Los castigos del silencio: salud mental en el mundo

Gabriela Eslava

Lejos de ser un asunto de autocuidado y del que podamos hablar en la cotidianidad con la misma naturalidad con la que hablaríamos de una enfermedad física, la salud mental es algo sobre lo que preferimos guardar silencio pues sobre el tema pesa cierto miedo, vergüenza y prejuicios colectivos.

Gabriela Eslava

Los castigos del silencio: salud mental en el mundo

Por: Gabriela Eslavadiciembre 17, 2018

Lejos de ser un asunto de autocuidado y del que podamos hablar en la cotidianidad con la misma naturalidad con la que hablaríamos de una enfermedad física, la salud mental es algo sobre lo que preferimos guardar silencio pues sobre el tema pesa cierto miedo, vergüenza y prejuicios colectivos.

¿En qué punto la alegría se vuelve manía, la tristeza se convierte en depresión, la aprehensión se vuelve ansiedad y el miedo se convierte en fobia?, ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de enfermedades mentales? Con esas preguntas empieza la edición especial de noviembre de la revista Time, dedicada a un tema del que todavía nos cuesta hablar: la salud mental. Entender nuestra propia mente, hacernos esas preguntas y comprender los problemas de salud mental para poder darles el tratamiento adecuado ha sido objeto de estudio de varias disciplinas durante siglos. Contrario a lo que podría pensarse, no solo se trata de un tema médico, se trata también de un asunto filosófico y del lenguaje en la medida en que nuestras palabras reflejan nuestro entendimiento de las enfermedades mentales, qué tan abiertos estamos a explorarlas y la forma en la que nos aproximamos a quienes las presentan.

Las enfermedades mentales han sido objeto de estigmatización, patologización, y tabú por décadas. Lejos de ser un asunto de autocuidado y del que podamos hablar en la cotidianidad con la misma naturalidad con la que hablaríamos de una enfermedad física, la salud mental es algo sobre lo que preferimos guardar silencio pues sobre el tema pesa cierto miedo, vergüenza y prejuicios colectivos. El miedo hacia las enfermedades mentales tiene raíces históricas y culturales y se ha reflejado en la literatura, en las películas, en la información que recibimos a través de los medios de comunicación y en el mismo lenguaje que usamos comúnmente para referirnos a quienes presentan algún tipo de trastorno mental.

Una campaña en España contra la estigma de enfermedades mentales presenta testimonios de personas que viven con estos trastornos. Fuente: MediaLab Prado, Flickr (CC BY-SA 2.0).

A diferencia de enfermedades como la obesidad, la diabetes o el cáncer, en las que es posible tener exámenes médicos que muestran la existencia del problema a través de mediciones e imágenes, las enfermedades mentales parecen residir únicamente en nuestras palabras y comportamientos, lo que hace más difícil detectarlas, aceptar su existencia, visibilizarlas y darles tratamiento adecuado. Por eso mismo, la salud mental y el bienestar psicosocial son temas que se mantienen invisibles a la hora de formular políticas públicas en materia de salud.

Romper el estigma: hablar para visibilizar

Nuestro lenguaje importa y, en materia de salud mental, las palabras enmarcan la forma en la que reflexionamos y entendemos las enfermedades mentales. Para tratar estas enfermedades, lo primero es reconocerlas y saber de qué estamos hablando. Según la Organización Mundial de la Salud, la salud mental no es solo la ausencia de trastornos mentales sino que se trata de “un estado de bienestar en el que cada individuo se da cuenta de su propio potencial, puede hacer frente al estrés normal de la vida, puede trabajar de manera productiva y fructífera y puede hacer una contribución a su comunidad”. La salud mental y el bienestar psicosocial son parte integral de lo que entendemos por “salud” en general, pues, son esenciales para el desarrollo de nuestras habilidades, tanto individuales como colectivas, de pensar e interactuar con otros.

Al igual que ocurre con la salud física, la salud mental se puede ver alterada y las personas podemos presentar trastornos mentales que se manifiestan de diferentes formas: alteraciones de las emociones, del pensamiento, de la percepción, en nuestra conducta y en las relaciones con los demás. La combinación de esas alteraciones puede dar lugar a una gran variedad de trastornos mentales que van desde la depresión, la ansiedad, el trastorno afectivo bipolar hasta trastornos del desarrollo.

De acuerdo a informes de la OMS, por lo menos el 25% de la población mundial tiene un trastorno mental. La mitad de los trastornos mentales empiezan a los 14 años, pero la mayoría de los casos no se detectan ni se tratan. Asimismo, los trastornos mentales representan el 16% de la carga mundial de enfermedades y lesiones en personas entre los 10 y los 19 años. Y entre las tres primeras causas de muerte, a nivel mundial, en personas entre los 15 y 44 años se encuentra el suicidio, que ha aumentado en un 60% en los últimos 50 años.

