Voces que reclaman verdad

Irina Alejandra Junieles Acosta

El 30 y 31 de agosto, 15 familias de San Juan Nepomuceno, en los Montes de María, conmemoraron los 16 años de la masacre más invisible de todas las que enlutan esta zona del país.

Irina Alejandra Junieles Acosta

Voces que reclaman verdad

Por: Irina Alejandra Junieles Acostaagosto 31, 2018

El 30 y 31 de agosto, 15 familias de San Juan Nepomuceno, en los Montes de María, conmemoraron los 16 años de la masacre más invisible de todas las que enlutan esta zona del país.

A veces una sola estrofa puede condensar lo que muchas personas han escrito sobre el poder de la verdad para cerrar los conflictos armados. Dime la Verdad, una canción compuesta por Adrián Villamizar, ganadora hace una semana del Festival de Gaitas de San Jacinto (Bolívar), logra recoger el sentimiento y la esperanza que tenemos millones de colombianos y colombianas: “Dime la verdad, solo la verdad. No hay reparación ni justicia, si no es con verdad. Contáme quiénes lo hicieron, contáme cómo lo hicieron, para que pueda perdonar”.

El 30 y 31 de agosto, 15 familias de San Juan Nepomuceno, en los Montes de María, conmemoraron los 16 años de la masacre más invisible de todas las que enlutan esta zona del país. Siete campesinos murieron torturados en las fincas Los Guáimaros y El Tapón el 30 de agosto de 2002. El día siguiente, en medio de la zozobra y de la falta de información, solos, sin el apoyo de ninguna autoridad, ocho personas, entre familiares, compadres y amigos, se embarcaron en el Willys de placa UAF-428 a buscar a su gente. No regresaron vivos.

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Cinco días después, los 15 cuerpos llegaron en un helicóptero, envueltos en bolsas plásticas que bajaron en la cancha deportiva del pueblo. Desde allí los trasladaron en carros oficiales hasta el cementerio, donde fueron enterrados rápidamente por su avanzado estado de descomposición.

En el marco de la conmemoración se presentará ‘Los Guáimaros y El Tapón: La masacre invisible’, un libro publicado recientemente por los familiares y Dejusticia que recoge la voz de 46 familiares que cuentan la cotidianidad de cada uno de estos 15 campesinos. Son narraciones sobre la resistencia diaria de las viudas que criaron solas a los hijos; de los padres, hermanos, tíos o cuñados extrañando a sus familiares. La conciencia de lo perdido y el valor para encontrar fuerzas y sobrevivir. La respuesta a la pregunta de cómo se sobrevive al dolor, que está presente, pero transformado en una fuerza interna que se ha abierto paso a la vida de gente que se junta para hacer memoria, para acompañarse y resistir.

En Colombia, los progresos en la construcción de memoria sobre el conflicto son notables, gracias a la participación de comunidades, colectivos, grupos, universidades, organizaciones de víctimas y del Centro Nacional de Memoria Histórica. No hay duda de la importancia de este aporte para conocer y comprender mejor este periodo de nuestra historia. Sin embargo, es urgente caminar mas allá con el esclarecimiento de la verdad, aceptación de responsabilidades, reconocimiento del daño, reparación, recuperación de la confianza colectiva en las instituciones y en los otros, y reconciliación que garantice la no repetición.


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Casos como el de Los Guáimaros y El Tapón ponen contra la pared a la justicia y le cuestionan: ¿Por qué 16 años más tarde este caso no tiene ni un solo responsable identificado?, pero también plantea preguntas para todo el conjunto social: ¿Qué condiciones favorecieron que de este episodio no se hablara durante casi 13 años? Al tiempo, nos muestran la trascendencia del momento en que nos encontramos.

Desde la refrendación del Acuerdo Final de Paz, que en materia de víctimas se consolida con la creación de la Jurisdicción Especial para la Paz, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de personas dadas por desaparecidas, se configura un sistema que tiene el reto de cerrar sin impunidad esta parte del conflicto, pues está visto que los mecanismos de la justicia que conocemos (ordinaria y Justicia y Paz) no son suficientes para abordar la masiva y compleja violación de derechos ocurrida en Colombia.

En medio del proceso que guió la escritura del libro, escuché decir a uno de los familiares una sentencia poderosa: “¿con quién reconciliarnos? Quisiera saber a quién perdonar”. La frase encaja perfectamente en la canción de Villamizar, que en una estrofa dice: “Con la verdad descansa el alma”. En muchísimos casos, no es la persecución de los victimarios para encerrarlos a cadena perpetua, lo que exigen las victimas. Tampoco el odio, ni la rabia mal elaborada lo que guía estas preguntas que claman respuesta.

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