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| UN Women

Como ser humano, Alba debe poder asumir su identidad sin temor. Pero si las condiciones en las que vive perduran y las afectaciones a su salud se invisibilizan, ella podría llegar a llevar ese nombre que ningún ser humano debería tener – ya sea por cuestión de supervivencia o por su estado de marginalización.

Como ser humano, Alba debe poder asumir su identidad sin temor. Pero si las condiciones en las que vive perduran y las afectaciones a su salud se invisibilizan, ella podría llegar a llevar ese nombre que ningún ser humano debería tener – ya sea por cuestión de supervivencia o por su estado de marginalización.

En la mitología griega, Ulises, rey de Ítaca y estratega quien se ingenió el famoso caballo de Troya, tras una década en guerra lejos de casa, embarca en una épica travesía de regreso a su tierra natal. En este viaje, se enfrenta a la furia de dioses, desafía a cíclopes, sirenas y gigantes, y sobrevive siete años como prisionero de la ninfa Calipso, siempre anhelando recuperar todo lo que había dejado atrás. Por su anhelo constante y las adversidades que padece en el camino, el psiquiatra español Joseba Achotegui designó como “síndrome de Ulises” a una serie de efectos que los procesos migratorios tienen sobre el bienestar de las personas migrantes.

El síndrome de Ulises también es conocido como el “síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple”. Este se refiere a situaciones en donde ciertas cargas, sean adquiridas durante la migración en sí o en las etapas previas o posteriores a ella, son tan graves, que afectan seriamente la salud emocional y física de la persona, porque “está viviendo estresores inhumanos antes los que no hay capacidad de adaptación posible”. Si no se reducen, pueden llevar al desarrollo de trastornos mentales como la depresión, la ansiedad o el síndrome de estrés postraumático.

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Trabajadora migrante en Tailandia. Fuente: ILO in Asia and the Pacific, Flickr (CC BY-NC-ND 2.0)

Para ilustrar las características de este síndrome, imaginémonos y acompañemos a Alba. Para proteger y conservar su dignidad y su vida, Alba debe partir de su hogar hacia un futuro incierto en otro país, dejando atrás a sus dos hijos y a su comunidad. En su destino, no se habla su lengua, no puede practicar sus expresiones culturales, no pertenece a ninguna comunidad, y no tiene un estatus migratorio regular. Empieza a trabajar en una fábrica donde le pagan muy poco por muchas horas de trabajo y es víctima de comentarios xenófobos. Para poder enviarle suficiente dinero a sus hijos, vive en un apartamento insalubre con muchas personas y no se alimenta adecuadamente. Alba extraña a sus hijos, añora estar en su tierra y ser parte de su comunidad, pero el volver significaría el fracaso de su proyecto migratorio. Además, tiene miedo de que el rechazo hacia ella se torne violento, que sea explotada en su trabajo, o que sea descubierta por las autoridades y deportada.

Tal vez podría manejar estos duelos extremos (causados por las varias pérdidas significativas para ella) y estresores intensos (cargas y exigencias físicas, mentales o sociales) si no los estuviera experimentando a la vez, o si sus condiciones de migración fueran mejores (por ejemplo, si tuviera un estatus migratorio formal o mejores condiciones de trabajo o vivienda). Sin embargo, ante esta situación de soledad, desesperanza, y terror, no puede. Al enfrentarse a ellos por un tiempo prolongado, sin contar con una red de apoyo, pierde la sensación de control sobre las condiciones de su vida y está al límite. Siente una profunda tristeza y se culpa por estar lejos de sus hijos y no poder cumplir con las metas que se había fijado antes de migrar. Además, está nerviosa y desorientada en su nueva ciudad, no duerme bien, se le olvidan cosas simples y siente dolores de cabeza, abdominales y musculares.

