Muy pocos, casi nadie fuera de San Juan Nepomuceno, sabían de esta masacre. Esto está cambiando y los hechos dejan de ser invisibles gracias al valor y tesón de los familiares, que hace unos tres años decidieron romper el silencio. | Mariana Escobar

Muchos de los luchadores, como se hacen llamar los familiares de las víctimas de la masacre de Los Guáimaros y El Tapón, no están pidiendo para los victimarios largas penas de cárcel, sino que están reclamando que la verdad sea establecida y que los perpetradores asuman su responsabilidad.

Muchos de los luchadores, como se hacen llamar los familiares de las víctimas de la masacre de Los Guáimaros y El Tapón, no están pidiendo para los victimarios largas penas de cárcel, sino que están reclamando que la verdad sea establecida y que los perpetradores asuman su responsabilidad.

La “masacre invisible”. Así llaman los familiares de las víctimas a la masacre de Los Guáimaros y El Tapón, ocurrida hace 16 años. Y tienen razón, pues el 30 y 31 de agosto de 2002 fueron asesinados 15 campesinos en esas fincas, situadas en San Juan Nepomuceno, en Montes de María, pero esta terrible masacre ha estado silenciada.

Hubo inicialmente algunas breves y confusas noticias en algunos periódicos, pero después ningún medio de comunicación volvió a referirse a los hechos y las investigaciones judiciales no avanzaron, por lo cual la masacre está en la total impunidad. Durante mucho tiempo los familiares optaron también por el silencio y procesaron su dolor y su duelo en la intimidad, pues algunos que trataron de averiguar la verdad de lo ocurrido recibieron amenazas, probablemente porque los responsables o cómplices preservaban su poder regional. Muy pocos, casi nadie fuera de San Juan, sabían de esta masacre, que se tornó invisible por muchos años.

Esto está cambiando y los hechos están dejando de ser invisibles gracias al valor y tesón de los familiares, que hace unos tres años decidieron romper el silencio, probablemente animados por la distensión que el Acuerdo de Paz con las Farc ha producido en Montes de María. Crearon la “Asociación de luchadores por la verdad y la justicia de Los Guáimaros” y empezaron a hablar públicamente de los hechos y a reclamar que la verdad fuera esclarecida y que los responsables rindieran cuentas.

Muchos de ellos no están pidiendo para los victimarios largas penas de cárcel, sino que están reclamando que la verdad sea establecida y que los perpetradores asuman su responsabilidad. Algunos de ellos (no todos) han dicho públicamente que están dispuestos a perdonar, pero que para ello lo mínimo que necesitan es saber la verdad, al menos para saber a quién perdonar y por qué razones. ¿Cómo puedo perdonar si no sé siquiera a quién perdonar?, nos dijo contundentemente alguno de ellos.

Esta exigencia de verdad está totalmente justificada no solo porque las víctimas y sus familiares tienen ese derecho, sino además porque en este caso no se sabe casi nada de cómo ocurrieron los hechos, ni de quiénes los perpetraron, ni qué motivó esa violencia tan atroz.

Pero algo tienen muy claro estos luchadores por la verdad y la justicia: que los asesinados eran personas buenas, campesinos cuya vida fue truncada por algún actor armado de nuestra horrible guerra. Por eso tomaron una bella decisión: que no solo iban a esforzarse por esclarecer la verdad de los hechos atroces en que murieron sus familiares, sino que querían recordarlos en vida para que la memoria de ellos como personas fuera preservada. Y por eso, con el apoyo de Dejusticia, decidieron reconstruir la vida de estas 15 personas, que fueron reunidas en un hermoso libro, disponible en nuestra página web y que fue lanzado el pasado 31 de agosto en San Juan Nepomuceno, como parte de la conmemoración del aniversario 16 de la masacre, que incluyó además un sentido homenaje a las mujeres que lograron sacar adelante, sin apoyo estatal, a sus familias, en durísimas circunstancias, debido al asesinato de quienes eran hasta ese momento los proveedores materiales de esos hogares.

La lectura de estos relatos conmueve, pues uno logra conocer a las víctimas y entiende que su memoria será preservada. Estas “historias de vida” son, por jugar con las palabras, “historias debidas”, que sacan de la invisibilidad la masacre de Los Guáimaros y El Tapón, y sus víctimas. Y que muestran que, ajustando un poco la conocida frase de Milán Kundera, la lucha de las personas y las comunidades contra el terror es la lucha de la memoria contra el olvido.

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