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Ciencia, bosón de Higgs y Neptuno

Rodrigo Uprimny Yepes
octubre 13, 2013

Publicado en: El Espectador

El descubrimiento del bosón de Higgs, premiado este año con el Nobel de Física, evoca otro hallazgo ocurrido hace más de 150 años: el del planeta Neptuno. Y ambos casos expresan una ética del trabajo científico colaborativo que debería inspirarnos en otros terrenos.

 

El descubrimiento del bosón de Higgs, premiado este año con el Nobel de Física, evoca otro hallazgo ocurrido hace más de 150 años: el del planeta Neptuno. Y ambos casos expresan una ética del trabajo científico colaborativo que debería inspirarnos en otros terrenos.
El bosón de Higgs fue “descubierto” teóricamente en los años sesenta, por varios físicos. Su tesis es que el “modelo estándar” de la física, que es el paradigma que mejor describe cuáles son las partículas y fuerzas básicas de la naturaleza, requería que existiera un bosón, que es uno de los tipos básicos de partículas, que tuviera ciertas características, pues sólo así podría explicarse que las otras partículas tuvieran masa.
Cincuenta años más tarde, y gracias a esa maravilla tecnológica que es el gran colisionador del Centro Europeo de Investigación Nuclear (el CERN, por su sigla en francés), que permite acelerar y chocar protones a velocidades cercanas a la luz, el bosón de Higgs fue descubierto empíricamente. El CERN verificó experimentalmente que las conjeturas teóricas de Higgs y de los otros físicos eran acertadas.
Neptuno también fue “descubierto” primero teóricamente, en 1846, por el matemático Le Vernier. Su tesis es que la única forma de compatibilizar ciertas irregularidades en la órbita de Urano con las leyes de Newton, que era y es el paradigma que mejor explica el movimiento de los cuerpos celestes, es que existiera otro planeta, que debería tener cierta masa y órbita.
Algunos días después, el observatorio de Berlín, una maravilla tecnológica de la época, descubrió empíricamente que ese nuevo planeta existía y estaba en el sitio previsto por Le Vernier. El observatorio comprobó experimentalmente que la conjetura matemática de Le Vernier era acertada.
Los descubrimientos del bosón de Higgs y de Neptuno son procesos distintos, pero tienen semejanzas notables. La existencia de ambos fue primero conjeturada por teóricos audaces, que concluyeron que la teoría más avanzada requería que esos “objetos”, por llamarlos de alguna forma, existieran. Estos trabajos teóricos desencadenaron un cuidadoso proceso de verificación empírica por parte de otros científicos, que comprobaron que los “objetos” existían y que las conjeturas teóricas tenían entonces base empírica. Todo ese trabajo colaborativo permitió avances notables en la comprensión humana de la naturaleza.
Estos descubrimientos expresan tres rasgos propios de la mejor labor científica: i) la importancia de la razón y de la discusión teórica; ii) el respeto por la verificación experimental cuidadosa, y iii) la colaboración y el trabajo en equipo.
Los científicos son a veces mezquinos, pero esos tres rasgos de la labor científica expresan una cierta ética investigativa y colaborativa para resolver problemas, que no sólo es noble sino que es poderosa. ¿No valdría la pena entonces esforzarnos para que una ética de ese tipo inspire la discusión pública de nuestros grandes problemas, como la guerra o la desigualdad?

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