Crónicas de muertes anunciadas

César Rodríguez Garavito

Las 83 muertes de la avalancha en Salgar eran anunciadas y evitables. Hace tres años se sabía que el río y la quebrada se rebosarían más temprano que tarde.

César Rodríguez Garavito

Crónicas de muertes anunciadas

Por: César Rodríguez Garavitomayo 22, 2015

Las 83 muertes de la avalancha en Salgar eran anunciadas y evitables. Hace tres años se sabía que el río y la quebrada se rebosarían más temprano que tarde.

-El Plan de Desarrollo del municipio lo advertía sin ambigüedad: las casas construidas en las orillas con la complicidad de las autoridades “se exponen a los efectos de una inundación o avenida torrencial durante un evento fuerte de lluvias que se produzcan en las partes altas de las cuencas”. Estaba claro lo que había que hacer: “se recomienda su respectiva reubicación”, concluía el Plan.

Al leer ayer en El Espectador la crónica sobre la heroína del caso –una valiente voluntaria del Cuerpo de Bomberos que, hundida hasta la cintura en el lodo, rescata los cadáveres—, me preguntaba si los héroes de Salgar y de todo Colombia no deberían ser también los que evitan tragedias. Quienes previenen muertes, en lugar de quienes recogen los muertos. Los tecnócratas que alertaron a tiempo sobre el riesgo y no los funcionarios y voluntarios de última hora: la primera dama que se hace presente para expresar su pesar “como madre, como colombiana,” o el ministro de Vivienda que, “visiblemente conmovido”, según nos cuenta el cronista, anunció la edificación de las 150 casas que debió haber construido hace tres años, menos compungido y más oportuno en el cumplimiento de su deber.

Las historias de un país así serían menos literarias pero más felices. Menos garciamarquianas, con menos crónicas de muertes anunciadas y más héroes silenciosos y puntuales. “Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan”, dijo el propio Gabo en el discurso de la Misión de Educación. Por eso somos “una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad. Nuestra insignia es la desmesura,” escribió el nobel.

Es la desmesura de las avalanchas calamitosas, las epidemias bíblicas, los desarraigos masivos en épocas de lluvias, todos evitables con algo de responsabilidad y de memoria. Como el gobierno incumplió y nosotros olvidamos las medidas anunciadas para no repetir las muertes de la ola invernal de 2010, las tragedias regresan periódicamente. No son “desastres naturales”, sino producto de la irresponsabilidad, la corrupción y la desmemoria, como lo dijo el editorial de este diario. 

Quizás la forma de cambiar esas historias sea contar de otra forma. Contar desde ya las vidas que cobrarían medidas cortoplacistas que hoy se están impulsando, como la minería en los páramos, que dejaría sin agua a millones en el largo plazo. Contar también las vidas que salvan las buenas políticas, como las de miles de personas que no contraerán cáncer por exposición al glifosato, gracias al fin de las fumigaciones aéreas.

Y habría que contar, narrar de otro modo, crónicas como la de Salgar: identificando los responsables de las muertes evitables y destacando los héroes que no fueron, porque sus advertencias quedaron sepultadas bajo el lodo. 

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