Si Alba puede acceder al sistema de salud, es posible que médicos y psiquiatras no encuentren explicaciones biológicas para sus dolores físicos, desestimen sus dificultades emocionales, o las diagnostiquen erróneamente como trastornos mentales – especialmente si no son conscientes de las maneras en que la migración afecta el bienestar mental. Sin embargo, lo más probable es que como migrante irregular, no pueda acceder a esos servicios. Si bien la respuesta de los Estados sobre la salud física de poblaciones migrantes es insuficiente, lo es más aún en el caso de la salud mental, desestimando que están estrechamente relacionadas. Tal vez sea porque las afectaciones físicas nos parezcan más evidentes y urgentes, como cuando pensamos en gente venezolana que migra porque no puede acceder a medicinas o tratamientos, en migrantes y refugiados en Grecia que no pueden evitar enfermedades prevenibles en los campamentos, o en que, para llegar al Mediterráneo, los migrantes del África subsahariana deben atravesar el hostil desierto del Sahara, exponiéndose a la falta de agua y temperaturas extremas.

 

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Muchas veces pensamos en las necesidades inmediatas que requieren los migrantes, pero no pensamos en el efecto que puede tener todo el proceso de migración en la salud emocional y física de estas personas. Fuente: Fotomovimiento, Flickr (CC BY-NC-ND 2.0).

Además, puede que, por la amenaza constante de deportación, Alba ni se atreva a buscar el apoyo que necesita y su sufrimiento quede en la anonimidad. En su camino, Ulises le dice al cíclope: “Mi nombre es Nadie . . . todos me llaman Nadie”, ocultando su identidad verdadera para protegerse contra él. Como ser humano, Alba debe poder asumir su identidad sin temor. Pero si las condiciones en las que vive perduran y las afectaciones a su salud se invisibilizan, ella podría llegar a llevar ese nombre que ningún ser humano debería tener – ya sea por cuestión de supervivencia o por su estado de marginalización.

Preguntémonos entonces, ¿quién es Alba? Podría ser una mujer centroamericana en la frontera sur de Estados Unidos, enfrentándose a una resistencia armada, gases lacrimógenos y la imposibilidad de solicitar asilo en ese país. Podría ser un hombre venezolano caminando días en búsqueda de tratamiento para su cáncer, diabetes o VIH o de cómo alimentar a su familia. Podría ser una persona bangladesí en la India, viviendo con la incertidumbre de su irregularidad migratoria y el riesgo de apatridia, o cualquiera de las más de 258 millones de personas migrantes en el mundo actualmente, todas con nombres propios y dignidad innata que debe ser respetada.

Un trabajador migrante en Virginia, EEUU. Casi tres cuartos de los trabajadores agrícolas de los EEUU son inmigrantes. Fuente: Bread for the World, Flickr (CC BY-NC-ND 2.0)

Para empezar a lograr este respeto debe haber un reconocimiento y entendimiento de las dificultades emocionales particulares de los procesos migratorios, así como estrategias de prevención e intervención psicosocial. Así, es mucho más probable que los mecanismos de adaptación – aquellos que tenemos todos y nos permiten manejar y superar los estresores y duelos de la vida cotidiana – no se desborden por las dificultades extremas que viven las personas que migran. Lo bueno es que, para lograr avances en ello, se puede empezar con la concientización de no solo profesionales de la salud, sino de trabajadores sociales, líderes comunitarios, educadores, personal de atención humanitaria, y cualquier persona que pueda influir en los procesos de adaptación psicosocial de migrantes. También se necesitan políticas para garantizar la atención a servicios psicosociales, remediar las precarias condiciones de vida de la población migrante y reducir las situaciones de estrés crónico y múltiple.

Ulises era uno de los grandes héroes griegos, “que sin embargo, a duras penas sobrevivió a las terribles adversidades y peligros a los que se vio sometido, pero las gentes que llegan hoy a nuestras fronteras [como Alba] tan sólo son personas de carne y hueso que sin embargo viven episodios tan o más dramáticos que los descritos en la Odisea”. Nos debería ser fácil reconocer que tanto los factores que llevan a que las personas salgan de sus hogares, la incertidumbre y los monstruos del camino, como las barreras y dificultades encontradas en los países destino podrían sobrepasar su capacidad de adaptación y así, verlas, reconocerlas, escucharlas, apoyarlas, y asegurar que nunca lleguen a llamarse Nadie.

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