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Tal vez es hora de afirmar firmemente, e insistentemente, que vemos a todos los que se dejaron arrastrar por las máquinas de la inhumanidad, y no solo a los autores intelectuales. Tal vez no sea demasiado tarde para convocar a un número suficiente de pequeños burócratas y agentes para que ellos también se cuestionen y anulen el pacto que se requiere para continuar con sistemas de opresión diseñados para lastimar desde una distancia segura.

Tal vez es hora de afirmar firmemente, e insistentemente, que vemos a todos los que se dejaron arrastrar por las máquinas de la inhumanidad, y no solo a los autores intelectuales. Tal vez no sea demasiado tarde para convocar a un número suficiente de pequeños burócratas y agentes para que ellos también se cuestionen y anulen el pacto que se requiere para continuar con sistemas de opresión diseñados para lastimar desde una distancia segura.

Desprovistos de contexto, los primeros doce segundos de este video parecen mostrar algunos agentes del gobierno desahogándose. Patean unos galones de plástico que encuentran en el suelo mientras continúan en lo que parece una caminata. Pero las acciones no están desprovistas de contexto. Estos son agentes de la Agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de los Estados Unidos destruyendo suministros de agua que dejan grupos humanitarios para las personas que cruzan la frontera a través del desierto.

La realidad de las áreas donde grupos humanitarios, incluyendo No More Deaths, colocan agua y suministros es evidente. Este es un desierto, el lomo seco de un gigante que se extiende entre Sonora (México) y Arizona (EE. UU.). Las temperaturas alcanzan los 115 grados Fahrenheit durante los meses más calientes, y permanecen altas por lo menos de marzo a diciembre. La muerte en el desierto por una combinación de calor y deshidratación es dolorosa e implacable. También es a menudo prevenible, sino fuera por la destrucción de suministros por parte de agentes del gobierno de los Estados Unidos. John Washington lo pone de esta manera:

En el desierto, la cadena de causalidad es corta—un día sin agua y tu cadáver es destrozado por animales carroñeros. Las botellas de agua que el agente destruyó podrían haber sido los cuellos de las personas que cruzan la frontera.

En enero de 2018, No More Deaths publicó un informe que relata la destrucción de ayuda humanitaria en el desierto de Sonora, y publicó un video con material que había recopilado. Algunas de las imágenes fueron tomadas con cámaras ocultas que se activan con el movimiento cerca de las áreas donde se dejaron galones de agua para los migrantes que buscan sobrevivir la larga caminata desde la frontera hasta el desierto. Según No More Deaths, desde principios de este siglo, los restos de al menos 7.000 personas han sido recuperados en las tierras fronterizas de los Estados Unidos. Las desalentadoras estadísticas de muertes en los corredores migratorios, recopiladas por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), confirman esta tendencia: hubo 415 muertes documentadas en la frontera México-Estados Unidos en 2017 y 142 en lo que va del 2018. Los restos de las víctimas de los últimos dos años están en tal estado que en el 28% de los casos es imposible saber si la víctima era un niño, una mujer o un hombre.

 Photo by Elias Castillo  on Unsplash

Foto: Elias Castillo en Unsplash

 

Quizás no hay mejor señal de que los oficiales de ICE están al tanto del déficit  moral de sus acciones que la negación oficial que la agencia emitió poco después de que se publicó el informe de No More Deaths. “No aprobamos ni apoyamos la destrucción ni la manipulación de provisiones humanitarias”,  dictó la declaración oficial a The Intercept, aunque los videos mostraran lo contrario. Al ver a los oficiales que sonríen y continúan su alegre marcha, no hay duda de que este comportamiento no solo no se desincentiva, es esperado.

En el clima político global de creciente populismo y demagogia provocada por el odio, es fácil olvidar que una de las formas más peligrosas de ferocidad es la que puede ser burocratizada, distante, descompuesta en una pequeña parte de una gran máquina para que nadie tenga que, realmente, mirar completamente a la persona a la que lastiman.

Construye software para vigilar mejor, aprehender, torturar y convertir a la fuerza a practicantes de Falun Gong en China, como se alega que hizo Cisco. Separe a los niños de sus padres en la frontera y no haga un plan para reunirlos, como lo hizo Estados Unidos. Niéguese a apoyar a las misiones europeas de búsqueda y rescate para evitar que los inmigrantes se ahoguen en el mar, como lo hizo el Reino Unido. O detenga a los migrantes en alta mar de manera indefinida y de inicio a una larga cadena de abusos contra los derechos humanos, como lo ha hecho Australia.

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Foto: Nitish Meena en Unsplash

En la mayoría de los casos, no nos enfrentamos a las mentiras descaradas de torturadores que niegan lo que hacen. En cambio, estamos lidiando con personas que insisten que su trabajo, su pequeña tarea, no tiene nada que ver con las violaciones de las que nos quejamos. En el análisis de Hannah Arendt, una combinación de irreflexión y maldad fue crucial para llevar a cabo el genocidio. Para ella, esta combinación fue una de las cosas más escandalosas sobre las acciones de Adolf Eichmann y era el porque él se negaba a reconocer en sí mismo cualquier intención activa. La forma en que la inhumanidad se rutiniza, se normaliza, se convierte en un acto cotidiano no es el ámbito exclusivo del genocidio patrocinado por el Estado. También es motivo de negligencia estatal, discriminación y un sinnúmero de actos violentos e irresponsables contra poblaciones estigmatizadas o desfavorecidas.

Pero detenerse en esta observación no es suficiente. ¿Dónde está la esperanza, el camino, la fórmula para revelar la ignorancia conveniente de aquellos que “solo están siguiendo órdenes”? Necesitamos adquirir el hábito de normalizar la generosidad y conectar los puntos entre los actos pequeños y la cadena de consecuencias que desatan. Estos actos combinados pueden contribuir a un proceso de opresión que implica criminalizar a aquellos que ayudan a las poblaciones desfavorecidas, por un lado, y proteger a aquellos que ayudan en la opresión, por el otro.

Esto es lo que hizo No More Deaths. Conectaban los puntos, dejando en claro la relación entre cada suministro de agua que era vaciado y  la dolorosa muerte de un ser humano. E interrumpieron la rutina de la violencia silenciosa. También lo hizo el agricultor francés Cédric Herrou al desafiar exitosamente su juicio y el de otros por el “delito de solidaridad” y ayudar a inmigrantes. Es lo que hizo el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC), cuando recordó a los estados sus obligaciones hacia los refugiados y los migrantes . Es lo que hizo Dejusticia cuando cuestionó la falta de garantías al derecho a la salud de migrantes venezolanos en Colombia.

Tal vez es hora de afirmar firmemente, e insistentemente, que vemos a todos los que se dejaron arrastrar por las máquinas de la inhumanidad, y no solo a los autores intelectuales. Tal vez no sea demasiado tarde para convocar a un número suficiente de pequeños burócratas y agentes para que ellos también se cuestionen y anulen el pacto que se requiere para continuar con sistemas de opresión diseñados para lastimar desde una distancia segura.

 

 

 

Foto destacada por Fancycrave en Unsplash

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