Diana Isabel Güiza Gómez

Ana María Narváez

Mercados Campesinos: el campo puede venir a Bogotá

En los mercados campesinos no hay productos vendidos por intermediarios ni alimentos importados. Es la comida local para la gente local.

Todos los viernes, a las 7 am, Teresa sale de su vereda Rusita, en Miraflores (Boyacá), hacia Bogotá con un camión cargado de acelgas, calabacín, cebolla, durazno, pitahaya, uchuvas, entre otras hortalizas y frutas, que ella y sus compañeras de la Asociación de Mujeres Campesinas Ecohortalizas cultivan en sus fincas. Esta asociación reúne a 58 campesinas, muchas de ellas madres cabeza de familia, quienes buscan acceso a la comercialización de sus productos en la capital, donde ofrecen sus cosechas todos los fines de semana.

Para llegar a Bogotá, la logística de desplazamiento inicia los miércoles, cuando las campesinas de la asociación envían sus cosechas a la vereda Rusita, el punto de partida. Los viernes, Teresa recorre los municipios de Ramiriquí, Zetaquirá, Jenesano y Tibaná, recogiendo los productos que no alcanzaron a llegar a su vereda. El transporte de los alimentos desde Miraflores hasta Bogotá les vale alrededor de $500.000 pesos, por trayecto. A la madrugada del sábado, Teresa llega a Bogotá con todo listo para comercializar sus productos en la Plaza de los Artesanos, el único mercado campesino permanente que hoy apoya el Distrito.

Los mercados campesinos son estrategias que posicionan la economía campesina en los sectores urbanos, pues acortan el trayecto recorrido por los alimentos para llegar a la mesa de los consumidores. Allí no hay productos vendidos por intermediarios ni alimentos importados. Es la comida local para la gente local con precios justos para los consumidores y ganancias razonables para los pequeños cultivadores.

En 2004, organizaciones campesinas y comunales aunaron esfuerzos para reactivar los mercados campesinos en Bogotá. Dos años después, el Distrito los acogió en la política pública del Plan Maestro de Abastecimiento de Alimentos y Seguridad Alimentaria (PMASAB), que buscaba enfrentar los desafíos de la urbanización y lograr una Bogotá Sin Hambre. Así, los mercados fueron respaldados por redes de apoyo entre entidades estatales, centros de investigación, consumidores y campesinos, que alivianaron los sobrecostos del traslado de alimentos del campo a la mesa.

Estos mercados han sido benéficos tanto para los habitantes rurales como los urbanos. A los primeros, como en el caso de Teresa y sus compañeras de Ecohortalizas, los mercados les representan una oportunidad para mejorar su calidad de vida: sin intermediarios, los campesinos tienen mayor acceso a la comercialización de sus cosechas en grandes centros urbanos, lo que ha reflejado un aumento en sus ganancias. Según la Encuesta de Hogares Campesinos de 2014, los ingresos de quienes participaron en los mercados aumentaron en un 63%, en comparación con los obtenidos a través del canal de intermediación tradicional. Estos espacios aportan entonces a la reducción de la pobreza de las zonas rurales.

A los segundos, los pobladores urbanos, los mercados campesinos los acerca a una canasta alimentaria nutritiva, fresca y variada, así como a precios relativamente bajos. En 2015, con ayuda del gobierno distrital, los mercados habían logrado expandirse cada 15 días a 14 parques públicos en 9 localidades de Bogotá. Gracias a la red de apoyo con la que contaban, los alimentos allí se encontraban 20% más baratos que en supermercados y/o tiendas. Por ejemplo, en el mercado de Arborizadora Alta (Ciudad Bolívar), la libra de papa pastusa se encontraba a $594 en el sector, mientras que en el mercado campesino se podía comprar a $439. O, en Engativá, la papaya costaba $1200 por libra en el vecindario comparado con el mercado campesino del Parque de Villa Luz, donde se conseguía a $690. Así, los consumidores podían adquirir más alimento por menos dinero, lo que innegablemente representa un impacto positivo en su seguridad alimentaria, sobre todo en los sectores más vulnerables, quienes muchas veces no pueden comprar alimentos de calidad por sus altos costos.

A nivel ambiental, los mercados campesinos aportan en la reducción de gases de efecto invernadero y mitigación del cambio climático. El transporte de alimentos en circuitos cortos contamina entre 8 y 14 veces menos que la importación.

Desde la puesta en marcha del PMASAB, cada administración Distrital define bajo qué parámetros los mercados funcionarán en su gobierno. Hoy, los mercados campesinos ya no llegan cada 15 u 8 días a las localidades y sólo subsiste el mercado permanente de Plaza de los Artesanos. Además, a partir de 2016, la cooperación de las alcaldías municipales y del Distrito para la logística de desplazamiento ha ido disminuyendo. Esto significa que los campesinos, como Teresa y sus compañeras, asumen los altos costos de transporte y el riesgo de perder parte de su cosecha al movilizarse en camiones alquilados y hasta buses de servicio público. Como resultado, las ganancias disminuyen, a la vez que los precios de venta de los alimentos aumentan y menos consumidores pueden pagarlos.

Pero, al final, ¿un sólo mercado campesino permanente es suficiente para contribuir a la seguridad alimentaria de la ciudad? ¿Qué pasó con los otros mercados permanentes que amparaba el Distrito?

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