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Balas de papel

María Paula Saffon Sanín
agosto 13, 2016

Publicado en: El Espectador

¿Por qué votar sí por un plebiscito que permitirá a las Farc participar en política? Porque el fin básico de la democracia es reemplazar la violencia por elecciones. Como dijo Bobbio, la democracia es el único sistema a través del cual los ciudadanos pueden deshacerse de sus gobernantes sin derramar sangre.

 

Esto implica que las elecciones sean competitivas, pero también incluyentes. Solo así los ciudadanos considerarán más beneficioso respetar los resultados que rebelarse, incluso cuando pierdan. Si la oposición tiene la expectativa de llegar al poder, estará dispuesta a esperar en paz la siguiente elección para probar suerte. Y los gobernantes evitarán reprimirla, pues temerán que cuando salgan del poder sus contrincantes hagan lo mismo.

Esto no significa que no haya conflictos de ideas o intereses. Cuanto más álgidos sean los conflictos, más valiosa es la democracia, pues logra que personas con posiciones radicalmente antagónicas convivan. Por eso muchos se han referido a las papeletas de votación como piedras de papel, que permiten adelantar la lucha política por un medio pacífico.

En Colombia, la lucha no se adelantó con piedras sino con balas, y los votos nunca las remplazaron sino que convivieron con ellas. Las elecciones fueron competitivas desde el siglo XIX, pero primero excluyeron a la mayoría de votantes, y luego fueron restringidas por el uso frecuente de la violencia, o por reglas que limitaban la participación a ciertos partidos y que generaron más violencia.

La Violencia de los cincuenta se desencadenó porque los partidos rivales dejaron de estar dispuestos a tolerar su pérdida electoral. El Frente Nacional le puso fin evitando que ciertos sectores pudieran competir. Los grupos guerrilleros se armaron para reaccionar contra esa exclusión. Pero al hacerlo traicionaron a la democracia porque le apostaron a la guerra. Y cuando en los ochenta la ampliación de la democracia les permitió participar, su persecución impidió que accedieran a los puestos que ganaban por elección, en reacción a lo cual exacerbaron la guerra.

La violencia nunca puso fin a las elecciones, sino que las infectó de intimidación; las convirtió en un sistema híbrido que excluía a quienes pensaban distinto y que hizo que muchos conflictos fueran tramitados con plomo. Esto ha impedido que la democracia sea considerada un sistema valioso por todos los ciudadanos. Y también que las ideas de los actores armados sean toleradas.

El acuerdo de paz ofrece una oportunidad única de dejar atrás la mezcla de balas y votos. Los guerrilleros podrán participar en política, pero deberán hacerlo sin recurrir a la coacción, y lograrán solo tanto poder como apoyo ciudadano tengan. Los mecanismos acordados para garantizar su seguridad les darán incentivos para no volverse a armar.

Votar sí por el plebiscito no es votar por las Farc; es votar por la democracia. Quienes se oponen al proyecto de las Farc podrán hacer campaña en su contra y votar por sus contendores. Votar sí por el plebiscito es mantener el conflicto, pero estar dispuestos a tramitarlo en las urnas y no en el campo de batalla.

Por eso, solo es coherente votar no para quienes prefieren exterminar a las Farc que intentar ganarles en elecciones. Los demás, los indecisos pero demócratas, deben votar sí para sustituir las balas por votos.

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