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Muchos colombianos piensan, erradamente, que la votación para el Congreso tiene poca importancia pues la elección presidencial es la decisiva. Una persona que tenga todas las virtudes para ser un gran presidente pero que no cuente con mayorías sólidas en las cámaras difícilmente puede realizar un buen gobierno.

Muchos colombianos piensan, erradamente, que la votación para el Congreso tiene poca importancia pues la elección presidencial es la decisiva. Una persona que tenga todas las virtudes para ser un gran presidente pero que no cuente con mayorías sólidas en las cámaras difícilmente puede realizar un buen gobierno.

Estamos a dos semanas de la elección para el Congreso y es probable que usted no tenga aún muy claro por quiénes va a votar, ni que haya discutido con casi nadie sus opciones, ni que se haya enfrascado en discusiones sobre cuáles son los mejores candidatos, ni las mejores listas para Senado y Cámara. En cambio, a más de tres meses de la primera vuelta presidencial, es probable que usted ya haya definido su voto o lo haya pensado. Y probablemente haya conjeturado sobre quién ganará la Presidencia y haya discutido acaloradamente sobre quién es el mejor aspirante.

Esta simple especulación ilustra una idea muy extendida en Colombia: que la votación para el Congreso tiene poca importancia pues la elección presidencial es la decisiva, lo cual explica que la participación ciudadana sea considerablemente mayor en la segunda que en la primera.

Esta idea es equivocada: las elecciones para el Congreso no son irrelevantes pues al Senado y a la Cámara le corresponden dos tareas esenciales: aprobar las leyes y ejercer (al menos teóricamente) el control político del Gobierno. Pero, además, tienen otras funciones importantes: intervienen en la elección de magistrados de la Corte Constitucional, contralor, procurador y defensor; y cualquier reforma constitucional requiere de su aprobación. Una persona con todas las virtudes para ser un gran presidente, pero sin mayorías sólidas en el Congreso, difícilmente puede realizar un buen gobierno. Es muy importante entonces votar bien en estas elecciones para Congreso, que no son un asunto menor.

Pero esa idea equivocada expresa una cierta verdad y es que en un régimen presidencial, como el colombiano, el premio mayor es la Presidencia pues es el centro del ejercicio del poder estatal. Ahora bien, como el presidencialismo se caracteriza por una separación estricta de poderes, entonces los resultados de la elección en el Congreso no tienen ninguna incidencia en la elección del presidente. Una fuerza política puede ganar masivamente en el Congreso, pero la Presidencia puede ser ganada y ocupada por un candidato de otro partido. Y por ello los ciudadanos se concentran en la elección presidencial y se desentienden de la votación para Congreso.

Las cosas son distintas en un régimen parlamentario, que se caracteriza por una separación flexible de poderes pues el primer ministro debe contar con el apoyo del poder legislativo. Si pierde ese apoyo, entonces debe renunciar, a fin de que se constituya un nuevo gobierno. O, dentro de ciertos límites, puede adelantar las elecciones para ver si obtiene mayorías en un nuevo parlamento. En estos regímenes, la votación para el parlamento es entonces la decisiva y la decisión ciudadana se concentra en definir a cuál partido favorecer en esa elección.

Los presidencialismos tienden entonces a alimentar el caudillismo y a debilitar a los partidos pues lo esencial es quién ocupa la Presidencia. Por el contrario, los regímenes parlamentarios son menos proclives al caudillismo y tienden a fortalecer a los partidos.

Estas tendencias opuestas son un argumento importante a favor del parlamentarismo y en contra del presidencialismo. Pero hay otras razones, incluso más poderosas. Por el momento debemos entonces concentrarnos en votar a conciencia para el Congreso, que en todo caso es importante, incluso en un régimen presidencial. Pero en algún momento conviene abrir en Colombia el debate sobre las posibles bondades del parlamentarismo para los países latinoamericanos, que plantearon en su momento autores como Linz, Valenzuela o Nino.

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