Venezuela, Colombia, Migración

la población venezolana es en promedio cinco años más joven que la local, lo que implica un aumento en la población de edad productiva que, si se logra vincular formalmente al mercado laboral, aportaría a seguridad social y pensiones, aumentaría el consumo y el emprendimiento con el consecuente crecimiento económico. | Mauricio Dueñas, EFE

Vivian Newman Pont

Hoy en día nos parece natural tener y viajar con pasaportes y visas, pero hace menos de un siglo las fronteras sólo separaban a los países en los mapas.

Vivian Newman Pont

Hoy en día nos parece natural tener y viajar con pasaportes y visas, pero hace menos de un siglo las fronteras sólo separaban a los países en los mapas.

Soy orgullosa descendiente de migrantes por parte de padre y de madre. En el siglo XX, Barranquilla, mi ciudad natal, recibió españoles, italianos, alemanes, libaneses y muchas nacionalidades que trabajaron, aportaron, aprendieron la lengua y se acomodaron al Caribe. Desde niña, no veo sino ventajas en la mezcla de etnias y culturas. Así, con esta idea y la migración venezolana en la cabeza, leí la propuesta de un mundo sin fronteras del holandés Rutger Bregman en Utopía para realistas.

El autor del ensayo se imagina tres ideas para producir soluciones a grandes asimetrías: la renta básica universal contribuye a la redistribución de ingresos entre ricos y pobres, la reducción de la jornada laboral apunta a que el trabajo y el tiempo libre sean significativos y, por último, la apertura de fronteras a contrarrestar la desigualdad global en la que la garantía de los derechos básicos depende de donde nacemos. Por la inminencia de la marea migratoria tanto en Europa como en Colombia, me concentro en la última propuesta.

Hoy en día nos parece natural tener y viajar con pasaportes y visas, pero hace menos de un siglo las fronteras sólo separaban a los países en los mapas. “Los pasaportes eran raros y se consideraba a los países que los emitían (como Rusia y el imperio otomano) como poco civilizados”, dice Bregman. Con la Primera Guerra Mundial se empezaron a cerrar las fronteras para que no entraran espías, al igual que para evitar perder nacionales necesarios en el ejército. Y ahora nos parece natural tener límites duros entre países.

Aunque la migración tiene retos enormes, devuelve más de lo que recibe. Con esta apertura, se incrementa el producto interno bruto, se suple el déficit de la globalización que solo ha permitido el flujo de capital, bienes y servicios, y se elimina una de las principales causas de discriminación global. Aunque la tendencia xenófoba sólo ve en los migrantes a terroristas, delincuentes, socavadores de la cohesión social o de los empleos, Bregman demuestra lo contrario. En realidad, la delincuencia, la falta de cohesión y el terrorismo no tienen la nacionalidad marcada, sino que crecen precisamente donde hay pobreza y poca educación, tanto en países receptores como expulsores. La pobreza es muy cara. Es más ético, más sostenible y más barato regularizar la situación de los migrantes que prohibir su entrada.

En Colombia, un gran problema es que la marea migratoria de Venezuela entra en un ritmo acelerado que es difícil de absorber económica y socialmente. Entre más rápido regularicemos la situación de los migrantes, más rápido formarán parte del torrente económico, lo que a su vez contribuirá a que enfrenten menos barreras sociales. Según un reciente estudio de Fedesarrollo, la población venezolana es en promedio cinco años más joven que la local, lo que implica un aumento en la población de edad productiva que, si se logra vincular formalmente al mercado laboral, aportaría a seguridad social y pensiones, aumentaría el consumo y el emprendimiento con el consecuente crecimiento económico. Para cubrir el costo de la ampliación del mercado laboral y la rápida regularización, la cooperación económica internacional y la voluntad política del gobierno Duque son parte de la clave y van en la dirección correcta, aunque aún es limitada.

Mientras tanto, Bolsonaro, en su primer día de trabajo, confirma su deseo de retirar a Brasil del pacto migratorio de Naciones Unidas, Trump insiste en construir un muro que separe a EE. UU. de México y Orbán, desde Hungría, en endurecer las políticas contra refugiados en Europa. Los tres gobernantes desconocen su propio pasado como países de migrantes, ignoran el sufrimiento del presente de quienes se ven obligados a migrar y pierden las oportunidades del futuro económico y cultural que ofrece la apertura. En Colombia, les abrimos las puertas.

De interés: Colombia / Venezuela / migración

Powered by swapps