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Rodrigo Uprimny Yepes

Él filósofo francés Jean Francois Lyotard propuso una sugestiva metáfora sobre la dificultad que una sociedad tiene para registrar la verdad y recordar un período de atrocidades masivas, como el genocidio nazi.

Rodrigo Uprimny Yepes

Él filósofo francés Jean Francois Lyotard propuso una sugestiva metáfora sobre la dificultad que una sociedad tiene para registrar la verdad y recordar un período de atrocidades masivas, como el genocidio nazi.

Aushwitz, decía Lyotard, fue como un terremoto tan fuerte que no sólo destruyó vidas, edificios y objetos sino también los propios instrumentos usados para medir directa o indirectamente los terremotos.

Esta metáfora, como le sucede a cualquier metáfora, es inexacta, pues el genocidio nazi no fue un desastre natural sino una atrocidad humana. Pero como toda buena metáfora, esta imagen comunica una idea poderosa y es que un período de atrocidades puede ser tan devastador humanamente para una sociedad que le destruye todos los marcos culturales compartidos con los cuales podría en cierta forma “medir” y comprender lo ocurrido. Esa sociedad queda entonces sin instrumentos para registrar, interpretar y recordar, como sociedad, ese período de barbarie.

Esta metáfora puede dar lugar al fatalismo pues sugiere que resulta imposible intentar registrar y comprender períodos tan terribles como el nazismo. Frente a ellos sólo cabe el silencio o, a lo sumo, recoger memorias individuales de sobrevivientes o victimarios, o desarrollar visiones parciales y muchas veces enfrentadas sobre lo ocurrido, pero habría que renunciar a comprender y recordar colectivamente ese período sanguinario, pues la violencia habría sido tan intensa que habría destruido los instrumentos culturales para “medir” la propia violencia.

Otra actitud es sin embargo posible y es la que inspira a los movimientos contemporáneos por la verdad y la memoria. Esta visión, con la cual me identifico, considera que es necesario intentar reconstruir y comprender esos períodos atroces, pues no sólo se lo debemos a las víctimas sino que la renuncia a la comprensión es en el fondo aceptar el triunfo de los victimarios, que nos imponen el silencio. Su silencio.

Como sociedad tenemos que registrar y entender un pasado de horror, por difícil y doloroso que sea. Pero ¿qué hacer si las atrocidades fueron tan intensas que, como en el terremoto de Lyotard, destruyeron nuestros instrumentos de registro de la crueldad? La alternativa no puede ser renunciar a comprender esas épocas dolorosas sino asumir el reto e inventar nuevas herramientas de registro e interpretación.

El conflicto armado colombiano es obviamente muy distinto en su magnitud y en su dinámica al genocidio nazi. Pero la metáfora se le aplica: ha sido una violencia atroz que nos ha destruido, como sociedad, los instrumentos para comprenderla. Y por eso, a pesar de que ya ha habido esfuerzos muy valiosos de memoria histórica, seguimos teniendo registros y narrativas encontradas. El acuerdo entre las Farc y el Gobierno sobre la creación de una comisión de la verdad debe entonces ser recibido con esperanza: podríamos estar construyendo el instrumento social que nos permita registrar, medir y comprender colectivamente estas décadas de atrocidades.

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