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'Canales privados de TV reproducen la cultura mafiosa que se está tomando el país'

Mauricio García Villegas
septiembre 5, 2006

Publicado en: El Tiempo

El autor muestra que los canales privados de televisión se han adaptado al mercado, en el que el sexo es un gancho, y terminan reproduciendo la cultura mafiosa que se está tomando el país.

 

Sin ‘rating’ no hay paraíso

Los canales privados se han ido adaptando a un mercado inundado con los dólares y la estética del narcotráfico.

Como buena parte de la cultura y de la educación nacional dependen de la televisión, uno termina viendo telenovelas para poder opinar. La última de Caracol TV se llama Sin tetas no hay paraíso y cuenta la historia de unas jovencitas sin recursos que venden sus cuerpos a los mafiosos con la ilusión de ascender socialmente.

Que se difundan hechos poco edificantes como este no me parece malo. Más aún, creo que hay muchas historias de este tipo que deberían ser contadas. En este país no solo hay jovencitas pobres y sin futuro que se han entregado a la mafia.
También lo han hecho los ricos y, por supuesto, los de la clase media y sin el atenuante de la supervivencia que tienen los pobres. Qué decir de los terratenientes que se sirven de la mafia para cuidar sus tierras, o de los banqueros que se hacen los de la vista gorda cuando el dinero ilegal ingresa a sus arcas, o de los políticos encumbrados que negocian sus puestos con la mafia.

Lo que me parece reprochable es hacer de esa historia una telenovela para divertir a la gente. El formato de telenovela, ligero y campechano por naturaleza, banaliza, y hasta normaliza, la estrategia de ascenso social de las protagonistas. No es lo mismo si la historia se presenta en el cine o en la literatura.

Pero eso no me disgusta tanto como la burda explotación comercial que se hace del contenido sexual de la historia. Me explico. Si la novela original fuera, digamos, la de unos industriales que se venden a la mafia, Caracol TV seguramente no se habría interesado -menos aún RCN-TV- en sacar de allí una telenovela.

No es por mojigatería que digo esto; es por rechazo a la hipocresía mercantilista de los medios. En este caso, los programadores se encontraron una historia que contiene un tremendo drama humano, pero de ese drama solo les importa mostrar el mercadeo sexual en el que se ven envueltos sus protagonistas. Y eso les importa porque así venden más publicidad. Es como abordar la prostitución con la justificación de que se trata de un problema social importante, pero para mostrar -con fines comerciales- solo lo que allí hay de sexo.

Ahora bien, esto no solo sucede en las telenovelas. Casi toda la programación de la televisión privada hace lo mismo. Hasta en los noticieros el sexo es un gancho para que la gente vea más noticias. Por eso, los programas de la televisión se parecen cada vez más a la publicidad que los financia. Así como el ron se vende con una nalga y el champú con un gemido erótico, los problemas sociales se explican mostrando tetas.

Los canales privados de TV reproducen y fortalecen la cultura mafiosa que se está tomando el país. Este es otro de los ámbitos en los cuales también está triunfando el narcotráfico, y la televisión le hace el juego. Ambos, tele y cultura mafiosa, han logrado alinear física y mentalmente a millones de jovencitas de todas las clases sociales que terminaron por creer que su identidad y sus valores se miden por la voluptuosidad de sus cuerpos.

Mi objeción no es contra la liberación sexual -la cual considero un gran beneficio de esta época- sino contra la manipulación cultural y física de las mujeres. Durante las últimas semanas se ha hablado mucho de mujeres golpeadas por sus maridos y de niñas violadas.
A mí me parece que este no es un fenómeno social ajeno a la cultura de las tetas de silicona.

Los canales privados de televisión también se han ido adaptando a un mercado inundado con los dólares y la estética del narcotráfico. Su paraíso es el rating y sus métodos para encontrarlo son tan poco edificantes como los utilizados por las protagonistas de la telenovela en cuestión.

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