Daniel Ortega

La presidencia autoritaria de Daniel Ortega está reproduciendo los peores rasgos de la dictadura de Somoza. |

Todos los demócratas de América Latina debemos condenar la feroz represión al pueblo nicaragüense por el régimen de Ortega y presionar una salida democrática a esta dolorosa situación.

Todos los demócratas de América Latina debemos condenar la feroz represión al pueblo nicaragüense por el régimen de Ortega y presionar una salida democrática a esta dolorosa situación.

Hace 39 años, el 19 de julio de 1979, quienes entonces eramos muy jóvenes celebramos con entusiasmo un hecho histórico: la entrada a Managua de las tropas rebeldes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que habían logrado la caída del dictador Anastasio Somoza.

Este triunfo del FSLM fue celebrado no sólo por nosotros los jóvenes, sino por toda la América Latina democrática, incluyendo gobiernos que distaban de tener simpatías de izquierda, como los presidentes de entonces de Colombia, Venezuela, Ecuador Perú y Bolivia, que habían reconocido beligerancia al FSLN algunos meses antes, con lo cual aceleraron la caída de Somoza y el triunfo sandinista.

Este entusiasmo era justificado porque Somoza no sólo reprimió brutalmente a todos sus opositores, sino que fue realmente una cleptocracia: una dictadura de enriquecimiento para el dictador y sus próximos. La familia Somoza logró estar en el poder desde 1934 hasta 1979, siendo directamente presidentes o con gobiernos títeres, y saqueó a Nicaragua inmisericordemente. La caída de Somoza parecía significar el fin en Nicaragua de ese tipo de caudillos brutales y corruptos que han pululado tanto en nuestros países y que han sido tema recurrente de algunos de nuestros mejores escritores, como en las novelas de Asturias (El señor presidente), Roa Bastos (Yo el supremo), García Márquez (El otoño del patriarca) o Vargas Llosa (La fiesta del Chivo).

Además, el FSLN no era sectario y dogmático, sino que era un movimiento refrescante: una coalición pluralista, que no recurrió a los fusilamientos que siguieron a la Revolución cubana, sino que intentó combinar la democracia política con esfuerzos profundos de transformación social. Y por eso hubo elecciones abiertas en 1984, que fueron ganadas por uno de los grandes líderes sandinistas, Daniel Ortega. Había la esperanza de que Nicaragua se encaminara a ser una democracia incluyente.

Treinta y nueve años después, y luego de una historia muy compleja, que es imposible resumir en una columna, Daniel Ortega está nuevamente en el poder, después de haber sido elegido en 2006 y haberse hecho reelegir en 2011 y en 2016, con atropello de la Constitución y acusaciones serias de fraude. Y poco a poco ha instaurado un régimen autoritario, que ha reprimido duramente a los opositores y ha favorecido el enriquecimiento de quienes son próximos al gobierno. A partir de abril de este año, las protestas callejeras contra el gobierno de Ortega y su esposa, Rosario Murillo, se han intensificado y la represión ha sido brutal. Según estimativos conservadores de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en 86 días de protesta, hasta el 12 de julio, 264 personas habían resultado muertas y unas 1.800 heridas por el uso desproporcionado de la fuerza contra los manifestantes. Otras organizaciones, como la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos, registran 351 muertos y 261 desaparecidos.

Treinta y nueve años después, la presidencia autoritaria de Daniel Ortega (uno de los líderes de la rebelión que tumbó a Somoza) está reproduciendo, por esas ironías de la vida, los peores rasgos de la dictadura de Somoza: represión brutal a los opositores, corrupción extendida, favorecimiento económico a los próximos al régimen, etc. Muchos protestantes gritan entonces en las calles: “Daniel y Somoza son la misma cosa”. Por eso creo que todos los demócratas de América Latina debemos condenar la feroz represión al pueblo nicaragüense por el régimen de Ortega y presionar una salida democrática a esta dolorosa situación. Y por una especie de justicia histórica, especialmente deberíamos hacerlo quienes celebramos el triunfo del FSLN hace 39 años contra la dictadura somocista.

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