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Rodrigo Uprimny Yepes

Los grupos humanos tienen la tendencia tribal a negar la humanidad de quien pertenece a una cultura distinta.

Rodrigo Uprimny Yepes

Los grupos humanos tienen la tendencia tribal a negar la humanidad de quien pertenece a una cultura distinta.

En su texto contra el racismo publicado por UNESCO en los años sesenta, Levi-Strauss cuenta que en las Antillas, después de la llegada de los españoles, mientras que éstos “enviaban comisiones investigadoras para determinar si los indígenas poseían o no alma, estos últimos se dedicaban a sumergir a los prisioneros blancos a fin de verificar, mediante una vigilancia prolongada, si su cadáver estaba o no sujeto a la putrefacción”.

Este tipo de situaciones, en que dos culturas enfrentadas se niegan recíprocamente su pertenencia al género humano, parecen risibles, pero en el fondo son trágicas, pues ponen en evidencia una tendencia tribal de los grupos humanos, que los lleva en su forma extrema a negar la humanidad de quien pertenece a una cultura distinta. Aun los atenienses de la antigüedad sufrieron este prejuicio y calificaron de bárbaros a quienes no pertenecieran a la civilización helénica.

Esta tendencia tribal es profunda pues es fácil presentar a quien pertenece a otro grupo humano como una amenaza a nuestra propia identidad y existencia. La cohesión grupal interna es alcanzada entonces gracias al rechazo del otro, del distinto.

Esto explica que haya sido tan difícil consolidar la idea cosmopolita, en los términos de Kant, de que todos los que habitamos este planeta hacemos parte de una única humanidad vinculada por lazos de respeto, solidaridad y reciprocidad. En el pasado, en muchas ocasiones, la humanidad no sobrepasaba siquiera los límites de la aldea; hoy muchos quisieran que la humanidad quede circunscrita a esas aldeas un poco más grandes que son las naciones. Y por ello proyectan muros, como el anunciado por Trump, supuestamente para proteger a sus naciones de las nuevas invasiones bárbaras, que serían hoy los migrantes, los refugiados o incluso los trabajadores de otros países. Pero la paradoja es que, como lo resaltaba Levi-Strauss, el verdadero bárbaro es quien cree en la barbarie de los otros, los distintos.

Ese populismo chauvinista puede infortunadamente funcionarle en términos electorales a Trump o a otros como Erdogan en Turquía, Orban en Hungría o Duterte en Filipinas, pues es posible que el rechazo del otro, a quien presentan como la nueva amenaza bárbara, logre cohesionar sus mayorías internas. Esto sería no sólo trágico para las democracias de esos países sino a nivel global pues la idea cosmopolita, asociada al reconocimiento de derechos humanos universales, es hoy más necesaria que nunca; sin multilateralismo y formas efectivas de solidaridad global no lograremos enfrentar adecuadamente nuestros problemas comunes, como el cambio climático o la criminalidad organizada trasnacional; además, el ascenso de estos chauvinismos agresivos pone en peligro la paz mundial.

Las barbaridades de Trump nos interpelan entonces a todos en el mundo pues, como lo dice bellamente la Declaración Universal de Derechos Humanos, “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.

* Investigador de
Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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