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MGV_Columna_Riqueza

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Estoy escribiendo estas líneas pensando en la tragedia ocurrida esta semana en Florida, donde, una vez más, un enajenado masacró una cantidad de niños en una escuela, ante el espanto de los padres de familia y del país entero.

Estoy escribiendo estas líneas pensando en la tragedia ocurrida esta semana en Florida, donde, una vez más, un enajenado masacró una cantidad de niños en una escuela, ante el espanto de los padres de familia y del país entero.

Los padres quieren que sus hijos sean, ante todo, felices. Si, por ejemplo, los ponen a escoger entre estas dos cosas, que sus hijos sean felices y pobres o que sean ricos e infelices, lo más probable es que escojan lo primero. En cambio, cuando se trata de lo que cada persona quiere para sí misma, la felicidad resulta menos apreciada. A la pregunta qué prefiere usted, ser pobre y tener una familia maravillosa en donde todos se quieren, o ser rico y tener una familia descompuesta en donde todos se odian, la mayoría opta por la familia amorosa; pero en la práctica, en el ajetreo de la vida cotidiana, casi todos ceden algo de felicidad con tal de tener más dinero. Así pues, la mayoría de las personas ven en la felicidad el valor superior (prueba de ello es que lo quieren para sus hijos), pero extravían el rumbo al tratar de encontrarla.

Es por este tipo de disonancias cognitivas que las encuestas que se hacen sobre felicidad de personas y de países no son muy confiables. Hay, eso sí, dos cosas que son ciertas: 1) no se puede ser feliz cuando se es demasiado pobre, y 2) después de un nivel medio-alto de riqueza, el aumento de los ingresos contribuye muy poco, o nada, a la felicidad.

Un índice de felicidad objetivo debería tener en cuenta la suma de lo que, en general, hace feliz a la gente, como el amor, la amistad o el éxito profesional y, a todo eso, debería restarle lo que la hace infeliz, como las enfermedades, la soledad o la conflictividad.

Lo mismo ocurre con los países. El nivel de desarrollo debería medirse teniendo en cuenta no solo la riqueza (como lo hace el PIB-Producto Interno Bruto), sino también la felicidad y el bienestar de la gente, lo cual incluye cosas como los niveles de confianza, la solidaridad, la jovialidad, la belleza del paisaje, etc. A todo esto se le debería restar el valor de los problemas del país.

Richard Wilkinson creó un índice de problemas para los países desarrollados. De allí surge una gráfica en donde Finlandia, Suecia y Japón tienen los niveles más bajos de problematicidad, mientras que Portugal y los Estados Unidos tienen los niveles más altos. Este último es un país inmensamente rico, pero tiene muchos problemas: racismo, drogadicción, obesidad, guerras internacionales, terrorismo. Estoy escribiendo estas cosas pensando justamente en la tragedia ocurrida esta semana en Florida, donde, una vez más, un enajenado masacró una cantidad de niños (por lo menos 17 esta vez) en una escuela, ante el espanto de los padres de familia y del país entero. Impresiona ver la facilidad con la que, en los Estados Unidos, conviven algunas de las mejores cosas de la civilización occidental (ciencia, cultura, creatividad, invención) con algunas de las peores (guerra, violencia, racismo, desigualdad).

Dicen que Colombia es uno de los países más felices del mundo. Pero si esa medición fuese objetiva y tuviese en cuenta nuestro índice de problemas, no nos iría tan bien. Es por eso que yo, que me siento más latinoamericano que colombiano, estoy pensando en pasar mi vejez en un país pequeño, modesto, sin ínfulas patrióticas, laico, con una clase media amplia y respetuoso de la ciudadanía y de la legalidad. Una de mis opciones es Uruguay (aunque nunca he ido, ni tengo amigos allí), porque es un país que, dada su contabilidad de riquezas y problemas, me parece más desarrollado y más feliz que los Estados Unidos.

De interés: Desarrollo / Felicidad / Riqueza

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