Todos tenemos personas que han influido en el curso de nuestras vidas. En el mundo académico es común preguntarse por los profesores que en el pasado han ayudado a definir nuestra ruta intelectual. | Archivo El Espectador

Todos tenemos personas que han influido en el curso de nuestras vidas. En el mundo académico es común preguntarse por los profesores que en el pasado han ayudado a definir nuestra ruta intelectual.

Todos tenemos personas que han influido en el curso de nuestras vidas. En el mundo académico es común preguntarse por los profesores que en el pasado han ayudado a definir nuestra ruta intelectual.

Muchos estudiantes del profesor Roberto Zarama recibieron con tristeza la noticia de su muerte, ocurrida el lunes pasado en Bogotá. Su generosidad, su inteligencia y su creatividad dejan en ellos recuerdos imborrables. La comunidad académica de la Universidad de los Andes, donde fue profesor de matemáticas muchos años, ha lamentado su muerte y exaltado sus numerosos logros docentes y académicos.

Muchos otros, por fuera de los círculos universitarios, recuerdan a Roberto por haber sido el gran inspirador del programa Ser Pilo Paga y, sobre todo, por haber hecho visible, a través de ese programa, el “apartheid educativo”, que es la gran injusticia estructural de este país: aquí los hijos de los ricos estudian con los hijos de los ricos y los hijos de los pobres con los hijos de los pobres, y mientras los primeros reciben una educación de buena calidad, la de los segundos es regular o mala. Estudiantes brillantes hay en todas partes, decía Roberto, pero a los pobres les sirve de poco tener talento y dedicación cuando carecen de buenos profesores.

Pero mis recuerdos de Roberto son muy distintos y datan de hace mucho más tiempo. Yo estaba terminando mis estudios de bachillerato en un colegio cuya educación, por religiosa, conservadora y dogmática, chocaba de frente con mis zozobras de adolescente y con mis dudas de fe. Roberto era el profesor de teatro de ese colegio y no podía desentonar más en el conjunto de los docentes: tenía una cultura cosmopolita (había estudiado en París y en Londres), hablaba con nosotros como si fuera un amigo, vestía de manera extravagante, era ingenioso e inteligente y enseñaba con una creatividad intempestiva que despejaba nuestras mentes. En el año que fui su alumno, Roberto empeñó casi toda su energía en montar La vida es sueño, de don Pedro Calderón de la Barca. Con dinero propio y algo más que consiguió por fuera del colegio, construyó una escenografía extraordinaria, mandó hacer vestidos a la medida para todos los actores, alquiló utilería y contrató a un pequeño grupo de asistentes.

Pero este, por extraordinario que sea, no es el recuerdo más indeleble que tengo de Roberto. Como ya dije, nos trataba como amigos y pronto se dio cuenta de que podía ayudar a serenar mis angustias religiosas. Roberto conocía bien a los existencialistas franceses y me recomendó que leyera los libros de Ignace Lepp, un sacerdote jesuita que había militado en las filas del Partido Comunista. Primero leí De Marx a Cristo, un bello relato autobiográfico; a partir de allí devoré casi todo lo que se conseguía de Lepp y de otros existencialistas, como Gabriel Marcel, hasta llegar a Emmanuel Mounier, Teilhard de Chardin y Albert Camus. Ninguna de esas lecturas me ayudó a resolver mis dudas religiosas, al contrario, las ahondaron, pero me abrieron las puertas de la filosofía y de la ciencia, que habrían de ser muy importantes en mis años universitarios y que, en buena medida, fijaron el curso de mi destino profesional.

Todos tenemos personas que han influido en el curso de nuestras vidas. En el mundo académico es común preguntarse por los profesores que en el pasado han ayudado a definir nuestra ruta intelectual. Cuando me hago esta pregunta, veo que no tengo muchos profesores que hayan tenido semejante influencia, más bien han sido personas de otras esferas, pero si tuviera que escoger un puñado de ellos, allí estaría Roberto.

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