“El amor es sabio, el odio es estúpido”. Bertrand Russell | Foto de Hulton Getty

La dominación cultural (de las mentes) es igual o peor que la dominación material: los manuales de defensa intelectual son hoy más urgentes que los manuales de defensa personal.

La dominación cultural (de las mentes) es igual o peor que la dominación material: los manuales de defensa intelectual son hoy más urgentes que los manuales de defensa personal.

El debate desatado por el nombramiento de la ministra Mabel Torres ha sido muy importante. Pero creo que hay que ir más lejos: no solo debemos preguntarnos en qué medida ese nombramiento debilita nuestro campo científico, sino también de dónde viene nuestro poco aprecio por la ciencia.

Es solo en la década de los 60 que el campo científico toma forma en Colombia. Esta tardanza tiene causas históricas y políticas: el liberalismo del siglo XIX, empeñado en la educación popular, prefirió impulsar la formación de maestros de escuela y se desentendió de la educación superior. Los conservadores, por su lado, se interesaron en la universidad, pero no tanto para hacer ciencia sino para formar élites fieles a la Iglesia y a su partido.

Pero hay causas más remotas que vienen de la España clásica, un país que se convirtió, como dijo el papa Pío XII, en “la nación elegida por Dios como baluarte inexpugnable de la fe católica” y por ahí derecho en la muralla contra los avances de la Ilustración y de la ciencia. Mientras en el resto de Europa se impuso la idea de que la investigación científica era el motor del progreso, en España la Santa Inquisición definió la verdad según su correspondencia con los textos sagrados.

España es hoy un país moderno y secularizado. Colombia, en cambio, es un país culturalmente híbrido, en donde la modernidad parece aprisionada entre lo premoderno y lo posmoderno. Aquí la concepción religiosa del mundo, que consiste en adaptar la realidad a la mente (a sus dogmas) y no a la inversa, sigue muy presente. Poco importa que una buena porción de la población haya dejado de ir a misa o incluso ya no crea en Dios. Eso no necesariamente acaba con la convicción de que el mundo está gobernado por fuerzas metafísicas.

No deja de sorprenderme la cantidad de jóvenes inteligentes y egresados de las mejores universidades del país que dejaron de creer en Dios pero llenaron ese vacío místico con otras fuentes sobrenaturales: energías, astros, hados, albures, etc. Hace 40 años o más el esoterismo era propio de gente que no había tenido educación, o muy poca; hoy, en cambio, los embelesados con lo recóndito están en todas partes. No los critico, solo digo que esta cultura de lo misterioso es el caldo de cultivo en donde prosperan charlatanes de todo tipo y en donde los mercachifles de la esperanza hacen sus negocios. Y, como suele ocurrir, la gente pobre es la más afectada.

La dominación cultural (de las mentes) es igual o peor que la dominación material: los manuales de defensa intelectual son hoy más urgentes que los manuales de defensa personal.

El domingo pasado se cumplieron 50 años de la muerte de Bertrand Russell. Al final de su vida se entrevistó con el periodista John Freeman. “Suponga usted —le preguntó Freeman— que nuestros descendientes descubren esta entrevista dentro de mil años, como uno de esos pergaminos del mar Muerto. ¿Qué les diría usted a esas generaciones futuras sobre su vida y las lecciones que ha aprendido?”. Les diría dos cosas, dijo Russell: una intelectual y una moral. La primera es esta: “Cuando estén estudiando cualquier tema o considerando cualquier filosofía, pregúntense cuáles son los hechos y cuál es la verdad que se deriva de esos hechos. Nunca se dejen arrastrar por lo que les gustaría creer o por lo que piensan que tendría beneficios sociales si fuese creído”. Y la recomendación moral es esta: “El amor es sabio, el odio es estúpido”.

Ojalá no tengamos que esperar mil años para apreciar estos sabios consejos.

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