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Asimetrías de poder en la Calle 93 con 13

Dejusticia
marzo 7, 2011

Publicado en: La Silla Vacia

El proceso de solicitar una visa colombiana tiene varios obstáculos que lo hacen divertido para las personas que gozan del suspenso. Imagínate ser una de ellas.

 

Me refiero, en este caso, a la fila de personas quienes empezaron a hacer cola desde las siete de la mañana, quizás seis, en la entrada de un edificio sin nombre. Allí, en el segundo piso, lado izquierdo, se encuentra la Oficina de Coordinación de Visas e Inmigración del Ministerio de Relaciones Exteriores. Para los doscientos y pico de extranjeros que pasan por la oficina cada día de la semana, allí están los guardianes del país.

El proceso de solicitar una visa colombiana tiene varios obstáculos que lo hacen divertido para las personas que gozan del suspenso. Imagínate ser una de ellas.

El primer reto que enfrentas es el rompecabezas de adivinar cuáles son los requisitos vigentes para el tipo de visa que necesitas. Si estás de suerte, quizás logras encontrar alguna pista en la página web del Ministerio (que no está actualizada ni organizada) o en su línea de atención al público (que tiene la misma probabilidad de arrojar una respuesta clara, que la que tienen los Bogotanos de contar con un Sistema Integrado de Transporte Público en el futuro cercano). Aquellos más valientes que deciden visitar la misma Oficina para aclarar dudas, se encuentran con el portero del edificio quien no les permite entrar porque no tienen los papeles listos para radicar. Les dice que miren los requisitos en la página web.

Escapando este callejón sin salida, juntas los papeles de una forma u otra, los entregas a la Oficina y empiezas a esperar. Observas que han colocado un cartel enorme detrás de los quioscos, que te pide recordar que el otorgamiento de una visa es discrecional y que por favor tratar a los funcionarios con respeto.

Pero parece que una chica de un país andino vecino está teniendo dificultades en cumplir con dicho pedido. Como le han negado la visa por falta de algún documento, intenta desesperadamente detener a uno de los funcionarios para mostrar la hoja que tiene. Es el listado de requisitos que imprimió de la página web, en el cual no aparece el documento exigido. Ninguno de los funcionarios la escucha, ni la mira.

Allí atrás, parece que un compatriota tuyo no ha corrido con mayor suerte. A él le acaban de negar la visa de trabajo por falta de algún requisito, aunque ha presentado exactamente los mismos papeles que su colega extranjera, quien trabaja en la misma empresa y a quien le fue concedida la visa diez minutos antes. Él intenta conseguir alguna explicación, pero los funcionarios le dicen sin escucharlo que mire la famosa página web. Él trata de insistir. Ellos se voltean y fingen no oírlo.

A tu lado, un profesor europeo de la Nacional te cuenta que hoy es su cuarto intento solicitando que le pongan la misma visa en su nuevo pasaporte. En cada uno de los tres días anteriores le han negado la solicitud por una razón diferente. Infelizmente, la suerte que le deseas no le ayuda mucho. Después de otra hora de espera, sale una funcionaria para decirle que su foto es demasiado grande—por 3 milímetros. El profesor ofrece cortar la foto con unas tijeras que tiene a mano y entregarla de una vez. Pero ella le dice que vuelva mañana, con una actitud tan fria que hace que los funcionarios del DAS –el siguiente paso hacia la presencia legal en el país— parezcan tiernitos.

Vuelves a mirar el cartel y, perplejo, te preguntas dónde está la línea entre la discrecionalidad y la arbitrariedad. Afortunadamente para ti, tienes unas cuatro horas más para contemplarlo.

* * *

Claro, estas historias no nos pasan solamente a los que llegamos a Colombia, sino a todos los que, impulsados por una sensación de la grandeza del mundo, viajan al extranjero para conocerlo. Estoy segura, por ejemplo, de que casi todo lo que he dicho aquí aplica también para el tormento de solicitar una visa de cualquier naturaleza para entrar a los Estados Unidos y luego pasar por los funcionarios de migración (quienes, en los aeropuertos de un país con 48.4 millones de latinos, curiosamente nunca hablan español).

Mi frustración, por tanto, es con las oficinas de inmigración y consulados en general, y con el aspecto casi primitivo de permitir ejercicios de autoridad tan obviamente discriminatorios y arbitrarios en nuestros tiempos, simplemente porque el Estado es todopoderoso en decir quién entra y quién queda por fuera.

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