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Blanco, negro y blues

Vivian Newman Pont
julio 17, 2015

Publicado en: El Espectador

Me gusta el blues. Es un género musical basado en 12 compases que se acompañan de una especie de quejidos y producen una sensación de dulce melancolía.

 

Estas notas no salen de la nada sino que representan una historia y una cultura. Buscar sus raíces es encontrarse con las secuelas de la esclavitud y con el destino del afroamericano que más de siglo y medio después de la abolición, sigue teñido de asimetría.

Cuando en la primavera de 1865 el norte ganó la guerra de secesión, se abolió la esclavitud en Estados Unidos y se sembró el blues. Los negros emancipados en el sur prácticamente seguían en igual nivel de pobreza y discriminación, pero recuperaron dos elementos claves de su dignidad: libertad sexual y movilidad. Ambas libertades se reflejaron en la música que pasó de cantos colectivos africanos espirituales, a blues en los que un solista con guitarra, banjo o armónica recorría los pueblos en medio de la segregación y forjaba la ciudadanía afroamericana.

Así se gestó el género y el estilo con la guitarra de Robert Johnson y voces como la de Son House. Así nació también Ma Rainey con todos los ingredientes para el fracaso bajo los cánones de la época: negra, pobre, analfabeta, bisexual y muy fea. Pero todos con la sensibilidad y el emprendimiento que impulsó el blues.

Con el tiempo, toda la creación negra que no había trascendido de círculos interiores, fue popularizada por el blanco, que era quien detentaba el poder. Los sellos discográficos eran de propiedad de los blancos, quienes buscaban talentos negros, hacían las grabaciones y distribuían entre emisoras de radio y tiendas locales de blancos para el disfrute de quien tuviera los medios. Y cuando en Memphis apareció una buena voz y movimientos novedosos, inspirados por la calle Beale donde todos los negros hacían sus presentaciones, el blues mutó y nació Elvis Presley, el rey del rock ‘n roll.

Porque el blues está en las raíces de la estructura musical norteamericana y dio paso a muchos géneros. De las fuentes del blues y sus fusiones bebieron no solo el rock ‘n roll, sino el rock, el jazz, el swing, el soul, el rhythm ‘n blues, el rap y tantos otros.

Es cierto que la popularización de un ritmo es un beneficio. Y que en el arte, todo el mundo se nutre de lo que otros han hecho, pues no hay creaciones de la nada, sino fusiones, intervenciones y nuevas miradas. Pero no deja de quedar un mal sabor cuando uno visita la cuna del blues del Delta en pueblos casi fantasmas como Clarksdale, Mississippi, donde lo máximo que hay es un museíto, un letrero de una casa desvencijada que alguna vez fue un hospital donde murió Bessie Smith y compuso Ike Turner o tres tablas donde nació Muddy Waters. Pero va a Memphis, a una hora y media de carretera, por la ruta de muchos músicos de principios del siglo pasado y se encuentra con el Disney World del rock y miles de turistas interesados en ver la mansión de Elvis.

Inevitable pensar que los creadores del blues aún no tienen el homenaje que se merecen.

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