder del presidente Uribe. Un presidente que no parece guardar igual distancia frente a los dos actores ilegales del conflicto armado. Un presidente que hace demasiado alarde de esos valores del finquero antioqueño, indómito y bravío, que ayudaron a engendrar la movilización paramilitar. Un presidente que, al concentrar sus antipatías en el ala subversiva del conflicto armado, tiende a subestimar el dolor de las víctimas que vienen del ala opuesta del conflicto.

En un país en el que ocurre un hecho como el de las fosas de los ‘paras’, el Presidente debería salir por los medios, hablar de eso, encarnar el dolor nacional y convertir el hecho en un símbolo contra el pasado. ¿No es acaso el Presidente quien, según la Constitución, simboliza la unidad de la nación?

A pesar del espíritu presidencial que nos gobierna, en el último año se han logrado ciertos avances en la diferenciación entre política y crimen. Algunos de los jefes paramilitares están en la cárcel, las víctimas se movilizan hoy más que nunca y algo de verdad empieza a vislumbrarse.

Esperemos que este lento camino hacia el reconocimiento de las víctimas -reconocimiento con independencia de su origen- sirva para evitar que en Colombia las tragedias se reproduzcan y que algún día la memoria que guardamos de ellas nos permita construir una sociedad más civilizada.

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