Sin una buena dosis de filantropía y sin un fortalecimiento considerable de los bienes públicos, empezando por el sistema de salud, no es posible salir de esta crisis. | EFE Ma/uricio Dueñas Castañeda

La pandemia muestra que somos mucho más vulnerables de lo que pensábamos. El capitalismo, con su capacidad para colmar el planeta, obra como si ningún bien material fuera inalcanzable, como si solo bastara con soñar algo para conseguirlo.

La pandemia muestra que somos mucho más vulnerables de lo que pensábamos. El capitalismo, con su capacidad para colmar el planeta, obra como si ningún bien material fuera inalcanzable, como si solo bastara con soñar algo para conseguirlo.

El capitalismo tiene una ética (aunque no parezca) que elogia el esfuerzo, la disciplina, la innovación, la libertad y el interés individual. Como dijo Adam Smith, “no es la benevolencia del carnicero o del panadero la que nos procura el alimento, sino su propio interés”. Pero con el neoliberalismo, que es la doctrina capitalista dominante, esa ética se ha comprimido, haciendo del egoísmo el principal, si no el único, valor importante. Para decirlo en los términos de Bernard de Mandeville (un escritor del siglo XVII), el neoliberalismo convirtió la codicia, que es un vicio privado, en una virtud pública; no solo eso, se volvió una visión completa del mundo, del individuo y de la moral: una ideología (casi una religión) que ve en el mercado una especie de ente metafísico que ordena la sociedad de manera eficiente y justa.

El coronavirus pone en tela de juicio esta ética. En primer lugar, la codicia no es la maravilla que nos quisieron mostrar y, en el mejor de los casos, si es necesaria, es insuficiente. Sin una buena dosis de filantropía (pública y privada) y sin un fortalecimiento considerable de los bienes públicos, empezando por el sistema de salud, no es posible salir de esta crisis, ni tampoco volver a una normalidad sostenible.

La pandemia muestra que somos mucho más vulnerables de lo que pensábamos. El capitalismo, con su capacidad para colmar el planeta, obra como si ningún bien material fuera inalcanzable, como si solo bastara con soñar algo para conseguirlo. La pandemia derrumba esa arrogancia de manual de autoayuda, nos recuerda nuestra inescapable condición de animales sometidos a las leyes biológicas de la vida y de la muerte y, sobre todo, pone en evidencia que, además de depender de esas leyes, dependemos de los demás y de las instituciones sociales. Bajo tales condiciones, la ética de la codicia se desploma.

El mercado capitalista es, sin duda, una fabulosa empresa colaborativa (como lo dijo Smith), pero se necesita mucho más que eso. El planeta no sobrevivirá si sigue dependiendo de la sola inteligencia individual, por codiciosa y astuta que sea. Cada vez es más evidente que también necesitamos del pensamiento colectivo, de ideas e instituciones que se ocupen del futuro, de la sostenibilidad del ecosistema, de las generaciones que vienen. El individuo egoísta es torpe pensando en esas cosas. Se necesita una ideología humanista de largo aliento que nos proteja de las decisiones que toman individuos, corporaciones o incluso países que solo piensan en la defensa de sus intereses. Lo que es un éxito desde el punto de vista individual o grupal puede ser un fracaso desde el punto de vista del planeta o de nuestra especie. La globalización económica y el coronavirus son quizás los primeros fenómenos de alcance planetario (ni las guerras mundiales fueron planetarias) y ambos están relacionados. Para enfrentar sus desafíos necesitamos fortalecer las instituciones públicas nacionales e internacionales.

Si el capitalismo tiene posibilidades de sobrevivir en esta crisis, y en otras que están por venir, deberá convertirse en una ideología menos inclemente con los débiles, más igualitaria y menos destructora de la naturaleza. La codicia extrema y generalizada se ha convertido en el enemigo íntimo del capitalismo. Los ricos del mundo, que hoy son tan poderosos como los Estados, deberían saber que su futuro depende de eso: de un capitalismo más humano y más generoso.

Pero yo no me hago muchas ilusiones; después de todo, esos poderosos creen en el capitalismo como si fuera una religión y ven en la codicia, que es lo contrario de la generosidad, el dogma esencial de su credo.

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