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Colombia Vs. resto del mundo

Nelson Camilo Sánchez León
diciembre 24, 2008

Publicado en: Semana

Nombrar a Perea de embajador en Sudáfrica porque allá será el Mundial de Fútbol es apenas un ejemplo de la miopía de la política exterior colombiana.

 

Al finalizar el año, fue anunciada la conformación de una misión de expertos en política exterior que se encargará de formular “recomendaciones de cómo y en dónde debe estar Colombia”. Esta iniciativa debería sumarse a un proyecto de ley que tramita el Congreso –cuya discusión final fue aplazada para marzo – en el que se busca otorgar facultares especiales al Ejecutivo para reformar la Cancillería.

En materia de política exterior, bienvenidos los cambios, pues son necesarios y urgentes. Para la muestra, unos botones: una canciller que se ve obligada a renunciar cuando su hermano y su padre son acusados de graves crímenes – decisión por de más tardía, pues para la fecha de la renuncia ya la noticia había dado varias vueltas al mundo. Un canciller que la reemplaza después de haber estado varios años desconectado del mundo y al que, estando de visita oficial en Japón, se le notifica que se quedó sin puesto y que a su regreso tiene que desocupar su escritorio. Dos embajadores que debieron renunciar por presuntos vínculos con el paramilitarismo y otro que está siendo investigado por cuestiones similares. Un cónsul pillado en actos no muy diplomáticos de clara injerencia en los asuntos internos de nuestro más grande socio comercial… Y la lista continúa.

La función diplomática por largo tiempo ha sido un jugoso botín destinado al pago de favores políticos. Colombia carece de una política exterior de Estado que sea capaz de ir más allá de los intereses de gobierno y de la conveniencia política partidista del corto plazo. Una política que garantice que, en un mundo globalizado, los polos de desarrollo internacional sean explotados adecuadamente para el beneficio del país. La falta de profesionalización de la función diplomática es una clara consecuencia de ello. Las habilidades diplomáticas, la preparación profesional, la experiencia, e incluso el idioma de la estación diplomática a la que se aspira poco cuentan a la hora de hacer nombramientos.

Un buen ejemplo de esta práctica es la obstinación del Gobierno en la designación del cronista deportivo Edgar Perea como embajador en Sudáfrica. De hecho, quien mejor ha puesto de presente esta situación es su colega deportivo, Iván Mejía Álvarez, cuando retóricamente se pregunta – ¿Cuál fue ese mal tan grande que nos hizo Sudáfrica que no le podemos perdonar? Primero Moreno de Caro, y ahora Perea!

Ver a Sudáfrica como la simple sede de un mundial de fútbol es, al menos, un insulto. Sudáfrica es la principal potencia económica del continente africano; su producto interno bruto corresponde al 25 por ciento del PIB de todo el continente. Igualmente, el país lidera la producción industrial (40 por ciento de la producción total) del continente y genera más de la mitad de la electricidad de África. Por eso Sudáfrica es considerada como una potencia emergente con un desarrollo económico similar al de países como Brasil o India, y por eso fue invitada a la reunión de las economías más influyentes del mundo a buscar salidas a la crisis financiera mundial.

Como si estas razones no fueran ya suficientes es importante recordar que no hace mucho tiempo Sudáfrica pasó por un período transicional bastante parecido al que Colombia pretende. Después de décadas de apartheid, Sudáfrica vivió una transformación democrática muy elogiada internacionalmente. Los logros de este proceso no son nada deleznables: el establecimiento de instituciones políticas más eficientes e independientes, una reforma económica que levantó a un país debilitado por múltiples sanciones económicas y el aislamiento internacional, además de una relativa reconciliación entre diferentes grupos raciales. Estos triunfos no suenan muy lejanos a varias de las aspiraciones que tenemos para el futuro cercano en nuestro país.

Pero aquí pareciera que todo se lee en términos futbolísticos.

La ceguera colombiana no es exclusiva para el caso de Sudáfrica. Es una muestra de cómo se reflejan las falencias del sistema político colombiano en la función diplomática y en la política exterior. Por estas razones parece oportuna la conformación de la misión que, por las altas calidades académicas de sus integrantes, pudiera conllevar a un estudio serio y ponderado sobre a dónde debería apuntar nuestra diplomacia. Pero de allí, a que sus recomendaciones se implementen, mejor no hacernos muchas ilusiones. A quien le parezca exagerado este escepticismo puede averiguar cuántas de las propuestas hechas por la “Comisión de Ajuste Institucional” terminaron siendo incluidas en el proyecto de Reforma Política. Ojalá me equivoque y esta vez la historia sea distinta. Mientras tanto: sigan siendo felices, la Cancillería les dice.

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