Los árboles y el amor a 50 grados

César Rodríguez Garavito

Desde Santa Marta hasta Nueva Delhi, desde El Cairo hasta Tokio, las temperaturas se han acercado peligrosamente a los 50 grados centígrados. Las ciudades, donde vive el 60% de la humanidad, son verdaderos hornos: las calles asfaltadas y desnudas de árboles absorben calor durante el día y lo irradian de noche.

César Rodríguez Garavito

Los árboles y el amor a 50 grados

Por: César Rodríguez Garavitoagosto 17, 2018

Desde Santa Marta hasta Nueva Delhi, desde El Cairo hasta Tokio, las temperaturas se han acercado peligrosamente a los 50 grados centígrados. Las ciudades, donde vive el 60% de la humanidad, son verdaderos hornos: las calles asfaltadas y desnudas de árboles absorben calor durante el día y lo irradian de noche.

El mundo está hirviendo. La noticia nos llegó por un mensajero improbable, el secretario de Salud de Santa Marta. Y el mensaje vino con giro macondiano: en la ciudad que arde a 40 grados, recomendó el funcionario, “las actividades físicas exigentes deben reducirse durante el día y el sexo es una de ellas, a menos de que se practique en condiciones climatológicas favorables”.

Les dejo a los lectores descifrar la propuesta, como lo están haciendo burlones por redes sociales. Lo que me interesa aquí es recuperar el núcleo de verdad que contiene, que es quizás el hecho más trascendental del año. La ola de calor que golpea a todo el planeta es la llegada oficial del cambio climático. Ya no es una llamada para que despertemos, sino el anuncio de que llegó el día, como lo dijo una científica de la NASA.

Leída con benevolencia, la declaración del funcionario samario apunta a dos implicaciones fundamentales de este giro. La primera es que las ciudades son el foco de los impactos más severos. Desde Santa Marta hasta Nueva Delhi, desde El Cairo hasta Tokio, las temperaturas se han acercado peligrosamente a los 50 grados centígrados. Las ciudades, donde vive el 60 % de la humanidad, son verdaderos hornos: las calles asfaltadas y desnudas de árboles y el concreto de las construcciones absorben calor durante el día y lo irradian de noche. Por eso las muertes crecientes por puro calor se concentran en ellas. Por eso también las políticas ambientales tienen que incluir a las ciudades y las comunidades urbanas, como lo propuso en una certera entrevista el nuevo ministro de Ambiente, Ricardo Lozano.

La desigualdad es el otro factor que, sin querer, terminó resaltando el secretario de Salud. Imagino que cuando dijo que el amor en los tiempos del calentamiento global es recomendable “si se practica en condiciones climatológicas favorables”, estaba pensando en espacios climatizados. Pero los aparatos de aire acondicionado son privilegio de pocos y el calor que expulsan calienta aún más las calles. Los árboles, los mejores refrigerantes naturales, también están distribuidos desigualmente. Según estudios en EE. UU., los más ricos tienen mucha más probabilidad de vivir en áreas arborizadas y cercanas a parques, que los protegen de las olas de calor.

La buena noticia es que la llegada oficial del calentamiento global ha hecho más visibles las soluciones. Me limito aquí a la más eficaz y accesible: sembrar y evitar la tala de árboles. Singapur, por ejemplo, lleva medio siglo plantando árboles, construyendo parques y exigiendo a los constructores de edificios sembrar plantas en las terrazas, balcones y paredes comunales.

En la escala nacional, se sabe bien que la principal contribución de Colombia contra el cambio climático —a la que el Estado se comprometió con la comunidad internacional— es detener la deforestación. Alienta que el nuevo ministro de Ambiente, que conoce a fondo el problema y creó hace años el sistema de alertas contra la tala, haya declarado la deforestación una prioridad de su gestión. Falta que le devuelvan el presupuesto que necesita, que lo apoye el resto del Gobierno y del Estado, y que los alcaldes se sumen con programas serios de arborización urbana.

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