Sólo tres de cada diez personas confían en el Gobierno; la mitad solamente confía en los medios de comunicación y seis de cada diez piensan que el sistema capitalista ha fallado. | Freepick

Sólo tres de cada diez personas confían en el Gobierno; la mitad solamente confía en los medios de comunicación y seis de cada diez piensan que el sistema capitalista ha fallado.

Sólo tres de cada diez personas confían en el Gobierno; la mitad solamente confía en los medios de comunicación y seis de cada diez piensan que el sistema capitalista ha fallado.

Esta semana salieron publicados los resultados de la encuesta Edelman, que mide los niveles de confianza en distintos lugares del mundo. Los datos no son buenos para Colombia: sólo tres de cada diez personas confían en el Gobierno; la mitad solamente confía en los medios de comunicación y seis de cada diez piensan que el sistema capitalista ha fallado.

La desconfianza es, sin duda, muy dañina. Así lo ilustra el siguiente experimento de Douglas Hofstadter: 20 personas se ubican en cubículos cerrados con el dedo índice puesto en un botón rojo. A cada una se le prometen 1.000 dólares después de diez minutos de no hundir el botón, a menos que alguien lo haga primero, en cuyo caso esa persona obtendrá 100 dólares y los otros nada. La mejor solución para todos es, claro, que nadie oprima el botón; pero como algunos piensan que no faltará el estúpido que lo haga para ganarse los 100 dólares, oprimen ellos mismos el botón. Estos resultados se parecen a los del célebre juego del dilema del prisionero, que dice así: supongamos que dos personas son capturadas por la policía sin que existan pruebas suficientes para condenarlas, y son llevadas a un lugar para ser interrogadas. Cada preso, indagado por aparte, tiene dos opciones: confesar o quedarse callado. Si ambos confiesan reciben una condena de ocho años. Si ambos se callan, como no existen pruebas en su contra, reciben dos años de cárcel. Si uno confiesa y el otro no, este último recibe la máxima pena de diez años y el otro, un año. La solución más conveniente para ambos es quedarse callados. Sin embargo, cada uno teme que el otro confiese y sabe que si se queda callado su pena sería la peor de todas; por eso termina confesando. La decisión correcta para el individuo es la decisión errónea para el grupo.

Pero estos juegos sobredimensionan los peligros de la desconfianza y eso, al menos por dos razones. Primero, solemos ver a los demás peor de lo que en realidad son y nos vemos a nosotros mismos mejores de lo que en realidad somos. Si, por ejemplo, se les pregunta a los taxistas qué porcentaje de veces se pasan los semáforos en rojo, dan una cifra, digamos del 5 %, pero si se les pregunta cuántas veces creen que lo hacen sus colegas, esa cifra se triplica. Y segundo, en ambos juegos se exagera la desconfianza. Si los individuos juegan de manera repetida, aprenden a evitar resultados indeseables: se dan cuenta de que su desconfianza es contraproducente y en lo que sigue se liberan de ella.

Por estas razones y por otras relacionadas con la manera como la gente responde este tipo de encuestas (viendo en ello una ocasión para protestar más que para decir la verdad), yo tomo con pinzas sus resultados y las conclusiones catastrofistas que los periodistas sacan de ellas. La desconfianza es un virus que se propaga fácilmente. Desconfiar funciona como una predicción autocumplida: yo desconfío de usted y por eso usted desconfía de mí, y por eso ambos nos hacemos daño, con lo cual yo corroboro mi desconfianza inicial. Pero este resultado obedece a que yo mismo contribuí a producirlo. Es cierto que la desconfianza es dañina, pero no es un mal tan estructural como lo son la corrupción o la desigualdad; es un mal con una dosis de autoconstrucción muy fuerte. Es como el uróboros, ese animal mítico del antiguo Egipto que sobrevive alimentándose de su propia cola.

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