Las fronteras entre lo íntimo y lo público no son tan claras. Nadie escapa a su historia, a su cuerpo, a sus emociones, tampoco quienes escriben ensayos o incluso textos académicos. | PIXABAY/ Michael Schwarzenberger

Si Aguirre leyera esto me diría que sí, que muy triste todo, pero que esta historia solo me interesa a mí y a mis hermanos. Puede ser; sin embargo, hoy creo que la regla contra el yoísmo tiene sus fisuras.

Si Aguirre leyera esto me diría que sí, que muy triste todo, pero que esta historia solo me interesa a mí y a mis hermanos. Puede ser; sin embargo, hoy creo que la regla contra el yoísmo tiene sus fisuras.

Alberto Aguirre, un intelectual de Medellín de la segunda mitad del siglo pasado, tenía una lista de rasgos del mal columnista. El primero era el “yoísmo”, un defecto que él les atribuía a algunos colaboradores de El Colombiano y que consistía en escribir de sí mismos, de sus familias, de sus fincas y de sus amigos, como si esas cosas les importaran a sus lectores. En esta columna voy a caer, yo también, en ese defecto parroquial, hablando de mi madre, que murió este fin de semana.

Nació en Manizales y fue adolescente en tiempos de la guerra civil, es decir, de la Violencia. Mis abuelos la educaron, a ella y a sus tres hermanas, en una especie de burbuja, haciendo todo lo posible para que no se enterara de las desdichas que se vivían en Colombia por causa de los odios de la política. A falta de un país normal, bueno era un hogar en donde la vida transcurría cantando zarzuelas, horneando pasteles y bordando manteles. El amor era lo más importante en esa familia, tal vez lo único que realmente importaba. La más mínima expresión de antipatía entre las niñas, o incluso de mal humor, era desaconsejada por mis abuelos, y no solo por razones morales, sino porque se consideraba de mal gusto. Las contrariedades entre los miembros del hogar, pocas en verdad, se callaban y se curaban solas. Esta regla funcionaba bien porque estaba en sintonía con los genes mansos que reinaban en esa casa, sobre todo los de mi abuelo, un alma noble que sufría con las discordias más que con las dolencias del cuerpo.

Mi mamá se especializó en darles gusto a los demás, poniendo en ello su identidad y su autoestima. Había algo de desmesura en esa entrega y yo mismo la criticaba por haber atrofiado su amor propio. Pero ella no cedía en su empeño amoroso. Más aún, el goce que sentía sirviendo a los demás era del mismo tamaño que el malestar que le causaba el hecho de tener que depender de ellos. Le gustaba ayudar, no que le ayudaran. Por eso, cuando perdió a mi padre, atropellado por una moto en Medellín, y su cuerpo, debilitado por la artrosis y la pena moral, empezó a necesitar ayuda para moverse, se hizo operar de la cadera con la esperanza de morirse en la anestesia. No lo logró, pero falleció unas 15 horas más tarde. Nunca dejó de ser quien era, ni siquiera en los últimos momentos: en la sala de cuidados intensivos, unas horas antes de morir, su cuerpo entró en un estado de convulsión, con los estertores de la muerte anunciando lo inevitable; pero siguió viva por un rato más y, cuando recuperó un aliento de serenidad, nos miró a los ojos y nos preguntó: “¿Ustedes sí pudieron almorzar?”.

Si Aguirre leyera esto me diría que sí, que muy triste todo, pero que esta historia solo me interesa a mí y a mis hermanos. Puede ser; sin embargo, hoy creo que la regla contra el yoísmo tiene sus fisuras. Las fronteras entre lo íntimo y lo público no son tan claras. Nadie escapa a su historia, a su cuerpo, a sus emociones, tampoco quienes escriben ensayos o incluso textos académicos. Javier Cercas dice que toda novela es autobiográfica y Nietzsche sostenía que todo pensamiento se reduce a la confesión de un cuerpo, a la autobiografía de un ser que vive, goza y padece. Y yo agrego, pensando en Montaigne, que lo contrario también vale: toda expresión de intimidad puede ser una idea, un pensamiento, una filosofía.

De interés: yoismo

Powered by swapps