los campesinos

Hoy nuestra lucha se centra en el reconocimiento del campesinado por parte del Estado. Le insistimos al Gobierno que firme la declaración de la ONU por los derechos campesinos, que nos incluya en los censos, que saque adelante la reforma agraria integral, la constitución de los territorios campesinos y la jurisdicción agraria por un campo en paz. | Pablo García, Unsplash

Pas con “S”, de Sustentable, Solidaria, Seria y Social; con mala ortografía pero profunda, porque es la “PAS” de las comunidades y de los territorios.

Pas con “S”, de Sustentable, Solidaria, Seria y Social; con mala ortografía pero profunda, porque es la “PAS” de las comunidades y de los territorios.

Por César Díaz[1]

Soy caleño, pero mis raíces y mi sangre pertenecen al campo. La violencia sacó a mis padres de la zona rural del Valle en los años 50, pero de niños mis hermanos y yo seguimos yendo a Argelia para la cosecha de café. Las artes del campo no se olvidan y el sentimiento tampoco. Por eso durante mi carrera de Ingeniería Industrial en Cali no busqué convertirme en supervisor de planta ni nada de eso, sino que hice mis prácticas en proyectos agroecológicos con comunidades rurales de Cali, Jamundí y Santander de Quilichao.

Me vinculé al movimiento campesino desde que trabajaba promoviendo las redes de tiendas comunitarias, y al Macizo cuando me invitaron a una reunión de líderes comunales en el municipio de Bolívar. Ellos planteaban la necesidad de fortalecer la organización campesina, pues estaban en plena crisis por la división de la Anuc tras el Pacto de Chicoral. Ahí se acordó la creación de una organización regional que tuviera interlocución constante con el Gobierno. Así nació, en 1985, el Comité de Integración del Macizo Colombiano (CIMA), del que orgullosamente hago parte.

De esos años han sido varios los momentos y logros históricos de la organización que vale la pena recordar. Uno de los principales y más difíciles ocurrió en 1991: las comunidades se preparaban con entusiasmo para participar en la Asamblea Constituyente cuando ocurrió la masacre de Los Uvos, corregimiento de La Vega. Murieron 14 hombres y tres mujeres —varios de ellos docentes y líderes del CIMA— a manos del Ejército, como lo comprobó luego la justicia a pesar de que los militares intentaron culpar a la guerrilla. Como respuesta a esa agresión hicimos el Paro de Rosas en la Vía Panamericana, en el que participé como asesor de los líderes que negociaban. Así logramos la reparación de las víctimas y algunas inversiones en la zona.

La organización fue ampliando su alcance y en el 96 asumimos la convocatoria del paro cocalero de Putumayo, Caquetá y Guaviare para protestar contra las fumigaciones con glifosato. En ese entonces los precios de nuestros mejores cultivos (el café y el maíz) se habían desplomado por cuenta de la apertura económica y la coca terminó reemplazándolos. Como resultado del paro, consolidamos el Plan de Vida, Agua y Dignidad como alternativa a la coca.

Todas estas luchas y logros han venido acompañados por una amenaza constante y colectiva desde diferentes actores armados. Varios de nuestros líderes que lograron llegar a Alcaldías o Concejos resultaron asesinados, desplazados o víctimas de detenciones arbitrarias. Para nosotros se volvió común aparecer en los panfletos anuales de las Águilas Negras y otros grupos.

Hoy nuestra lucha se centra en el reconocimiento del campesinado por parte del Estado. Le insistimos al Gobierno que firme la declaración de la ONU por los derechos campesinos, que nos incluya en los censos, que saque adelante la reforma agraria integral, la constitución de los territorios campesinos y la jurisdicción agraria por un campo en paz. Y como lo resume don Claudio, campesino de Sucre, Cauca: “¡Que el Gobierno le declare la pas a los campesinos!”. Pas con “S”, de Sustentable, Solidaria, Seria y Social; con mala ortografía pero profunda, porque es la “PAS” de las comunidades y de los territorios.


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