Venezolanos, Colombia

Migrantes llevan sus pertenencias durante el desalojo de cerca de 400 ciudadanos venezolanos en un predio en Cali. | Ernesto Guzmán, EFE

Silvia Ruiz

La increíble facilidad que tenemos de deshumanizar al otro, aunque reconozcamos las causas de su sufrimiento, aunque siempre lo hayamos tenido cerca, nos ha ayudado a perpetuar un ciclo de deseo, violencia y hostilidad.

Silvia Ruiz

La increíble facilidad que tenemos de deshumanizar al otro, aunque reconozcamos las causas de su sufrimiento, aunque siempre lo hayamos tenido cerca, nos ha ayudado a perpetuar un ciclo de deseo, violencia y hostilidad.

La gente en la calle dice que estas personas nos están invadiendo, quitándonos el poco empleo que hay en Colombia y también los cupos de nuestros niños en los colegios. Que hay muchos de ellos pidiendo plata en la calle, incomodándonos, y además es culpa suya que ahora haya más inseguridad y delincuencia.

En sus casas, la gente comenta preocupada que vienen llenos de enfermedades, se quedan con nuestras citas médicas y hasta los atienden gratis. “Como si fuéramos un país del primer mundo”, se escucha por ahí, “como si ellos fueran más importantes que los niños wayuú que mueren de hambre en la Guajira”.

Algunos se preguntan por qué ellos vienen a reclamar lo que no quisieron reclamar en su país. “¿Cómo quieren que les solucionemos sus problemas si no podemos ni solucionar los nuestros?” Concluyen que primero los colombianos. Primero nosotros.

Con creencias como estas los colombianos justificamos la negación de los derechos de personas que se han visto obligadas a abandonar Venezuela por circunstancias que están fuera de su control y venir a Colombia, un país que sin duda está muy lejos de ser su paraíso terrenal.

Los llamamos migrantes, los amontonamos con otros como ellos alrededor del mundo y en nuestras mentes se vuelven un poco menos humanos y un poco más problema, crisis, fenómeno mundial.

Así, no nos tenemos que enfrentar cara a cara con un sufrimiento que va más allá de la simple búsqueda de mejores oportunidades laborales, ni con las inseguridades que nos generan.

No los llamamos refugiados porque no estamos seguros de que esa caracterización aplique. Y porque así, les tendríamos que dar aún más. ¿Por qué no los llamamos personas? ¿Por qué no los llamamos Diego, Iliana, Gabriel, Eddy, Marilyn, Elena, Josué, Alejandra?

Los procesos migratorios han existido durante toda la historia de la humanidad, y con ellos, los prejuicios y el rechazo social. La migración es normal. El rechazo, tampoco es nada fuera de lo común. Pero, ¿hemos pensado en por qué creemos que somos superiores a ellos y que merecemos más? ¿Sólo por el hecho de haber nacido con la “codiciada” nacionalidad colombiana? ¿O hay algo más detrás de nuestras convicciones?

La filófosa española Adela Cortina y el historiador y filósofo francés René Girard nos dan algunas ideas para empezar a explorar y cuestionar estas valoraciones. Para Cortina estos comportamientos obedecen a la aporofobia.

La aporofobia se refiere al rechazo que sentimos hacia los pobres. Para ella, lo que nos molesta realmente no es el extranjero sino el extranjero pobre, sin recursos, que pide, no aporta y nos incomoda. Por eso, no tenemos ningún problema con esas personas que encajan dentro de nuestra imagen estereotipada de ser un extranjero rico, que suponemos tiene visa y le aporta a la sociedad.

Esta aproximación también explicaría por qué los colombianos tratamos tan bien a los turistas, y hacemos lo necesario para que vean lo hospitalarios que somos. Nos preocupamos, a veces excesivamente, de su bienestar. Ante todo pensamos en su comodidad. Al mismo tiempo, estamos de acuerdo con el desalojo de un campamento de venezolanos sin preguntarnos en dónde dormirán, sabiendo que no tienen ni techo, ni trabajo, ni plata, ni comida.

Este concepto, además, nos ayuda a entender nuestro comportamiento hacia otras comunidades. Por ejemplo, nos explica lo que sentimos hacia las víctimas del desplazamiento forzado, porque, aunque sean colombianos como nosotros, los rechazamos porque también se encuentran indefensos y buscando satisfacer sus necesidades básicas, porque percibimos que entran en nuestros espacios a quitar sin darnos nada a cambio.

Por su parte, la teoría del deseo mimético de René Girard nos ayuda a entender por qué culpamos a los venezolanos de problemas que existían mucho antes de que empezaran a llegar. Esta sugiere que el deseo nos controla.

Este deseo es por aquello que también desea otra persona, como el deseo por una vida más digna, el cual se ve truncado por la profunda desigualdad en la que vivimos. Esto genera una rivalidad que resulta en una violencia tan abominable que podría destruir a una sociedad entera.

Para prevenirlo, dice Girard, desahogamos esta violencia en un tercero vulnerable con el mismo deseo, a quien podemos usar como nuestro chivo expiatorio y convertirlo en un enemigo común. El venezolano migrante que también busca dignidad es un blanco fácil.

La increíble facilidad que tenemos de deshumanizar al otro, aunque reconozcamos las causas de su sufrimiento, aunque siempre lo hayamos tenido cerca, nos ha ayudado a perpetuar este ciclo de deseo, violencia y hostilidad.

Ahora tenemos a una población venezolana a la cual culpar y castigar por la inconformidad que nos produce la desigualdad que nos rodea, además, de esta manera podemos intentar preservar una solidaridad colectiva como colombianos, aunque sea ilusoria y no logre esconder los conflictos que tenemos entre nosotros.

Esa idea de “los venenezolanos” es suficiente para permitirnos imaginar un “nosotros, los colombianos”.

Lo cierto es que es posible que ni ellos ni nosotros podamos alcanzar a vivir en las condiciones  privilegiadas y equitativas que todos deseamos. En una sociedad donde estamos acostumbrados a competir por la atención del Estado, debemos cuestionarnos las razones por las cuales creemos que es necesario que ese Estado privilegie la protección de nuestros derechos sobre los de los otros.

Debemos admitir que el clamor por los derechos de los migrantes y refugiados nos incomoda porque tememos que el reconocimiento de estos se anteponga al de los derechos que nosotros llevamos toda la vida reclamando. Pero debemos reconocer que nuestros derechos y los de ellos son los mismos, y que debemos exigirlos para todos.

Adela Cortina nos invita a activar la compasión no sentimental pero productiva, aquella que está dispuesta a compartir el sufrimiento de las personas hacia quienes la sentimos y así empezar a contribuir a la necesaria interrupción de iniciativas, campañas y mensajes de odio y discriminación.

El sufrimiento que cargan los venezolanos es un sufrimiento que conocemos, el de personas olvidadas por el Estado. En Colombia hay muchas, y tal vez ni siquiera hemos empezado a compartir su dolor. Todos estos sufrimientos, suyos y nuestros, nacen de la ausencia del reconocimiento de la dignidad humana de cada persona, sin importar dónde nació.

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