En veinte años, la movilización legal, acompañada de marchas multitudinarias, incidencia en medios y alianzas entre activistas, ha dado victorias a muchas mujeres, especialmente en casos de aborto. | Alex Radelich, Unsplash

María Ximena Dávila

A pesar de la decisión del senado argentino, la movilización demostró la fuerza del movimiento feminista, desestabilizó los sectores conservadores, puso el tema del aborto en el centro del debate legislativo y, ante todo, dio una sensación de victoria a las mujeres.

María Ximena Dávila

A pesar de la decisión del senado argentino, la movilización demostró la fuerza del movimiento feminista, desestabilizó los sectores conservadores, puso el tema del aborto en el centro del debate legislativo y, ante todo, dio una sensación de victoria a las mujeres.

Las mujeres argentinas lograron contagiar de euforia colectiva a las feministas de todo el continente. Ver las calles cubiertas de pañoletas verdes que simbolizaban la lucha por el aborto legal fue, para muchas, la ilusión de que era posible, poco a poco, tener un mayor dominio sobre nuestros cuerpos y decisiones.  Las emociones que despertaron, la ilusión que se creó a nivel regional y las historias detrás de cada mujer que salía a manifestar se recogieron en la consigna más significativa de la movilización: en las calles y en las redes, las mujeres decían Que Sea Ley. Estas tres palabras se convirtieron en el mantra de quienes defienden el aborto legal en Argentina y fue la manera de nombrar una movilización que, a pesar de la decisión desfavorable del Senado, logró marcar la historia del país. Tanto así, que durante los días previos a la decisión, las personas solían despedirse con un cordial Que Sea Ley, como si se tratara de un código de conspiración.

Hay algo de este mensaje, de estas tres palabras, que no deja de parecerme fascinante. Creo que refleja con claridad cómo muchos movimientos feministas (y, en general, progresistas) de América Latina le han consagrado sus causas al derecho y han asociado el cambio legal con el cambio social. En los últimos años, varios grupos feministas han adoptado modos de lucha que se acercan más al derecho y que cargan consigo la idea de que las instituciones pueden ser útiles para los movimientos contramayoritarios. Se trata de que las injusticias sean reconocidas por el derecho y de que aquello que se considera justo sea ley.

El fenómeno de la movilización legal –el uso estratégico del derecho para cambiar las condiciones sociales de cierto grupo– es relativamente reciente en América Latina y se relaciona con una nueva forma de entender el derecho y el cambio social. En la segunda mitad del siglo XX, los movimientos alineados con la izquierda (entre ellos los grupos feministas) seguían la idea de que el cambio social era sinónimo de revolución y lo que se buscaba era la eliminación de las instituciones opresoras, entre ellas, el derecho. El derecho no era visto como instrumento de cambio, sino como enemigo del pueblo. ¿Cómo pasamos, entonces, de desconfiar en la reforma legal a confiarle nuestras luchas? ¿Cómo pasamos de desconfiar del derecho a gritar por las calles Que Sea Ley? Sin duda, los procesos de democratización de los años noventa, la creación de tribunales progresistas y la ola de constitucionalismo social de finales del siglo XX cerraron la distancia entre los movimientos feministas y los repertorios legales. Estas fueron oportunidades para que muchas activistas vieran el derecho como un posible instrumento de cambio y las instituciones como potenciales aliadas.

En veinte años, la movilización legal, acompañada de marchas multitudinarias, incidencia en medios y alianzas entre activistas, ha dado victorias a muchas mujeres, especialmente en casos de aborto. Aunque América Latina sigue contando con algunos de los sistemas más restrictivos en materia de aborto, el movimiento por la legalización se ha replicado en muchos países de la región y progresivamente ha logrado un giro hacia su despenalización parcial. En 2006, la Corte Constitucional colombiana despenalizó el aborto en tres causales gracias a una de las movilizaciones más emblemáticas del movimiento feminista colombiano. Al año siguiente, en México DF se declaró legal el aborto por cualquier causal hasta el primer trimestre. En 2012, en Uruguay, una regulación similar fue adoptada y se despenalizó el aborto durante las primeras semanas. En 2017, el congreso chileno abolió la penalización total que regía sobre el aborto y adoptó un sistema de causales similar al de Colombia. Todos estos logros fueron gracias a movilizaciones de mujeres que les apostaron a las cortes, a las asambleas y al derecho.

Las victorias han reforzado la fe en el derecho, han constituido a las mujeres como actores políticos importantes y, en muchos casos, también han cambiado realidades concretas. Sin embargo, en los países que han adoptado la despenalización parcial del aborto aún existe un patrón: a pesar de los avances legales, siguen existiendo en la práctica reglas informales que crean barreras injustas para las mujeres y que, en muchos contextos, prevalecen sobre las reglas formales del derecho. Me arriesgo a decir que no solo pasa con el aborto y los derechos de las mujeres. Todos los movimientos contrahegemónicos que logran un avance legal suelen llevarse, al cabo de un tiempo, la decepción de la brecha entre ley y práctica. Y esta no es la única decepción. También están las más difíciles de sobrellevar, aquellas en las que simplemente el derecho no funciona. Lo que sucedió en Argentina la semana pasada es una prueba de ello. A pesar de las marchas, de las consignas y de las palabras, el aborto no fue ley. Aunque el impacto de la movilización argentina trascendía el cambio puramente legal, muchas nos sentimos defraudadas por el derecho.

¿Quiere decir que debemos renunciar a la movilización legal para evitar sufrir decepciones? No. Y digo que no por una razón particular. Así como las feministas hemos querido apropiarnos del derecho para abordar las injusticias, el derecho ha sido apropiado históricamente por ideas que reproducen la desigualdad, esencializan a las mujeres, limitan la decisión sobre nuestros cuerpos y legitiman la división entre el trabajo productivo y reproductivo. Ante legislaciones injustas, el camino más consecuente es movilizarnos por legislaciones justas. Como lo dice la profesora Julieta Lemaitre, el uso del derecho sirve a los movimientos sociales para dar sentido a la violencia y a la injusticia, para resignificar las identidades, para recrear sus vidas y experiencias. Así nos decepcione, así tengamos una relación ambivalente con el derecho, la movilización legal nos sirve para dar un mensaje de que también podemos usar el derecho a nuestro favor.

A pesar de la decisión del senado argentino, la movilización demostró la fuerza del movimiento feminista, desestabilizó los sectores conservadores, puso el tema del aborto en el centro del debate legislativo y, ante todo, dio una sensación de victoria a las mujeres. La movilización le dijo al mundo que las feministas pueden tomarse las calles y las instituciones al mismo tiempo. Muchas sabemos que la legalización del aborto es solo cuestión de tiempo, que “tarde o temprano, será ley”.

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