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Las soluciones para combatir el cambio climático se encuentran más cerca de lo que se cree. Hay acciones cotidianas y pequeñas con las que los ciudadanos podemos contribuir, a partir de algo tan sencillo como ser más conscientes de lo que servimos en nuestros platos.

Las soluciones para combatir el cambio climático se encuentran más cerca de lo que se cree. Hay acciones cotidianas y pequeñas con las que los ciudadanos podemos contribuir, a partir de algo tan sencillo como ser más conscientes de lo que servimos en nuestros platos.

En un momento en el que la atención mundial en la lucha contra el cambio climático está concentrada en el cumplimiento de las metas y compromisos adquiridos en el Acuerdo de París, no podemos omitir un importante contribuyente en la crisis climática actual: las decisiones alimenticias que hacemos cada día y los sistemas de producción de los alimentos que consumimos. Puede que a algunos les parezca exagerado decir que comer una hamburguesa contribuye a la degradación ambiental de nuestro planeta, pero hay evidencia que indica el grave impacto de una dieta basada en el consumo de carne sobre el medio ambiente.

El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (PICC) estima que el 24% de las emisiones de gases efecto invernadero, principal causa del cambio climático, son producidas por el sector agrícola y la deforestación asociada a la producción de carne. Este sector económico ocupa el segundo lugar en emisiones a nivel global después del sector de la energía, que genera el 25%, seguido por el sector industria, con el 21% y transporte con el 14%.

 

Fuente: PICC

 

Las emisiones derivadas de la producción de carne son 250 veces mayores a las de la producción de legumbres por gramo de proteína. Además, si el consumo de carne a nivel global continúa al ritmo actual se espera que para el año 2050 la emisión de gases efecto invernadero aumente en un 80%.

La producción de carne no solo es una de las principales causas de la deforestación –es el principal motor de deforestación en la Amazonía– sino que, además, requiere la utilización de grandes cantidades de agua. Se necesitan aproximadamente 15.400 litros de agua para la producción de un kilo de carne, es decir, más de diez veces el agua necesaria para producir un kilo de granos. Según la organización Water Footprint son necesarios 255 litros de agua para producir un vaso de leche, 4325 litros y 5988 litros por un kilo de pollo y de carne de cerdo, respectivamente.

Esta situación resulta especialmente preocupante en la región de América Latina y el Caribe, altamente vulnerable a los efectos del cambio climático, donde la ganadería ha tenido un desarrollo desbordado e insostenible, lo que hace que sea la región con el nivel más elevado de emisiones de gases efecto invernadero, impulsado por la producción especializada de carne vacuna.

 

Fuente: FAO

 

El sobreconsumo de productos de origen animal contribuye no solo a la degradación del medio ambiente en el que vivimos: promueve en muchos casos tratos crueles contra los animales, la aparición de graves riesgos para la salud y contribuye a la crisis global de hambre. Así, por ejemplo, mientras más de 800 millones de personas sufren de desnutrición crónica en el mundo, el 35% de los granos del mundo son usados como alimento en la ganadería. A pesar de dichos impactos, en las últimas décadas la demanda mundial de productos de origen animal ha aumentado y en América Latina y el Caribe contribuye al 46% del PIB agrícola de la región.

Frente a esta grave problemática parece que la receta para combatir el cambio climático se encuentra en nuestros platos, comida tras comida. Hay estudios que demuestran que una dieta vegana o vegetariana podría reducir las emisiones de gases efecto invernadero en 70% y 63%, respectivamente, para el año 2050. Como lo ha señalado UNEP, un cambio global hacia una dieta vegetariana, vegana o una en la que se reduzca considerablemente el consumo de carne, es una de las soluciones más cercanas a los ciudadanos para hacer frente al cambio climático.

En sociedades en las que el consumo de carne es un hábito poco cuestionado, y en las que optar por una dieta vegana o vegetariana puede generar resistencia, un grupo de personas que se hacen llamar “reducitarianistas”, cree que el simple acto de reducir el 10% de los productos de origen animal de nuestra dieta puede transformar el futuro de nuestro planeta. La receta contra el cambio climático que plantea el reducitarianismo consiste en hacer pequeños cambios en la dieta que colectivamente den como resultado una contribución significativa en la lucha para frenar el cambio climático, concretamente, promueven la reducción del consumo de carne.

La solución se encuentra en el plato pero también en quienes proveen los ingredientes de la receta. Algunos estudios han comparado el impacto ambiental de la producción convencional de carne con la producción de fuentes alternativas de alimento como quinua, y han encontrado que la producción de esta última es más sostenible en la medida en que requiere menor extensión de tierra y el uso de menos energía. Así, países como Perú, Bolivia y Ecuador, principales productores de quinua del mundo, no solo han consolidado este mercado como una importante fuente de alimento para la población sino también como fuente de ingresos para su población. La quinua ha sido reconocida por sus propiedades alimenticias, su diversidad genética y capacidad de adaptabilidad a diferentes condiciones agro-ambientales. Se trata entonces de una alternativa sostenible, en términos ambientales, y en una opción de alimento para aquellos países que sufren problemas de seguridad alimentaria en un contexto de cambio climático.

Las soluciones para combatir el cambio climático se encuentran más cerca de lo que se cree. Hay acciones cotidianas y pequeñas con las que los ciudadanos podemos contribuir, a partir de algo tan sencillo como ser más conscientes de lo que servimos en nuestros platos.

 

Foto destacada: USDA NRCS

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