En América Latina optamos por el individualismo, en contra del colectivismo, pero nos toca enfrentar las tragedias colectivas de ese individualismo. | EFE/ MAURICIO DUEÑAS CASTAÑEDA

En América Latina optamos por el individualismo, en contra del colectivismo, pero nos toca enfrentar las tragedias colectivas de ese individualismo.

En América Latina optamos por el individualismo, en contra del colectivismo, pero nos toca enfrentar las tragedias colectivas de ese individualismo.

Estas tres palabras caracterizan bien la sociedad en que vivimos: individualismo, capitalismo y consumismo. ¿Qué nos dice la pandemia sobre estas palabras? Hoy empiezo con la primera. Las semanas siguientes, con las demás.

El individualismo es una gran conquista de nuestra civilización, sin duda, pero quizás hemos ido demasiado lejos en la glorificación del individuo. Lo opuesto es el colectivismo, una filosofía que ve al sujeto como parte de un todo, al cual le debe obediencia y, si es necesario, sacrificio. Los países del Asia, a diferencia de nosotros, tienen un gran aprecio por esta manera de pensar. Tal vez eso ayude a explicar el relativo éxito (hasta ahora) que están teniendo en su lucha contra esta pandemia. Esta es la tesis del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en un ensayo titulado La emergencia viral y el mundo de mañana. No estoy de acuerdo con todo lo que allí dice, pero me parece que tiene un par de intuiciones interesantes. Los asiáticos, sostiene, suelen ser más obedientes y confían más en el Estado que los occidentales. Una de sus armas contra el coronavirus ha sido el llamado big data. Los proveedores de telefonía celular, sobre todo en China, comparten los datos de lo que cada persona compra, de sus encuentros, de sus movimientos y de casi todo lo que hacen, incluso cuando están en sus hogares. En Taiwán, el Estado informa a los ciudadanos, vía SMS, de los lugares en donde han estado o están las personas infectadas y de sus recorridos, con lo cual la gente sana evita esos lugares. En todos los edificios de Corea del Sur hay cámaras de vigilancia y en el Ministerio de Salud están los llamados “trackers”, que se la pasan observando los videos de esas cámaras para detectar el recorrido de los infectados y avisar a las personas con las cuales han tenido contacto.

Todo esto nos parece peligroso y sin duda lo es (¿qué pensarán en Asia de 1984, la novela de Orwell?); los peligros del colectivismo tipo China son demasiado grandes. Pero quizás en Occidente pecamos por lo opuesto: por desconfianza y falta de colaboración. En Colombia estamos en el polo opuesto de Asia. Aquí el Estado casi no cuenta con información sobre sus individuos. Ni siquiera sabe dónde viven, mucho menos qué hacen o qué gustos tienen. En todos los países desarrollados existe el llamado empadronamiento, que consiste en la obligación de informar al Estado en caso de mudanza. Los policías del barrio saben exactamente quién vive en cada casa y cuándo se muda alguien; así protegen mejor a la gente. En Colombia, por la desconfianza que tenemos del Estado, ha sido imposible instaurar esa medida. No solo eso; el Estado ni siquiera sabe, a ciencia cierta, quiénes son los dueños de la tierra (o del dinero), cuál es el tamaño de la ilegalidad, qué pasa más allá de las cordilleras o incluso qué es lo que no sabe y debería saber. Ni que hablar del big data. La información que tiene el Estado sobre los individuos es, con demasiada frecuencia, precaria, inexistente, ilegalmente obtenida o mal utilizada.

Cuando escribo esta columna me llama mi amigo y colega brasileño José Reinaldo de Lima Lopes, y le comento lo que aquí digo. Me responde que sí, que piensa lo mismo, pero me advierte lo siguiente. En América Latina optamos por el individualismo, en contra del colectivismo, pero nos toca enfrentar las tragedias colectivas de ese individualismo. Ahí está nuestro colectivismo: no es de bienes públicos, sino de males públicos. Es una exageración, digo yo, pero muy útil, como una buena caricatura.

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