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César Rodríguez Garavito

La falta de memoria de los latinoamericanos explica por qué la región sabe tan poco, y hace menos, sobre la situación de más de un millón de migrantes venezolanos que han llegado a nuestros países en el último lustro.

César Rodríguez Garavito

La falta de memoria de los latinoamericanos explica por qué la región sabe tan poco, y hace menos, sobre la situación de más de un millón de migrantes venezolanos que han llegado a nuestros países en el último lustro.

Parece que los latinoamericanos olvidamos fácil. Aunque fueron más de cinco millones, en Colombia tenemos un vago recuerdo de los compatriotas que encontraron un hogar y una vida en Venezuela, escapando de la guerra y la pobreza en los 70 y los 80. Argentinos, chilenos y uruguayos guardan una memoria tenue de la acogida venezolana a miles de exiliados de las dictaduras de entonces.

Sólo así se explica que hoy —cuando los venezolanos son quienes huyen del hambre y la persecución política— el resto de la región sepa poco, y haga menos, acerca de la situación de más de un millón de migrantes que han llegado a nuestros países en el último lustro. A ellos se suman cientos de miles que han salido por la crisis de este año, cuando se han duplicado las peticiones de asilo, según Acnur. Y los que tendrían que salir del país si este domingo Venezuela se afianza como una dictadura, regida por una asamblea constituyente ilegal y omnímoda.

Basta reparar en los acentos que se oyen en los locales de Bogotá, Lima o Buenos Aires para percatarse de los recién llegados. En la calle se palpa lo que niega el Gobierno Maduro, para el que no hay emigrantes porque en Venezuela no habría crisis económica ni humanitaria —así como para el Gobierno Uribe no había desplazados internos sino “migrantes económicos”, por la razón sencilla e inverosímil de que en Colombia no había conflicto armado—.

Los migrantes son apenas visibles en el debate político porque no caben en las narrativas sobre Venezuela que defienden varios sectores, que oscilan entre el mutismo y el oportunismo. Algunos sectores de izquierda siguen guardando un inexcusable silencio sobre la quiebra económica y las violaciones de derechos humanos que critican en otros gobiernos. A la derecha, otros sectores hacen una lectura igual de selectiva: denuncian los abusos patentes del chavismo para extraer réditos políticos locales, pero dicen poco sobre qué hacer por los migrantes.

Una contribución solidaria y memoriosa a la solución de la crisis venezolana implica una tarea doble para las sociedades y los gobiernos vecinos. De un lado, acompañar a los ciudadanos que protestan pacíficamente y evidenciar la ruptura de la democracia y los derechos humanos, como lo ha venido haciendo la OEA. De otro lado, dado que una salida democrática y la recuperación económica tomarán tiempo, hay que desplegar políticas y programas para acoger a los migrantes, al menos temporalmente.

Un modelo podría ser el Permiso Temporal de Permanencia de Perú, que este año ha legalizado cerca de 6.000 venezolanos. Otra opción es otorgar asilo a quienes clasifiquen como refugiados políticos, o dar visas humanitarias a quienes no tengan ese estatus, pero hayan salido de Venezuela escapando la falta de bienes y derechos básicos, como lo propusieron ONG de derechos humanos ante la CIDH y lo recogió recientemente un proyecto del Centro Democrático.

“Perú es un país que recuerda”, dijo el director de migraciones de ese país al justificar la creación del Permiso Temporal de Permanencia y evocar a los peruanos exiliados en Venezuela en épocas de dictadura y crisis económica. Ojalá los demás hagamos memoria también.

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