Juan David Cabrera

Sin empatía no hay derechos humanos: miren a Colombia

Por: Juan David Cabrerajulio 9, 2018

La cultura de los Derechos Humanos debe darle voz a la víctima, debe asumir la perspectiva de la víctima, la perspectiva de aquellos que históricamente han estado en el lado subalterno de la estructura social.

“La vida de las montañas
está en la voz de sus pájaros.
La voz de los pueblos
son sus cantores:
un pueblo mudo
es un pueblo muerto.”
(Humberto Ak’abal, indígena guatemalteco, 2004)

 

En una de las compilaciones del Centro Nacional de Memoria Histórica, encontré un testimonio que llamó mi atención: “Yo sé que hablar la verdad en este país es un peligro porque aquí hay mucha corrupción, pero queremos una Policía transparente, queremos un Estado transparente, queremos hombres honestos, porque toda la Policía no es mala. Pero con este caso de pago de recompensas, o con este caso de los falsos positivos que fue lo que vivió mi hijo, un hombre sano, un gran hombre, que era un rapero, un pelado que lavaba carros, tenía su esposa y una niña, y me lo mataron de 19 años, a la edad de 20 años podría ser todo un señor, creo que no es justo.” El relato es de Ana Fabricia Córdoba, un año antes de ser asesinada en Medellín, lugar al que se desplazó huyendo de la violencia del Urabá antioqueño.

Estos relatos no dejan de producir en mí un sentimiento de dolor e indignación frente a lo que algunas personas tienen que vivir. Un deseo de cambiar un mundo que para algunos seres humanos es invivible. La precariedad de la vida llevada al extremo. Estos relatos no dejan tampoco de recordarme algunas lecciones que me dejó el profesor de de Derecho de la Universidad de los Andes, José Manuel Barreto. Barreto, basándose en pensadores como Richard Rorty y Upendra Baxi, sugiere que debemos implementar la práctica de una cultura política que fortalezca la tradición de los Derechos Humanos.

En esta práctica, cuyo fin no es otro que el de comprometer a los seres humanos con sentimientos como la empatía y la solidaridad, los poetas, músicos, novelistas, periodistas, y otros, tienen un rol crucial. Su rol como contadores de historias, como comunicadores de emociones, pueden llevar a mover ese sentimiento de solidaridad, de amor por el otro que creo todos podemos cultivar. No podemos subestimar el poder de Guamán Poma de Ayala describiendo las injusticias del régimen colonial en Perú, en su texto Corónica y buen gobierno, o de Gloria Alzandúa, con su poesía sobre el dolor de los chicanos, ni que decir de Rubén Blades, con su canción Desapariciones, sobre los desaparecidos de las dictaduras en Latinoamérica.

Esta cultura de los Derechos Humanos debe darle voz a la víctima, debe asumir la perspectiva de la víctima, la perspectiva de aquellos que históricamente han estado en el lado subalterno de la estructura social. Escuchar la voz del sufrimiento es crucial ante el discurso hegemónico de los Derechos Humanos, el cual, en términos generales, no hace referencia al dolor crudo del ser humano, sino a estadísticas y a conceptos abstractos.

La cultura de los Derechos Humanos, basada en los sentimientos de empatía y solidaridad, tiene implicaciones directas con lo que se ha llamado la “construcción de paz desde abajo”, desde las prácticas cotidianas y los encuentros con otros seres humanos. Si logramos sensibilizarnos sobre el dolor del otro, podremos recuperar lo que el antropólogo Alejandro Castillejo llama la projimidad del otro, sentir al otro como un hermano, como un ser merecedor de todo nuestro afecto. La idea, por supuesto, no es desbordarnos emocionalmente, sino hacer lo que esté a nuestro alcance: desde evitar conductas clasistas, racistas y machistas, hasta activamente involucrarnos en proyectos tendientes a aliviar el sufrimiento de los más vulnerables.

¿Cómo no sentirnos cercanos a los más de 282 líderes sociales asesinados en nuestro país, al ver sus fotos sonrientes en vida, y leer sus biografías de luchadores y luchadoras en un escenario de exclusión permanente? ¿Cómo no sentir el dolor de las familias que dejan?

¿Cómo no sentir el sufrimiento de las familias separadas por las políticas migratorios de Donald Trump, al escuchar las grabaciones en las que los agentes migratorios se llevan a los niños a jaulas? ¿Cómo no llorar al pensar que los más vulnerables de América Latina, terminan teniendo un trato peor al cruzar la frontera con Estados Unidos?

¿Cómo no sentirse conmovido, al leer la lista de las 34,361 personas que han muerto intentando cruzar el Mediterráneo para llegar a Europa? ¿Cómo no indignarse por el tratamiento racista que tienen aquellos que logran llegar?

¿Cómo no querer ayudar al que sufre?

 

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