21N

Un gobierno electo popularmente, pero que tenga además talante democrático en el ejercicio del poder, debe tener la humildad e inteligencia de escuchar las voces callejeras, la democracia en las calles. | Cortesía de El Espectador

Esta histórica protesta, con todos sus bemoles, es una forma de despertar democrático. El interrogante es si fortalecerá o debilitará nuestra institucionalidad. Mucho dependerá de lo que haga el presidente Duque.

Esta histórica protesta, con todos sus bemoles, es una forma de despertar democrático. El interrogante es si fortalecerá o debilitará nuestra institucionalidad. Mucho dependerá de lo que haga el presidente Duque.

Debo enviar mis columnas el viernes al mediodía. Estas reflexiones sobre el paro del jueves tienen entonces algo de provisional. Propongo seis tesis empíricas y un interrogante.

Primero, esta protesta del 21 de noviembre, que ya empieza a ser conocida como 21N, es histórica. Por distintas razones y a diferencia de otros países latinoamericanos, Colombia no tiene una tradición de movilizaciones masivas. Es entonces histórico que cientos de miles de colombianos nos hayamos volcado a las calles de las principales ciudades para protestar pacíficamente. Y que luego haya habido cacerolazos masivos pacíficos en distintas partes de las ciudades.

Segundo, las razones de la protesta son múltiples: algunos enfatizan las reformas pensional o laboral que algunos ministros han planteado; otros cuestionan la reforma tributaria en curso; otros invocan el incumplimiento del Acuerdo de Paz, los asesinatos de líderes sociales y reinsertados, la violencia contra indígenas, afros y campesinos, el bombardeo a niños, el fracking, etc. A pesar de esa diversidad, la protesta tuvo un elemento común: fue una movilización masiva contra el gobierno Duque, que está desconectado del país.

Tercero, las protestas, sin ser espontáneas, pues fueron convocadas por actores sociales como las centrales sindicales, el movimiento de mujeres o los estudiantes, carecen de un liderazgo claro. Esto es positivo pues muestra su carácter genuinamente democrático, pero es también negativo pues no es claro quién debe asumir eventuales negociaciones con el Gobierno para satisfacer las demandas múltiples expresadas en el paro.


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Cuarto, la protesta fue esencialmente pacífica y llena de creatividad. Hubo consignas duras y tradicionales contra el Gobierno y el uribismo, pero hubo igualmente música, colores y afiches creativos, que ojalá se volvieran lemas movilizadores para una Colombia reconciliada, dentro de sus naturales diferencias y discrepancias. Recuerdo uno que me sedujo: “Seguiremos protestando hasta que el respeto a la dignidad humana se vuelva costumbre”.

Quinto, hubo actos de vandalismo, algunos graves, que merecen el rechazo de todos quienes apoyamos este paro nacional. Pero fueron actos de minorías, que estaban desconectadas de la dinámica de la protesta, que fue esencialmente pacífica. Es más, en muchas ocasiones, los manifestantes disuadieron a esos violentos.

Sexto, hubo igualmente en varias ocasiones un uso desproporcionado de la fuerza por la Policía, como lo muestran algunos videos que circulan en redes sociales. Esos abusos policiales deben ser sancionados y debe haber una reflexión profunda en el Estado sobre cómo evitar esos excesos policiales en el control del orden público, que lesionan y matan ciudadanos, y que minan la legitimidad, ya débil, de nuestras instituciones.

Esta histórica protesta, con todos sus bemoles, es una forma de despertar democrático. El interrogante es si fortalecerá o debilitará nuestra institucionalidad. Mucho dependerá de lo que haga el presidente Duque.

Un gobierno electo popularmente, pero que tenga además talante democrático en el ejercicio del poder, debe tener la humildad e inteligencia de escuchar las voces callejeras, la democracia en las calles. Una reorientación de la política frente a protestas masivas, como la del 21N, no es mostrar debilidad sino capacidad de rectificación democrática.

Aunque su vacuo discurso del jueves no da grandes esperanzas, el presidente Duque tiene la oportunidad de asumir un liderazgo democrático y de fortalecer las instituciones, reconociendo la legitimidad de la protesta y de las demandas sociales, y abriendo espacios genuinos de concertación. Si no lo hace, su escasa gobernabilidad se seguiría erosionando y las protestas se incrementarían.


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