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En el libro “Casi toda la verdad”, María Isabel Rueda le pregunta a Enrique Santos lo siguiente: ¿Hoy usted diría que ‘El Tiempo’ mantiene una tendencia oficialista, pero es políticamente asexuado?, y el entrevistado responde, “El Tiempo defiende el establecimiento, en eso no hay que equivocarse. Pero no tiene que ver con que sea políticamente asexuado. Si acaso coherente y virilmente gobiernista”.

En el libro “Casi toda la verdad”, María Isabel Rueda le pregunta a Enrique Santos lo siguiente: ¿Hoy usted diría que ‘El Tiempo’ mantiene una tendencia oficialista, pero es políticamente asexuado?, y el entrevistado responde, “El Tiempo defiende el establecimiento, en eso no hay que equivocarse. Pero no tiene que ver con que sea políticamente asexuado. Si acaso coherente y virilmente gobiernista”.

En el libro “Casi toda la verdad”, María Isabel Rueda le pregunta a Enrique Santos lo siguiente: ¿Hoy usted diría que ‘El Tiempo’ mantiene una tendencia oficialista, pero es políticamente asexuado?, y el entrevistado responde, “El Tiempo defiende el establecimiento, en eso no hay que equivocarse. Pero no tiene que ver con que sea políticamente asexuado. Si acaso coherente y virilmente gobiernista”.

Pues Enrique Santos y El Tiempo se equivocan y su equivocación consiste en confundir las instituciones (lo que Santos llama “el establecimiento”) con el gobierno de turno y, en consecuencia, en suponer que defendiendo al segundo se defiende también a las primeras.

La confusión entre las instituciones y los funcionarios públicos no es sólo de Santos, ni de El Tiempo. En Colombia está muy difundida la idea de que los gobernantes y las instituciones son lo mismo, o casi lo mismo. Muchos campesinos, por ejemplo, le atribuyen al gobierno todo lo que viene del Estado: subir los impuestos, juzgar a los paramilitares o despenalizar el aborto son, para ellos, obra del gobierno; más aún, obra del presidente de turno. Todavía es común que los campesinos se refieren a La Policía como “La Ley” y por supuesto, a La Ley como “El Gobierno”.

Enrique Santos y El Tiempo pueden tener una idea más elaborada del Estado y del Gobierno que los campesinos, pero su confusión es la misma: para todos ellos el presidente encarna las instituciones de tal manera que todo lo que a él le pasa, su desprestigio o su popularidad, le ocurre también al Estado.

Incluso una buena parte de la izquierda colombiana es también víctima de la misma confusión. Con la intención de hacer más impactante su crítica contra los gobernantes de turno, los líderes de izquierda se llevan por delante al establecimiento y a sus estructuras de poder, con sus leyes y por supuesto con su constitución.

No hay que hilar muy delgado para ver en esta confusión un rezago del absolutismo monárquico: el rey de España era el monarca y el monarca, con su familia y sus bienes, eran La Monarquía. Criticar al monarca era considerado como un crimen de “lesa majestad”, lo cual era, por eso mismo, un atentado gravísimo contra el cuerpo social.

El fortalecimiento de nuestras instituciones depende en buena parte de que logremos superar esa confusión entre instituciones y gobernantes. Sólo cuando estos sean vistos como mandatarios provisionales, susceptibles de cometer equivocaciones y sometidos a la majestad de las instituciones, frente a las cuales están obligados a rendir cuentas; solo entonces, digo, seremos capaces, no sólo de tener instituciones fuertes sino también mejores gobernantes. El ejemplo del gobierno pasado es justamente una prueba de las consecuencias nefastas que puede traer este tipo de confusiones entre gobierno e instituciones.

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