La evidencia sobre la cooperación no ha venido solo desde afuera, sino también desde adentro y desde abajo. | Natalie Pedigo, Unsplash

César Rodríguez Garavito

La humanidad y el planeta atraviesan por una época difícil, en parte por la sobrevaloración del modelo de la acción competitiva. Desde la ecología hasta la economía, es hora de darle la bienvenida a la era de la colaboración.

César Rodríguez Garavito

La humanidad y el planeta atraviesan por una época difícil, en parte por la sobrevaloración del modelo de la acción competitiva. Desde la ecología hasta la economía, es hora de darle la bienvenida a la era de la colaboración.

Si el pensamiento de finales del siglo XX celebró el individualismo y la competencia, nuestro siglo ha sido el de la explosión de la colaboración en la teoría y la práctica sociales. Desde ángulos diversos —la economía, la ecología, la neurociencia, la sociología—, el modelo del actor racional, aquel que maximiza su utilidad individual, ha sido desafiado por ideas y evidencia que recuerdan que el Homo sapiens es una criatura cooperativa, cuya ventaja evolutiva es su capacidad para construir cosas con otros.

Quizás el libro que marcó el punto de inflexión en el pensamiento social fue La riqueza de las redes, ese clásico contemporáneo de Yochai Benkler que debería ser lectura obligada en los currículos universitarios. Hace ya diez años —cuando Wikipedia y Facebook eran novedades y apenas despuntaba la economía compartida que daría luz a plataformas como Uber—, Benkler ató los cabos sueltos. Mostró que las redes son formas de organización cada vez más importantes, gracias a las tecnologías que abaratan las comunicaciones y facilitan la colaboración. Y que los seres humanos estamos dispuestos a contribuir a tareas colectivas sin esperar un beneficio individual, como lo ha probado Wikipedia.

Desde entonces vivimos en “sociedades red”, como las llamó el sociólogo español Manuel Castells. Las economías regionales más prósperas están basadas en relaciones cooperativas entre organizaciones diversas, desde pequeñas compañías hasta universidades. Movimientos sociales como el ambientalista están basados en redes transnacionales que se activan con ocasión de una campaña. Cada vez más medios y periodistas colaboran a través plataformas como la que permitió la megainvestigación de los Panama Papers. El conocimiento mismo se produce a través de redes de cooperación académica. Hoy en día, el número promedio de autores de artículos científicos va desde cuatro en las ciencias sociales hasta nueve en la física.

La evidencia sobre la cooperación no ha venido solo desde afuera, sino también desde adentro y desde abajo. Sondeando la mente humana con imágenes magnéticas, neurocientíficos y biólogos evolutivos han encontrado no solo las huellas del “gen egoísta” que popularizó Richard Dawkins, sino también del gen altruista. Como escribió Robert Wright, “hoy sabemos con certeza que el altruismo, la compasión, la empatía, el amor, la conciencia, el sentido de la justicia —todas estas cosas que cohesionan a la sociedad— tienen una firme base genética”.

Desde abajo, el hallazgo más elocuente que conozco sobre la ubiquidad de la colaboración no viene de la sociedad, sino de la naturaleza (de la que, en todo caso, somos parte). Tras observarlos durante años, Peter Wohlleben mostró que los bosques son redes sociales, ligadas por densos vínculos compuestos por raíces de hongos, que sirven de vías de comunicación entre los árboles. Es el “internet de la naturaleza” por el cual los árboles se prestan apoyo mutuo y se sostienen en épocas difíciles.

Épocas como las que atraviesan la humanidad y el planeta, en parte por la sobrevaloración del modelo de la acción competitiva. Desde la ecología hasta la economía, es hora de darle la bienvenida a la era de la colaboración.

De interés: Educación

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