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Bogotá agrícola

Mauricio Albarracín
septiembre 23, 2015

Publicado en: El Espectador

“Por las tierras de nuestros abuelitos”, así dice un grafitti hecho durante el paro agrario del año pasado en el centro de Bogotá.

 

Aquel paro campesino nos recordó nuestras raíces rurales y también la importancia del campo en nuestras vidas y en el futuro del país. Somos hijos o nietos de campesinos que encontraron en las ciudades refugios para la violencia o la pobreza. Por ello, no es gratuito que el tema agrario esté en el centro de las conversaciones de paz y que el censo agrario sea una de las herramientas más importantes para identificar los problemas de desigualdad en el país.

Sin embargo, la pregunta por la agricultura no es sólo para el campo, también lo es para las ciudades. Recientemente asistí a un curso gratuito de agricultura urbana en el Jardín Botánico José Celestino Mutis, de Bogotá. Mi primera sorpresa fue que en el curso había alrededor de 40 personas de todas las profesiones y localidades. Todas ellas tenían un interés común: hacer de sus espacios lugares productivos, verdes y saludables sembrando en sus casas o pequeñas propiedades cerca de Bogotá. Había personas que decían que tenían un patio lleno de maleza, otras querían hacer una huerta urbana, otras tenían la idea de crear un negocio, otros tenía un balcón o simplemente no tenían espacio para sembrar, pero querían escuchar ideas nuevas (ver información de los cursos de agricultura urbana).

Como lo muestra un estudio reciente de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación, FAO, Colombia no tiene un plan nacional de agricultura urbana o periurbana. Sin embargo, Bogotá ha desarrollado un programa de esta naturaleza en cabeza del Jardín Botánico desde el año 2004 que merece ser fortalecido. El programa inició en el gobierno de Lucho Garzón de la mano de la estrategia de “Bogotá sin Hambre”, y tenía como objetivo inicial aportar alimentos a la canasta familiar, contribuir a la educación ambiental y recuperar especies perdidas. En un inicio, el programa tenía un presupuesto de alrededor de 6 000 millones de pesos al año y 60 personas asignadas. Hoy, el programa tiene sólo 2 000 millones de pesos y 15 personas trabajando. A pesar de esta poca inversión pública, la ciudad tiene alrededor de 10 000 agricultores urbanos y alrededor de 200 huertas familiares o comunitarias, según los registros del Jardín Botánico. En esta estrategia, también se han sumado instituciones públicas y privadas como algunas universidades (Nacional, Andes, Rosario, Uniminuto), colegios distritales, comedores comunitarios y las cárceles de El Buen Pastor y La Picota.

La agricultura urbana tiene grandes beneficios sociales para la ciudad; así, por ejemplo, contribuye no sólo a la producción de alimentos, sino también a un mejor manejo ambiental de los suelos, aumenta la capa vegetal, genera comida cerca de los consumidores y contribuye a reducir la contaminación. Contribuye, además, a aprovechar mejor el espacio público, el tiempo libre de jóvenes y personas de la tercera edad, y cohesiona la comunidad. Es una actividad que se puede hacer en cualquier espacio y con cualquier grupo de personas.

De estas potencialidades también surgen retos. El primero es el poco apoyo institucional al programa. Una buena noticia sobre este asunto es el Acuerdo 605 que recientemente aprobó el Concejo de Bogotá que institucionalizó la agricultura urbana en la ciudad. Sin embargo, persisten problemas de recursos que deben ser resueltos por la próxima administración, y que se esperaría vuelva al nivel inicial del programa. Otro problema se refiere al espacio público. Muchos de los agricultores urbanos señalan que existe poco acceso al espacio público y es estrictamente regulado. La ciudad podría iniciar programas de tierras comunales donde se prestan lotes urbanos para este fin, tal y como existen en ciudades como Londres, Rosario o La Habana.

En todo caso, al margen del Gobierno de la ciudad, cualquiera puede hacer agricultura urbana. Algunas recomendaciones del curso al que asistí pueden servir: usted necesita un espacio que tenga 4 horas de luz al día, agua (ojalá tomada de la lluvia), puede ser un suelo blando (directamente en la tierra) o duro (cualquier recipiente). En materia de recipientes, las materas, botellas, llantas o cualquier material puede servir. Un dato interesante es que en un metro cuadrado pueden tenerse hasta 32 botellas para sembrar. Luego, puede buscar asistencia técnica en el Jardín Botánico y en Internet que tiene muy buenos manuales y videos.

Bogotá no necesita más confrontación. Necesitamos buenos proyectos como el de agricultura urbana que puede ayudarnos en un futuro sin hambre, sostenible y comunitario. Es hora de trabajar por nuestras propias tierras y cómo diría Voltaire en la voz de Cándido: lo importante es cultivar nuestro jardín.

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