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ES LARGA LA LISTA DE RAZONES QUE ayudan a explicar el reciente revés electoral del presidente Obama.

ES LARGA LA LISTA DE RAZONES QUE ayudan a explicar el reciente revés electoral del presidente Obama.

ES LARGA LA LISTA DE RAZONES QUE ayudan a explicar el reciente revés electoral del presidente Obama.

Los resultados mediocres de su política económica, el ascenso de la extrema derecha y el deterioro natural de la imagen presidencial, luego de dos años de gobierno, son algunas de ellas. Pero en los etcéteras de esa lista hay algo que me parece aún más significativo; me refiero al resurgimiento del espíritu antielitista, el mismo que reivindica el provincialismo del pueblo estadounidense, su repudio a lo aristocrático y su desconfianza puritana frente a lo citadino, a lo culto, a lo sofisticado y a lo nuevo. Este sentimiento popular, como lo explicaba Richard Hofstadter en su célebre libro Anti-intellectualism in american life, se materializa en la idea de que los políticos de Washington están demasiado lejos y son demasiado privilegiados para entender el alma profunda del “pueblo americano”.

Desde la llegada de Nixon al poder, los republicanos son los que más provecho le han sacado a este talante antiintelectual. George W. Bush, Sarah Palin y una parte importante de los miembros del Tea Party, lideran hoy ese populismo conservador, que en realidad es más conservador que popular: cuando Sarah Palin y muchos de sus amigos reivindican la imagen del ciudadano del común, blanco, pueblerino e ignorantón (¿se acuerdan de “Joe the plumber”?) contra la élite de Washington, lo hacen como una manera solapada de expresar los sentimientos racistas y antimusulmanes que el presidente Obama despierta entre esos ciudadanos (el 45% de los republicanos piensa que Obama no nació en los Estados Unidos y el 57% opina que Obama es en realidad un musulmán escondido).

Estas fueron unas elecciones reaccionarias, dominadas por la idea republicana de recuperar el poder que les fue arrebatado hace dos años por un “presidente negro”. Si la expresión “the nigger president” es hoy un tabú —me escribe un amigo californiano—, no lo es el sentimiento que está detrás de ella”.

En Colombia padecimos los efectos de un tipo similar de populismo, antielitista y conservador, durante el gobierno pasado. El ex presidente Álvaro Uribe Vélez, con su menosprecio por las élites bogotanas (las mismas que nos gobiernan hoy en día), con su convicción de que la “democracia de opinión” es una “fase superior de la democracia”, con su desprecio por los méritos académicos y, por supuesto, con su defensa de la tradición social y religiosa, encarna mejor que nadie ese populismo.

Ahora bien, es difícil oponerse al populismo de derecha: la defensa que hace del ciudadano raso, del igualitarismo social y de la tradición, son argumentos muy efectivos políticamente. Pero eso no los hace menos engañosos: bajo la supuesta defensa de ideales superiores como la patria o la libertad, los electores pobres republicanos terminan votando por una élite política, no sólo tradicional y rica, sino dispuesta a desmontar las únicas reformas sociales (la de la salud, por ejemplo) que tienen un claro propósito igualador. Con la bandera del pueblo, los republicanos pobres (tal como sucedía con los electores pobres del uribismo) terminan eligiendo a los políticos que más contribuyen a profundizar la desigualdad social y a entronizar a los ricos.

Curiosa forma de gobierno esta: no es, como lo dije en otra columna, una democracia (el gobierno del pueblo para el pueblo), ni tampoco una plutocracia (el gobierno de los ricos para los ricos), sino una combinación de ambas; algo así como una demoplutocracia, es decir, un gobierno de los pobres, pero para los ricos.

De interés: 

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