En México, un médico presenta sobre servicios de salud mental, entre otros. Para atender a la carga de salud mental, es necesario que todos los niveles de salud estén involucrados. Fuente: German Tenorio, Flickr (CC BY-SA 2.0).

A pesar de los datos, parece que hay por lo menos dos barreras invisibles difíciles de superar para las personas que tienen algún trastorno mental y para que los tomadores de decisiones presten atención al problema. La primera es el estigma. Las enfermedades mentales han sido asociadas históricamente con la pérdida de control. Como lo evidencia la epidemióloga Heather Stuart, en su libro Paradigms lost: fighting stigma and the lessons learned, las personas que presentan enfermedades mentales son normalmente retratadas en televisión y en películas como personas marginadas, sin lazos familiares, sin ninguna ocupación ni identidad social, ni control sobre ellas mismas. Bien sea para producir miedo o risa en la audiencia, las personas con enfermedades mentales son presentadas como desbalanceadas o malévolas y los profesionales de la salud mental son presentados como poco éticos y maltratadores. El lenguaje cobra entonces un lugar relevante porque así como las palabras que usamos pueden representar de forma errada, aislar y herir, nuestras palabras también pueden ayudar a través de la empatía para romper estigmas que culturalmente han sido replicados y fortalecidos a través del tiempo.

Según David Bjerklie, en su artículo Finding the right words, los sentimientos y emociones de los que somos conscientes son aquellos que hemos aprendido a reconocer y a nombrar. Nombrar y reconocer las enfermedades mentales es un paso importante hacia la lucha contra el estigma y prejuicios que pesan sobre éstas. El lenguaje que usamos afecta también las actitudes que socialmente tenemos hacia las enfermedades mentales y el tratamiento que damos a las millones de personas que tienen algún trastorno mental.

Es importante nombrar y hablar de estos asuntos pues el silencio no es solo algo que afecta la percepción que como sociedad tenemos frente a las enfermedades mentales. El silencio y el estigma generan también una carga pesada sobre quienes presentan enfermedades mentales pues son quienes sufren directamente las consecuencias que pueden manifestarse en el rechazo social, aislamiento, pérdida de trabajo, dificultades para el aprendizaje y en ese sentido continuar en silencio genera una carga adicional difícil de sobrellevar para sostener un proyecto de vida.

Determinantes de salud mental: ¿cómo estamos en América Latina?

La segunda barrera aparentemente invisible que es necesario sobrepasar para entender mejor la salud mental consiste en evidenciar los determinantes que afectan la salud mental de las personas: violencia, presiones socio-económicas, condiciones laborales estresantes, discriminación, exclusión social, estilos de vida poco saludables, vulneraciones diversas, entre otros. A esto se suman factores, biológicos como la genética, que pueden hacer que algunos individuos sean más vulnerables o propensos a presentar algún problema de salud mental que otros.

salud mental, pobreza

Quienes viven con la pobreza se encuentran en mayor riesgo de trastornos mentales y tienen menor acceso a cuidados adecuados. Fuente: Carlos Varela, Flickr (CC BY 2.0).

Según la Organización Mundial de Psiquiatría, se espera que para 2020 la depresión sea la segunda causa de discapacidad en el mundo,  por encima del cáncer y de las enfermedades cardiovasculares. En la actualidad, en América Latina, la depresión es una enfermedad creciente que se manifiesta en por lo menos el 5,8% de la población en Brasil, 5,5% en Cuba, 5,2% en Paraguay, 5% en Chile y Uruguay, 4,8% en Perú y 4,7% en Colombia. A esto se suma que, según el Banco Mundial, los trastornos mentales y neurológicos representan casi un cuarto de las enfermedades en América Latina y el Caribe y afectan a los más pobres, quienes se encuentran en mayor riesgo de presentar trastornos como la depresión además de tener menor acceso a cuidados adecuados.

Menos del 2% del presupuesto de salud está destinado a la salud mental en la región (OMS), lo que se refleja en que a pesar de que la recomendación de la OMS sea que haya 10 profesionales de la salud mental por cada 100.000 habitantes, según la OPS la mediana en América del Sur sea de 2,9 psiquiatras por 100.000 habitantes y 1,5 en América Central. A la ausencia de profesionales en el área de salud mental se suman las deficiencias en formación de profesionales de la salud. Para atender la carga de enfermedad mental se hace necesario que los niveles primarios de salud estén preparados para abordar las diversas enfermedades mentales y en este momento ese no es el caso. Además, hay dificultades de acceso a tratamientos, altos costos de medicamentos y tratamientos y falta de educación pública y campañas de sensibilización al respecto.

La promoción del bienestar psicológico y la divulgación de información sobre las enfermedades mentales, junto a campañas de concienciación sobre la salud mental son el primer paso en el camino hacia la prevención y tratamiento de los trastornos mentales, pero también hacia su aceptación y no estigmatización. Romper el silencio y empezar a hablar de la salud mental son el primer paso hacia sociedades con mayor bienestar psicológico.

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