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Colombia es pasión

Se dice que Zeus, el dios de los cielos y de la tierra, viendo que los hombres se aburrían, les regaló las pasiones.

 

Tal vez los colombianos recibimos una dosis demasiado generosa de ese antídoto contra el tedio. Por eso, según el Barómetro Global de Felicidad y Esperanza, somos el país más feliz del mundo, y por eso también se inventó el slogan de “Colombia es pasión”.

Pero más que de Zeus, nuestro carácter apasionado es una herencia que recibimos de esos españoles del siglo XVI que fueron retratados por Cervantes en El Quijote. Para el ingenioso hidalgo, lo mismo que para Cortés o Pizarro, no había nada mejor que una vida de aventura en búsqueda del amor eterno, de la gloria personal y de la justicia divina. El idealismo quijotesco de los españoles (amoldado a sus ambiciones personales) se convirtió en el motor que impulsó la Conquista y en el cemento que cohesionó la vida colonial. Dos siglos de instituciones republicanas no han sido suficientes para apagar ese furor soñador, fantasioso y personalista que heredamos de la España clásica.

No tengo duda de que una vida apasionada puede traer muchos beneficios, empezando porque mata el tedio. Pero como casi todas las cosas humanas, las pasiones tienen dos caras que miran hacia lados opuestos, como Jano, el dios de la mitología romana. En Colombia esa ambivalencia es fácil de apreciar. Pongo dos ejemplos de actualidad: la política y el fútbol.
Es bueno que la gente tenga convicciones políticas firmes, que crea con ardor y que luche por defender lo que piensa (la apatía es la anemia de la democracia). Ese ardor nos puede hacer más solidarios y más comprometidos. Pero también puede ocurrir lo contrario; que la vehemencia que ponemos en nuestras creencias nos vuelva rencorosos e intolerantes. La historia de Colombia está llena de líderes apasionados que empiezan carreras brillantes y terminan atrapados por sus odios y aborreciendo a media humanidad (ya veo al lector repasando nombres propios).

El segundo ejemplo es el del fútbol. Aquí, como en muchos otros países del mundo, el fútbol es una pasión nacional y la gente celebra los triunfos de su equipo como si fueran conquistas personales. La diferencia es que en Colombia esas celebraciones suelen terminar en violencia (raro que no pase lo mismo con el ciclismo, que nos ha dado más glorias que el fútbol). El primer triunfo de la selección Colombia contra Grecia, la semana pasada, dio lugar a una fiesta en la que hubo, solo en Bogotá, nueve muertos y 3.000 riñas; lo cual es algo absurdo si tenemos en cuenta que, como aquí casi no hay griegos, se trató de una violencia entre hinchas del mismo equipo.
Yo quisiera que Colombia fuera una sociedad más tranquila, en donde las pasiones no causaran tanta desmesura, tanta intolerancia y tanta violencia. Sería una sociedad aburrida, me dirán algunos. No lo creo. Sería, eso sí, una sociedad más predecible y menos desmesurada; pero no por eso más tediosa. Vivir en un país menos ardiente, en donde las cosas sean habituales y sosegadas, produce un gozo que, a mi juicio, se parece mucho a la felicidad social alcanzable. Saber que los demás (incluidas las autoridades del Estado) se comportan siempre de la misma manera engendra una sensación de confianza, serenidad y sentido de pertenencia que los colombianos, por exaltados, casi desconocemos.

Así pues, si me ponen a escoger, yo prefiero esa felicidad contenida que tienen algunas sociedades y no una felicidad llena de sobresaltos como la nuestra. Eso no significa acabar con los furores. Como decía el poeta Alfred Tennyson, “la felicidad no consiste en suprimir las pasiones sino en saberlas manejar”.

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