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César Rodríguez Garavito

El mal dormir es el gran punto ciego de la salud pública y privada. Si uno duerme menos de siete horas diarias regularmente, se hace tanto daño como si fumara o bebiera en exceso.

César Rodríguez Garavito

El mal dormir es el gran punto ciego de la salud pública y privada. Si uno duerme menos de siete horas diarias regularmente, se hace tanto daño como si fumara o bebiera en exceso.

Suspendido, insomne, en un avión hacia un destino ubicado en una zona horaria nueve horas adelante de aquella donde comencé el largo vuelo, abrí la primera página del libro:

“Dormir rutinariamente menos de seis o siete horas demuele su sistema inmune y multiplica su riesgo de sufrir cáncer. El sueño insuficiente es un factor determinante del Alzheimer. Dormir inadecuadamente, aunque sea una semana, altera tanto el nivel de azúcar en la sangre que usted sería clasificado como prediabético. El poco sueño aumenta la probabilidad de que sus arterias se tapen y sufra derrames cerebrales e infartos”.

Hasta ahí me llegó el escaso sueño que había logrado conciliar. El gran libro del neurocientífico Matthew Walker se titula ¿Por qué dormimos?, pero la pregunta que flotaba en mi mente exhausta de sociólogo es: ¿por qué no dormimos? Si el mal dormir nos mata, ¿cuándo se volvió socialmente aceptable, aun loable, andar privado de sueño por el exceso laboral y el ritmo 24/7 del mundo físico y virtual?

Por andar embotadas por falta de sueño, las mentes modernas y posmodernas han prestado poca atención a las dos preguntas. Habrá que contestarlas, porque el problema se ha agravado hasta el punto que la Organización Mundial de la Salud declaró una epidemia mundial de falta de sueño.

¿Por qué no dormimos? Thomas Edison, inventor de la bombilla eléctrica, pensaba que dormir era una pérdida de tiempo. Su creación nos quitó el sueño. La luz permanente arruinó el precioso reloj del ritmo circadiano que llevamos dentro: primero fueron las bombillas incandescentes, luego los anuncios de neón y ahora las pantallas que muchos se llevan a la cama. Surgieron las industrias y las ciudades que no duermen. La globalización y las redes sociales abolieron las últimas fronteras del insomnio: los vuelos despegan y llegan a cualquier hora, los correos y los mensajes de WhatsApp también.

Solo cuando empezamos a perderlo crónicamente comenzamos a preguntarnos por el sueño. Hace apenas dos décadas, la ciencia tenía muy poca idea de por qué dormimos. Por estudios como los de Walker, hoy sabemos que dormir repara cada noche el sistema inmune, regula el apetito, baja la presión sanguínea, previene las infecciones y produce un largo etcétera de beneficios físicos. También es esencial para la salud mental: sin él no podemos aprender, guardar recuerdos, tomar decisiones lógicas o mantener a raya la ansiedad y la depresión.

El mal dormir es el gran punto ciego de la salud pública y privada. Si uno duerme menos de siete horas diarias regularmente, se hace tanto daño como si fumara o bebiera en exceso. Con la misma seriedad que recomiendan dieta y ejercicio, los médicos deberían prescribir ocho horas de sueño.

La prescripción caería aún mejor en contextos crispados como el nuestro. Recuerdo que Todd Howland, el antiguo alto comisionado de la ONU, dijo en serio y en broma en una entrevista que la razón por la que los colombianos hemos sido tan intolerantes y nos hemos matado tanto es que descansamos muy poco. En lugar de perder el sueño por nuestros problemas, deberíamos recuperarlo para resolverlos.

De interés: Descanso

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