RUY_Columna_Marc Chernick

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En este momento de posible desencanto con la paz, los escritos y la memoria de personas como Marc deben hacernos perseverar en este esfuerzo por materializar esta paz imperfecta y frágil, pero que es nuestra paz posible.

En este momento de posible desencanto con la paz, los escritos y la memoria de personas como Marc deben hacernos perseverar en este esfuerzo por materializar esta paz imperfecta y frágil, pero que es nuestra paz posible.

La implementación de la paz con las Farc vive uno de sus momentos más difíciles y riesgosos por el efecto combinado de varios factores: la captura de Santrich, los incumplimientos del Gobierno con la reincorporación de las bases guerrilleras, las duras e incomprensibles disputas internas en la JEP, el frenazo casi total de la aprobación de las reformas necesarias para cumplir el acuerdo final, la polarización social y política, el estancamiento de las conversaciones con el Eln, la persistencia del asesinato de líderes sociales y de guerrilleros reincorporados, un contexto internacional menos propicio y, finalmente, la posible victoria del uribismo en las elecciones presidenciales, con el anuncio de que buscará introducir reformas tan drásticas a lo pactado que equivaldrían a su rechazo.

La paz con las Farc, a pesar de los beneficios que ya nos ha traído y sus potencialidades aún mayores para el futuro, está en grave riesgo. Es una situación que podría llevar al desespero, en especial a quienes seguimos convencidos de que la paz negociada es una necesidad ética y política para Colombia.

En este contexto, quisiera recordar y rendir homenaje a Marc Chernick, el profesor estadounidense de la Universidad de Georgetown que falleció hace pocos días, cuando estaba en la plenitud de su producción intelectual y de su vida. Y quiero hacerlo porque Marc fue no sólo un gran académico y una gran persona, sino que fue además un convencido de que la paz negociada era posible y de que traería enormes beneficios a nuestra precaria democracia.

Marc sostuvo esa tesis incluso en momentos en que era una idea muy impopular. Por ejemplo, publicó en 2008, en plena época de uribismo, su libro Acuerdo posible. Solución negociada al conflicto armado, en el que no sólo defendía la posibilidad de una paz negociada con las guerrillas, sino que incluso propuso una agenda de negociación, bastante cercana a la adoptada en el proceso con las Farc.

Esta opción y esperanza de Marc por la paz negociada no eran ingenuas. Eran una opción ética con sólidos fundamentos académicos. Su libro es un muy buen estudio, en perspectiva comparada, de los procesos de paz colombianos, que le permitió sustentar sólidamente la viabilidad y necesidad de la paz negociada y los posibles puntos de una agenda de paz que fuera al mismo tiempo realista y comprensiva. Marc comprendía igualmente que cualquier acuerdo de paz que se alcanzara sería siempre debatible y frágil, pues la paz es siempre imperfecta, según la expresión del profesor español Francisco Muñoz; y que por ello la implementación de cualquier acuerdo sería siempre muy difícil. Como lo dijo en una charla en el IPC en Medellín a fines de 2015, una vez firmada la paz es que empieza la verdadera lucha por construir una paz duradera, que no es el fin de los conflictos, sino “cambiar el enfrentamiento violento por una contienda política”.

No fui amigo cercano de Marc, pero compartí intermitentemente muchos momentos con él durante casi toda mi vida profesional. Siempre me atrajo cómo combinaba rigor académico, calidez personal y solidez con sus compromisos éticos por la paz y los derechos humanos. Resulta significativo que la muerte lo haya sorprendido precisamente en un evento con comunidades de base sobre la paz y poco tiempo después de expresar que se sentía feliz de que la paz, con todas sus dificultades, avanzaba en Colombia.

En este momento de posible desencanto con la paz, los escritos y la memoria de personas como Marc deben hacernos perseverar en este esfuerzo por materializar esta paz imperfecta y frágil, pero que es nuestra paz posible.

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