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La celebración esta semana del Día de la Raza, justo en el año del Bicentenario, es un acontecimiento de la mayor importancia, que acumula toda nuestra historia colonial y republicana en una misma fecha.

La celebración esta semana del Día de la Raza, justo en el año del Bicentenario, es un acontecimiento de la mayor importancia, que acumula toda nuestra historia colonial y republicana en una misma fecha.

La celebración esta semana del Día de la Raza, justo en el año del Bicentenario, es un acontecimiento de la mayor importancia, que acumula toda nuestra historia colonial y republicana en una misma fecha.

Por eso creo que no hay que dejar pasar esta ocasión sin decir algo sobre nuestro pasado; que también es una manera de decir algo sobre nuestro futuro.

El pasado de América Latina estuvo marcado por los siguientes dos hechos. En primer lugar, por el conquistador: la España de Colón (muy distinta a la actual), tenía muy poco que ver con el resto de Europa: no poseía ni la cultura, ni la ciencia, ni la tradición de otros pueblos en el viejo continente. Mientras que para muchos el siglo XV fue el siglo del Renacimiento, para los españoles fue el siglo de la religión y de la conquista. No obstante, esa España atrasada y feudal se alzó súbitamente con un imperio incalculable; un imperio que le permitió prolongar, en sus colonias, el modelo de sociedad medioeval que existía en la península y que estaba muriendo en el resto de Europa.

El segundo hecho que determinó nuestra suerte fue la amalgama social y cultural que surgió del encuentro entre españoles e indígenas. Al llegar a tierras americanas, los ibéricos se toparon con un mundo completamente nuevo, que no comprendían y que juzgaban bajo sus férreos parámetros intelectuales. Para los nativos el encuentro fue aún más sorpresivo: cuando Moctezuma, el jefe Azteca, decidió salir al encuentro de Hernán Cortés, no estaba muy seguro de si se iba a encontrar con un dios o con un invasor. Los españoles vencieron a los indígenas con sus espadas y sus caballos pero preñaron a las indias (luego a las esclavas negras) y los mestizos que de allí nacieron vivieron para reproducir la mentalidad de la sangre más poderosa que corría por sus venas. En México los españoles destruyeron las pirámides y sobre sus restos construyeron iglesias imponentes, pero los carpinteros indígenas que tallaron los santos que adornaron esos templos reprodujeron el aliento de sus antepasados. Así se amalgamaron las miradas, dando lugar a una nueva fábrica de la vida social; un mundo sincrético, tan ajeno y tan cercano de la España cristiana como del México Azteca.

De estos dos hechos me parece que se pueden extraer dos lecciones. En primer lugar, que la nuestra es una sociedad muy joven, de apenas cinco siglos. Mucho más joven incluso que los Estados Unidos y eso debido a que las colonias inglesas fueron una especie de continuación (o al menos de derivación) de Inglaterra en tierras americanas. Las colonias españolas, en cambio, dieron lugar a un híbrido social y cultural completamente nuevo. Inglaterra para los Estados Unidos es una verdadera madre patria. España para nosotros es más una especie de padre ausente.

En segundo lugar, justamente por esta hibridez social, nuestra independencia de España siempre ha tenido un carácter ambiguo: nos separamos política y legalmente de España, pero las estructuras mentales y materiales que existían en la colonia siguieron, de alguna manera, presentes entre nosotros. Somos algo entre Moctezuma y Cortez; algo que no sabemos muy bien qué es y que nos mantiene en una tensión permanente entre lo que fuimos y lo que queremos ser. Vivimos en un limbo entre el pasado y el futuro. O para decirlo en palabras de Octavio Paz, aquí “las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aún las más antiguas, manan sangre todavía”.

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