Hongo

Lo que la ciencia también está confirmando es que los beneficios dependen de usar responsablemente esas sustancias. |

César Rodríguez Garavito

La razón por la que los sicodélicos serían eficaces para pacientes tan distintos como los que sufren depresión o adicciones o los que enfrentan una enfermedad terminal es que todas esas condiciones tendrían sus raíces en un ego hiperactivo, cuyas historias crean un círculo vicioso de dependencia y temor.

César Rodríguez Garavito

La razón por la que los sicodélicos serían eficaces para pacientes tan distintos como los que sufren depresión o adicciones o los que enfrentan una enfermedad terminal es que todas esas condiciones tendrían sus raíces en un ego hiperactivo, cuyas historias crean un círculo vicioso de dependencia y temor.

En un mundo que parece ir en reversa, hay un avance tan esperanzador como inesperado: el regreso de los estudios y el interés sobre las sustancias sicodélicas. Prohibidos irracionalmente hace 50 años —cuando Richard Nixon declaró su guerra contra las drogas e incluyó en ella sustancias tan distintas como la heroína y el ayahuasca—, las investigaciones sobre compuestos sicodélicos —como la psilocibina (el ingrediente activo en los “hongos mágicos”), la mezcalina, el LSD, el DMT (que se encuentra en el ayahuasca) o el MDMA (popularizado y trivializado con el nombre de “éxtasis”)— están arrojando los resultados más alentadores para el tratamiento de condiciones que van desde el estrés postraumático hasta las adicciones y la depresión.

La historia del renacer de los sicodélicos es larga y espero volver a ella en otras columnas. Pero lo mejor que puedo hacer por los lectores es recomendarles Cómo cambiar su mente, el libro más reciente del reconocido periodista científico Michael Pollan. En él, Pollan hizo para el debate público lo que lograron para la ciencia investigadores de universidades como Johns Hopkins y NYU: liberar la discusión sobre estas sustancias del estigma heredado de los años 60 y la prohibición que vino luego.

El resultado es literalmente alucinante. Agencias como la Food and Drug Administration de EE.UU. han dado vía libre a estudios rigurosos que están comprobando la eficacia de sustancias como el MDMA para sanar condiciones tan dolorosas y crónicas como el estrés postraumático. Por eso es probable que, si la última fase de los estudios en curso comprueba resultados de este tipo, el MDMA salga de la lista de las sustancias más restringidas.

Al lado del potencial terapéutico, los estudios están avanzando en el conocimiento de la mente humana. Como lo documenta Pollan, la razón por la que los sicodélicos serían eficaces para pacientes tan distintos como los que sufren depresión o adicciones o los que enfrentan una enfermedad terminal es que todas esas condiciones tendrían sus raíces en un ego hiperactivo, cuyas historias crean un círculo vicioso de dependencia y temor. Lo que muestran las imágenes de los cerebros de personas en medio de una experiencia sicodélica es que el principal efecto de ésta es apaciguar la zona del cerebro que aloja el centro de control obsesivo que llamamos ego. De ahí que, en estos tiempos de egos exacerbados, los sicodélicos también pueden traer beneficios aun para quienes no sufren de condiciones como las señaladas.

Lo que la ciencia también está confirmando es que los beneficios dependen de usar responsablemente esas sustancias. A diferencia de viajes sicodélicos casuales y recreativos, los estudios recuerdan lo esenciales que son la preparación, el acompañamiento y la integración profesional de la experiencia. Por eso en las culturas que hacen uso tradicional de plantas como el ayahuasca, la toma es un ritual cuidadosamente organizado y dirigido por un experto de la comunidad.

En la ciencia occidental, los expertos son médicos y terapeutas; en otros medios y culturas son chamanes y guías. Sin ellos, las investigaciones muestran que no hay viajes seguros.

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