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Chávez y las bases norteamericanas

Juan Fernando Jaramillo
enero 14, 2010

Publicado en: Semana

La reacción de Chávez al préstamo de las bases colombianas a EE.UU era previsible, por eso sorprende la reacción del gobierno colombiano

 

Al Presidente Hugo Chávez se le tilda en Colombia frecuentemente de loco e impredecible. Yo no quiero meterme en ese debate. Sin embargo, creo que en el caso de las denominadas bases norteamericanas en Colombia la respuesta del Presidente Chávez era más que predecible. Por eso, me sorprenden las quejas del gobierno colombiano con respecto a la reacción de Chávez.

Aclaro de entrada que a mí no me agrada Chávez. Me molestan mucho su mesianismo autoritario, su belicosidad y su ánimo intervencionista. Además, como la inmensa mayoría de los colombianos, creo que él colabora con la guerrilla colombiana, que es corresponsable de la horrible tragedia que hemos vivido en las últimas décadas.

Sin embargo, un país no escoge ni a sus vecinos ni a los gobernantes de los mismos. Y tampoco puede mudarse. Por eso, cuando tiene dificultades importantes con un Estado limítrofe tiene que decidir si las va a manejar a través de la diplomacia, para tratar de reducirlas al mínimo posible, o si toma otro tipo de medidas, a pesar de que puedan exacerbar el conflicto.

Con el acuerdo sobre las “bases norteamericanas” el gobierno colombiano – que esperaba con ello afianzar sus relaciones con los Estados Unidos – aceptó la radicalización del conflicto con Chávez. Como era de esperar, éste reaccionó duramente.

Desde el principio de su gobierno, Chávez no ha perdido ninguna oportunidad para manifestar su animosidad para con Washington: no ha ahorrado insultos contra sus gobernantes, ha establecido relaciones con sus peores enemigos – muchos de ellos reconocidos violadores de los derechos humanos – y ha intervenido de múltiples formas en los asuntos internos de distintos países de la región para exportar su modelo político.

Por eso, no puede ser tildado de pura paranoia su temor a una intervención norteamericana en Venezuela, máxime después del fallido golpe de estado de 2002. Desconocer esa posibilidad equivale a negar la larga historia de intervenciones militares de los Estados Unidos en los distintos países latinoamericanos.

Algunos dicen que con Obama es improbable que Estados Unidos intervenga militarmente en la región. Yo estoy de acuerdo con eso. Pero no podemos olvidar que el mesianismo de Chávez lo impulsa a gobernar indefinidamente a Venezuela. Además, Obama no es el primer presidente estadounidense que ha intentado establecer una nueva forma de relación con Latinoamérica. También lo hicieron, por ejemplo, Roosevelt y Carter. Ellos fueron sucedidos por presidentes que no tuvieron ningún problema en enviar sus marines a los países de la región.

El gobierno colombiano asegura que el acuerdo no contempla ninguna base norteamericana en Colombia y no modifica en nada las relaciones de cooperación que ya existían entre Colombia y Estados Unidos. Igualmente, dice que Venezuela también ha suscrito varios convenios de cooperación con países de muy dudosa reputación y que Estados Unidos no necesitaría las bases en Colombia para poder intervenir en Venezuela.

En realidad, no interesa establecer si las afirmaciones del gobierno colombiano son veraces o exactas. Lo importante es que, como era fácilmente predecible, el gobierno venezolano considera que el convenio sobre las bases constituye un peligro para su soberanía y ha respondido en ese sentido.

Lo cierto es que hasta ahora la insensatez de los dos gobiernos ha llevado a que el intercambio comercial entre ambos países, tan importante para Colombia, se derrumbara. Esperemos solamente que todavía exista alguna racionalidad que impida que, en contra de la voluntad de paz de los colombianos y venezolanos, se genere un conflicto bélico entre los dos países. Eso sí sería un desastre total, que ninguno de los dos pueblos podría perdonar.

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